Maynor Freyre - Textos Libros
Altas Voces de la lit. peruana y latam. - [ 2da Parte ]

Maynor Freyre

Altas Voces de la Literatura Peruana y Latinoamericana 

II

Oficio de

narradores

1. Enrique López Albújar:

El hombre se fue,

su obra permanece

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 78, Abr.-May./66)

 

Hace unos años lo entrevistamos. Nos dijo, “soy conocido como campeón de la muerte por mi excelente salud». Tenía entonces 89 años. El título han querido arrebatárselo un caluroso día estival de marzo. Falso. La corona sigue en su cabeza. Un escritor de su categoría siempre supervivirá. No importa que la muerte se le acerque un instante. No importa que las notas necrológicas ni los certificados de defunción notifiquen su deceso. Él siempre seguirá siendo «uno de los más fuertes novelistas del Perú». Matalaché, Cuentos andinos y las evocadoras estampas en De mi casona, están para certificarlo.

Cuando en ese entonces le preguntamos sobre el género que prefería escribir más, «todos me gustan –dijo–. Es como si me preguntaran, de un grupo de muchachas, ?cuál es la que más me agrada?... Yo diría que todas». Claro que a medida que transcurría la conversación confesó un mayor cariño por Matalaché, que traducida a varios idiomas había obtenido éxito universal. Pero don Enrique, tronco fuerte del norte (nació en la hacienda Pátapo, en Lambayeque, y se crió en Piura), gustaba también de la seriedad y consideró a Los caballeros del delito, como la más seria de sus obras.

Además de magnífico escritor, fue periodista, profesión que le permitió expresar que «cuando no estaba preso, me estaban buscando; ¿el motivo?, mis ataques por periódico a todo lo que consideraba  que no estaba bien, sin importarme la persona o entidad a quien me dirigía». También fue magistrado, juez de sierra, en cuyo cargo «viera desfilar ante sí a muchedumbre de personajes humanos llenos de dolor, de miseria y de angustia. La raza indígena del Perú no ha tenido muchos intérpretes de la altura de este autor». Así escribió Sebastián Salazar bondy en la presentación de los Nuevos cuentos andinos, al que cataloga de «un libro hermoso y viril. En él que se ve la garra de cuentista y de hombre, en la plenitud de su humanidad, que hay en Enrique López Albújar».

En fin, el hombre se fue. Mas su obra permanece perennizada. Se fue a la edad en que los hombres necesitan partir, a los 93 años. Cuando alguien muere a esa edad corporalmente, no da mucha pena. Lo importante es que haya hecho años eternos, con lo que deja para los que quieren saber y aprender.

¿Qué consejo daría usted a un joven que se inicia como escritor?, preguntamos al afamado novelista en febrero de 1962. «Le diría que se culturice, que lea, que no se apure con el éxito, eso viene después: la celebridad y la fama llegan con el propio esfuerzo, la propaganda se la hace un solo con lo que escribe. En mi caso el elogio vino de afuera; mi Matalaché lo envié a Europa a mi amigo Miguel de Unamuno y él lo hizo conocer en 1920. Recién 3 años después se supo en Lima que don Enrique López Albújar, natural del Perú, había escrito un libro que interesaba en varios países del mundo», contestó tajante. Así asentó un consejo que permanecerá constante en la mente de la juventud con talento.

 

2. Con el renombrado escritor peruano Ciro Alegría

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 33, Mzo./62)

 

Estamos sentados frente a Ciro Alegría y ha desaparecido ya el temor de encontrarse con el hombre retraído que me había imaginado. Ciro Alegría, nacido en Huamachuco hace exactamente 52 años, es una persona asequible y afable; mientras conversa y nos cuenta que se inició como escritor desde muy temprana edad, empezó a los 12 años a garabatear y a los 15 escribió su primera novela de corte romántico, una sonrisa sincera ilumina sus labios, parece ensimismarse en sus recuerdos. Nos cuenta que en 1930 hizo el primer ensayo de escribir novela para ser publicada, pero la política lo atrae, llegando a ser desterrado a causa de esto a la república de Chile, en donde escribe La serpiente de oro, que le vale un premio literario, siendo traducida al alemán y al checo; sus obras también han sido traducidas a varios otros idiomas: Los perros hambrientos al alemán y al italiano y El mundo es ancho y ajeno a 11 idiomas diferentes. Es esta última obra la que considera mejor entre las suyas, encontrándose en desavenencia con la crítica especializada que se inclina por Los perros hambrientos.

Ciro ve en nuestra patria un futuro promisorio en la literatura, y nos nombra a Zavaleta, Ribeyro, O. Reynoso (Los inocentes), Vargas Llosa (Los jefes), como escritores de mucho porvenir. Luego, respondiendo a una pregunta nuestra, acerca de la posibilidad que cabe a los escritores peruanos de poder triunfar en vida, citando el caso de César Vallejo como ejemplo, nos dice que éste a pesar de todo tuvo sus admiradores en vida, contando entre ellos a Antenor Orrego, el cual escribió un prólogo a Trilce. Sobre su hijo Alonso, actual joven y promisorio director del grupo teatral ALBA, prefiere no opinar si alcanzará en este arte el éxito suyo en la novela, pues considera que una respuesta elogiable puede considerarse como «chochera» de padre, pero que hasta ahora va bien.

Al indagar su pensamiento sobre la educación en el Perú, Ciro Alegría se torna serio, haciéndonos ver que el 60% de nuestra población es analfabeta, no teniendo el pueblo acceso a la cultura, pues en el país, la educación es un privilegio. En actitud de meditación habla de un plan para ampliar el área educacional, para dar ésta adecuadamente, pues considera ala Instrucción Primaria como deficiente, existiendo 2 millones de niños que no van  a la escuela. Nuestros pobladores no pueden desempeñarse, muchas veces, en otra labor que no sea la de peón por su falta de preparación, nos dice, y añade a manera de anécdota: «imagínese que César Vallejo, que fue mi profesor en 1° de Primaria, recibió su educación secundaria con un esfuerzo supremo, ahora dígame ¿qué sería de Vallejo si no hubiera podido recibir esta educación?»

Ciro Alegría nos despide con la cordialidad singular que caracteriza al hombre que ve en la juventud la luz de un porvenir mejor.

 

3. Sybila: Recordando a J. M. Arguedas

(El Caballo Rojo,

suplemento cultural,

N° 119. Diario Marka, 16/2/84)

 

Periodista: Según acabamos de conversar, gran parte de tu familia estuvo metida en las letras y tú misma conociste a José María trabajando en una librería de Santiago, la de la Universidad de Chile. ¿Piensas que una ligazón muy especial con el escritor se debió a estas circunstancias?

Sybila Arredondo: Efectivamente, recuerdo que la primera vez que vi a José María fue en aquella librería. Pero se trato de un paso fugaz, porque había un congreso de escritores y todos ellos iban a dar a la librería de la universidad. Lo otro, lo del encuentro en la casa de Pablo Neruda, donde cantó durante un almuerzo, ya lo he relatado varias veces.

P.: No, yo iba a esa remembranza por lo de tu ligazón con los libros. Es decir, fuera de tu afecto normal, quisiera saber cómo era tu afecto para con su creación.

S.A.: Era muy grande. Tal es así que tú mismo acabas de expresar que yo siempre hablo de los libros de JMA como una crítica literaria y no como una señora enamorada de su marido.

P.: Es justamente a la primera a la que quiero entrevistar. Pero desearía tomar una obra en especial, que es la póstuma: El zorro de arriba y el zorro de abajo.

S.A.: Antes prefiero aclararte una cosa: por vivencia estoy ligada más a tres libros de JMA: Todas las sangres, Dioses y hombres de Huarochirí (traducción del quechua) y El zorro... que tú has mencionado. En cuanto a Catacay, es una obra que tiene una obvia ligazón con mi persona.

P.: Además lo de El zorro... te lo preguntaba por una especial situación: yo viví en Chimbote algunos años y con algunos escritores lugareños hicimos una especie de seguimiento (aunque anárquico) de la obra.

S.A.: Los zorros... empiezan a nacer en Puerto Supe, en la década del ‘40 y luego en la del ‘50, cuando José veraneaba allí. Pero se desplazan a Chimbote, donde se establece el escenario definitivo de la novela.

P.: ¿A qué se debe la circunstancia de tal mudanza?

S.A.: Es que Chimbote refleja el captar el desarrollo de un proceso económico y social que a su vez refleja un proceso de capitalismo burocrático, ligado  a los intereses de la «metrópoli».

En enero de 1967, JMA escribe: «Ahora estoy recogiendo materiales para una novela que intentará revelar el insuperable, original, poderoso y cruel mundo de los puertos donde se fabrica harina de pescado. Pasé 18 veranos en uno de ellos y hoy, en estos meses, estoy por fortuna realizando un trabajo etnográfico en el más grande de ellos. Quizá dentro de un par de años pueda tener algo que ofrecer».

P.: Entonces ya se entrega de lleno a desarrollar Los zorros... en Chimbote...

S.A.: Él viaja a Chimbote principalmente por una investigación sobre folclore que le encarga la Universidad Agraria. Viajamos varias veces a esa ciudad, en forma continua, y trabajamos fuerte. Se premune de datos sobre más o menos tres mil seiscientos pescadores y tres mil ochocientos obreros; algunas entrevistas son hechas con personas de procedencia andina, que le relatan su vida en chimbote y antes de que llegaran allí.

P.: ¿Crees tú que de todo este mosaico investigatorio van forjándose algunos de los personajes de la novela, como don Esteban, Chaucato, el Loco Moncada... don Hilario Caullama...?

S.A.: Sí, son personajes de carne y hueso, es decir su base, el sustento de donde se desarrollará el personaje literario. Creo que se trató de sacar la esencia de esos hombres de nuestro pueblo.

P.: y los ambientes. ¿Tú conociste algunos de esos ambientes? ¿Fueron recreados?

S.A.: Sí, conocí las barriadas, el mar, las fábricas; algunos lugares los caminábamos a veces a pie, a veces en carro. Pero los viajes eran distintos; algunas veces íbamos a un hotel, otras a la casa de su sobrina. Una vez estuvo en la casa de los curas. Pero siempre andaba conversando mucho con la gente, recorríamos los mercados, las plazas, las calles. Llegamos a ir hasta Huaraz.

P.: Insisto: cuando «lees» la novela, reconoces los lugares o los «ves» cambiados.

S.A.: Son totalmente realistas, pero cumplen su función literaria. No hay nada, ningún cambio. Inclusive yo he vuelto a ir a chimbote. Lo que suele cambiar son los nombres. Aunque yo no sé si siempre se llamaron así o si JM los cambió adrede. Veo que cita un disco del Cholo Cajabambino, «La chimenea de Casa Grande», que es totalmente existente.

P: pero yo noto sí, que con el lenguaje hubo cierto... no digamos impedimento en su manejo, sino un recurso para volver al uso del español de un quechuahablante dentro de la novela. Es el caso de don Esteban y su compadre Loco Moncada.

S.A.: Era perfectamente lícito imaginar que si Moncada hablaba con don Esteban se mimetizase en su lenguaje. Tal como lo  hacía cada vez que él jugaba a interpretar un papel durante sus largos monólogos públicos en calles, plazas y mercados. Considero que una de las mejores situaciones es el reflejo de cada uno de los personajes a través de su lenguaje propio. Como el caso de Bazalar.

P.: ¿Y cómo hizo para captar el lenguaje de otros personajes con los que no solía alternar, como Braschi, por ejemplo?

S.A.: Bueno, Braschi habla como cualquier empresario avecindado en Lima. Y si bien JMA no solía andar a su lado, todos los conocemos, nos cruzamos con ellos en nuestra vida en la ciudad. Con don Esteban y los demás, es reiterativo señalar que estuvo con ellos en Chimbote.

P.: Era muy importante para José María el aspecto del manejo lingüístico en Los zorro...

S.A.: Es que Los zorros señalan la multiplicidad de situaciones culturales y de clase que se dan entre los personajes, entre quienes vivieron el Chimbote del momento de la novela.

El 5 de marzo de 1968, Arguedas escribe una carta a un periodista donde expresa: «La novela que pretendo escribir tendrá como ambiente principal la Costa, donde he vivido más de treinta años. Su título provisional es Pez grande. En el Perú actual, Costa y Sierra se mezclan, se agitan en un movimiento de atracción y de agresión que solamente el arte puede ser capaz de interpretar. Y el escenario de esa novela es la Costa y, en forma concentrada, los puertos pesqueros. Tuve la fortuna de vivir dieciséis años, durante los veranos, en Supe Puerto, y ser testigo de su casi indescriptible transformación. En Supe Puerto gané muchos de los mejores amigos costeños que me iluminaron con su sabiduría, su penetrante humorismo y esa especialísima generosidad del hombre del campo o de los puertos menores de la costa peruana».

P.: Según el texto reproducido líneas arriba, JMA no era un hombre reacio a su trato con los costeños, sino más bien nos muestra simpatía, afecto en su vínculo con ellos...

S.A.: Claro. Basta recordar los fragmentos que dedica a su amigo el Negro Gastiaburú: «Allá voy si no me caigo!, Negro Gastiaburú... ¿Tendrás razón, Negro? Yo soy de la lana, como me decías; de la altura, que en el Perú quiere decir indio, serrano, y ahora pretendo escribir sobre los que tú llamas del pelo; zambos criollos, costeños civilizados, ciudadanos de la ciudad; los zambos y azambados de todo grado... me zambullo en tu corazón que era el más zambo y azambado que he conocido. ¡Y bien que te conocía!»

El zorro de arriba y el zorro de abajo sale en el 5° tomo de las Obras completas, de las cuales ya están circulando cuatro tomos y por llegar de Praga el quinto. Hace cuatro años pensábamos que sería un total de ocho tomos, pero en la medida que he ido recopilando sus trabajos nos hemos dado cuenta que va a dar unos cincos tomos más; es decir, llegará al menos a diez tomos.

 

4. José María Arguedas/

Manuel Moreno Jimeno:

30 años de correspondencia

en 36 de amistad

(Diario Gestión, 30/7/94)

 

La correspondencia de los escritores famosos ha servido para descubrir en ellos pasiones y tormentos, sueños y frustraciones, además de entregar claves fundamentales para desentrañar el porqué de su estilo, la razón de su temática, la audacia de su labor intelectual. Baste mencionar la correspondencia de Franz Kafka a su amada, Cesare Pavese a la suya, espejos de sendas tragedias de amor vividas por el gran novelista checo y el enorme poeta italiano, respectivamente. Estando en Chimbote me tocó encontrarme con dos cartas escritas por César Vallejo a uno de sus hermanitos –así los llamaba él–, verdaderas piezas literarias y muestra de los apuros económicos padecidos por los Vallejo en Santiago de Chuco y la preocupación permanente que significaba para el vate aquel terrible juicio aún no cerrado.

Antes de viajar de regreso a Francia, Roland Forgues nos dejó José María Arguedas: La letra inmortal - Correspondencia con Manuel Moreno Jimeno, un libro por demás conmovedor donde es posible hallar muchas pistas sobre la vida de nuestro más grande novelista. Las cartas le fueron entregadas a Forgues estando en Lima en 1899, para mayores detalles en el Hostal La Casona, por el mismo Manuel Moreno, con estas lindas palabras: «He venido a despedirme, Roland, con este regalito».

En un fólder verde halló Forgues los originales de las cartas, cursadas entre un cholo andahuaylino y un zambo limeño, ambos mestizos, quienes se conocieron en el Café Romano de Lima en 1933, mientras estudiaban en San marcos y gobernaba nada menos que el dictador Luis Sánchez Cerro. Clausurada la universidad por la dictadura, nos enteramos que Arguedas ingresa a trabajar como empleado de Correos y Moreno Jimeno lo hace como obrero de construcción civil. «Mi trabajo era casi de obrero y tuve compañeros de trabajo de la clase obrera y media de Lima, hombres formidables a quienes quise y quiero mucho», escribió en un testimonio José María para la revista posta literaria. En Correos laboró de 1931 a 1937; «trabajaba a horario completo en labor mecánica y cruel, sellando cartas”, explica moreno.

Otra cosa dicha por Moreno revela a un hombre universal, no cerrado en un folclorismo ciego: «Siempre que estábamos en casa nos poníamos a escuchar a los grandes creadores de la música barroca. A Vivaldi, a Pergolesi, a Marcello, pero principalmente a Bach. Era nuestra pasión. José María me confió una vez que descubrió a Bach en mi hogar». Arguedas llegó a compartir el cuarto con Manuel Moreno a José María Arguedas», abre el buzón epistolar.

La segunda apertura contiene las de Arguedas a Moreno Jimeno. Se inicia con la fechada del 21 de noviembre de 1938, y vale la pena reproducir el encabezamiento: «Perdóname primero por no haber sabido calcular bien tu sensibilidad y la luz de tu alma. Desde aquel paseo que hicimos a Jauja yo te sabía el hombre más bueno y delicado de espíritu que he conocido; y desde entonces tú has sido lo mejor de mi fortuna, de mi optimismo y de mi esperanza. Pero es mucho más de lo que sabía y de lo que sentía». Arguedas se disculpa en esta carta con su camarada, con su hermano Manuel Moreno, por haber dudado de él en base a las intrigas de malos amigos que nunca faltan en el ambiente intelectual.

El resto de la correspondencia no hace sino cimentar esta amistad entre el cholo y el zambo, amistad reproducida en El zorro de arriba y el zorro de abajo, entre los protagonistas de la obra póstuma del gran novelista: don Esteban, minero bajado del imaginario Liriopampa, y el negro Moncada, zambo chimbotano de extraña locura; al fin y al cabo única cordura para el moribundo hombre de la puna, zorro de arriba, bajado al puerto a esperar la inevitable muerte.

«Estuve en chimbote algo más de un mes...», comunica a su amigo en misiva de marzo de 967, y prosigue más abajo; «Yo estoy luchando como diablo. No puedes imaginarte cuánta fuerza se me va en esta lucha. ¿Te acuerdas de cuando hicimos nuestro primer viaje a la Sierra y estuve yo, a los 22 ó 23 años de edad, como siete días sin dormir una sola pestaña? ,De dónde me venían esos insomnios.» Él mismo se contestará en carta escrita desde Santiago de Chile el 9 de noviembre de 1968: «mis perturbaciones vienen desde antes. Las cosas se agravaron hasta lo insoportable con mi separación de Celia y Alicia. Mis relaciones con Sybila sólo en estos últimos meses alcanzan armonía... Bien sabes que mi cuerpo, mis hábitos, son católicos feudales hispano-indios ...un enredo padre». ¡Qué tal descripción de todas las sangres en sí mismo! Es por ello que leer esta correspondencia no sirve no sólo para conocer más a Arguedas, sino a nosotros mismos, mestizos al fin y al cabo.

 

5. Salazar Bondy analiza

la universidad ante la sociedad

(Revista Horizontes Universitarios,

N° 63, Set./64 )

 

Sebastián Salazar Bondy es uno de los escritores más discutidos de la actualidad. Él obtuvo el Premio Nacional de Teatro con sus obras Amor, gran laberinto (1947) y Rodil (1952). Cuenta con cerca de veinte obras editadas en distintos idiomas y países, así en México, Argentina, Colombia y, por supuesto, Perú, dentro de América Latina; EE.UU., Rusia, Francia y España son los países que sabiendo aquilatar el valor de su obra la han acogido en sus editoriales.

Luego de finalizar sus estudios secundarios en el colegio San Agustín de Lima, pasa Salazar Bondy a estudiar letras en San Marcos. Más adelante viaja a Francia a hacer  uso de una beca para estudiar teatro en el Conservatorio nacional de Arte. El ha viajado a todos los países en donde ha sido editado, a los que habrá que añadir China, Japón y Cuba.

Lo encontramos en las oficinas de Populibros, en donde ocupa el cargo de Director Literario junto con Manuel Scorza. De trato sencillo, carácter alegre y hablar sincero es un hombre del cual uno puede hacerse amigo rápidamente.

 

Estudiantes peruanos en éxodo

 

Hablando de la universidad nos dice que ésta es, desde la Edad Media, fundamentalmente un centro en donde se desarrolla la inteligencia, se experimenta debatiendo y se busca el esclarecimiento de la verdad.

 

Al hablarle sobre un problema que Horizontes trata de combatir por medio de una basta campaña, el éxodo de los estudiantes al extranjero, Sebastián opina que atravesando en estos momentos la sociedad de masas de los países subdesarrollados un período de crisis, éste repercute también en sus universidades, que no son capaces de acoger la demanda de estudiantes, porque los estados las descuidan. Además, una gran cantidad de jóvenes viaja fuera del país, a otros centros de estudios, porque aquí son desaprobados debido a la mala enseñanza que se imparte en el colegio, de contenido frío, esquemático, memorístico; una no educación. Es decir que se van porque la universidad peruana no los acoge, pues ella selecciona a su alumnado. Pero habrá que considerar que ellos, los estudiantes, no son responsables de su mala preparación. Pero sí tiene la opción de estudiar; el que no lo hace es porque no quiere; si no estudia no es por falta de medios.

En lo referente a que los inmigrantes universitarios peruanos en el extranjero se dedican a la bohemia en lugar de estudiar, el autor de Lima la horrible nos dice que cursando el primer año de Letras en San marcos él trabajaba y estudiaba y además seguía la bohemia. «Es que lo principal es poseer un interés vivo en saber y yo me alentaba para saber; tal vez estos jóvenes son inmaduros aún para ir a una gran ciudad».

En cuanto al abandono en que el Estado tiene  a los estudiantes peruanos en universidades de otros países, proviene del hecho obvio de que aquí mismo a nuestras universidades las descuidan. Por ejemplo –anota Sebastián–, la universidad en Argentina no tiene muchas posibilidades para los ciudadanos de su propio país, pero allá viajan muchos peruanos.

Política en la universidad

Habrá que anotar primeramente que aquellos catedráticos que oponen a la existencia de la política dentro de la universidad, siempre han hecho política –declara Salazar bondy–. Hay muchos casos de personas que se cambiaron a San Marcos para hacer política y que ahora la combaten.

Y se hace política de derecha –prosigue nuestro entrevistado–. Pero la burguesía cree que la política, la moral y el hombre son la política, la moral y el hombre burgueses. ¡No incluye a los siervos, a los explotados! Hay que arrebatar la universidad a la burguesía. Por ejemplo, Riva Agüero siempre hizo política, desde que explicaba la conquista de América.

Además en la universidad se debe hacer política y no politiquería. Así como se enseña medicina y no curanderismo. Derecho, no tinterillaje.

Por otra parte habrá que añadir que ciertas tareas sociales se reflejan en la universidad; si la sociedad está en crisis la universidad también estará en crisis, nos dice con aire de preocupación Salazar Bondy. Nosotros lamentamos el caso patético de la U. Central de Caracas, a lo que él nos responde; «Con una sociedad como la venezolana, esquilmada pro empresas petroleras, tenía que repercutir en la sensibilidad universitaria.»

 

El poeta Heraud. Lima La horrible. El periodismo

 

hablamos de Heraud y nos dice que este es una representación de la inteligencia y de los escritores peruanos: «era un ángel y por eso fue al sacrificio». Es una representación de aquella sociedad en donde es necesario que los poetas jóvenes sean asesinados para que haya emoción dentro de la sociedad epicúrea y abdominal que es Lima. Pues el único calor que tiene la oligarquía peruana es el de la digestión.

En cuanto a Lima la horrible, enfáticamente sintetiza; «Es un grito contra el mito colonial, impuesto por la oligarquía que tiene el alma extranjera».

En lo referente al periodismo, sus declaraciones varían: «El periodismo universitario es fundamental en cuanto a la información». Concluyendo: «pero el periodismo grande es pésimo porque rinde culto al sensacionalismo, al crimen, a la sexualidad. Estoy también contra el vedetismo político que a diario nos muestra en la primera plana de los periódicos las mismas caras de gárgolas».

Para despedirse le pedimos unas palabras para la juventud universitaria y el escritor nos menta una frase de Alfonso Reyes: «Quiero el latín par la izquierda». Sebastián Salazar Bondy quiere el saber para que los que se rebelan sepan, no ignoren, estudien.

 

6. Los geniecillos de Julio

Ramón Ribeyro

han crecido

(Revista Vistazo, N° 398, Mzo./75)

 

Julio Ramón Ribeyro llega a Lima después de una advenida muerte que no llegó, de parte de quienes quisieran muriera el escritor. Nosotros tomamos, de él, una novela y sus personajes, a quienes los buscamos, los encontramos y ellos nos dicen cómo, cuándo y por qué «ingresaron» a las páginas de los geniecillos dominicales.

La novela es imaginación, demonios que te persiguen, dicen algunos equivocados expertos, pero nosotros queremos demostrar que esta novela es vida. Quienes «viven» estos episodios hablan a continuación:

 

Juan Ramón Ribeyro: Armando

Ribeyro empezó a escribir Los geniecillos en 1962.

Terminó la novela en 1964.

Ganó el Premio Expreso-Populibros en marzo de 1965 (50 000 soles), el mayor hasta entonces, con Geniecillos, y fue editada la novela por Populibros ese mismo año.

¿Quiénes reaccionaron? ...que yo sepa nadie, aunque Julio Ramón expresó en un reportaje que lo hizo la France Press con motivo del premio, que cuando tuviera la oportunidad de encontrarse con los personajes de Geniecillos, recién podría saber «quiénes eran sus verdaderos amigos» (se supone, viendo la forma de sus reacciones).

Edades: hechos entre 1950 y 1952: Ludo: 20 a 22 años; la mayoría de los demás personajes, las mismas edades.

Los geniecillos dominicales es la historia del propio autor y la de un grupo de jóvenes amigos, la mayoría de ellos de gran sensibilidad creadora, en lucha desesperada contra un medio social hostil y brutal, cercenante de sus inquietudes, afanes y quimeras espirituales.

Sobre el valor literario de la novela, los críticos tienen la palabra. Aunque yo creo que es una novela a la cual no se le ha dado su justo valor y que el tiempo se encargará de redescubrir y actualizar, como ya estamos viendo.

¿Me preguntas si el Armando que me representa en Geniecillos se ajusta a la realidad de aquella época? Yo te voy a responder con un rotundo sí. Pero tengo que agregar lo siguiente, no como una justificación, sino como una especie de respuesta que se inscribe dentro del contexto global de la novela y que de paso explica la conducta de muchos de sus protagonistas, es decir, de la obra en general.

Así como Julio Ramón se sintió desde muy niño inclinado hacia la literatura, a su vez, yo me sentí atraído por la filosofía. La filosofía entendida –conste que era muy joven– como una disciplina meramente abstracta. Pero ¿qué pasó, o me pasó? Matriculado en la entonces Facultad de Filosofía de la UNMSM, donde escuchaba absorto las primeras lecciones que impartía ese gran maestro universitario que fue Augusto Salazar Bondy, encontré un escollo, para mí insalvable: el aprendizaje del griego y del latín que desalentó mi plan trazado. Por otro lado, la alternativa posterior de un inevitable viaje a Europa («a perfeccionarse»), seguramente a Alemania, tierra de filósofos, adonde tendría que vérmelas «contra» su idioma por añadidura; y el, entonces, reducido campo para el quehacer filosófico en el Perú, me hicieron abandonar semejante empresa. Como imaginarás, tal decisión o indecisión conllevó su secuela de males, dejándome paralizado y en «pijamas» durante mucho tiempo; fenómeno posiblemente que con algunas variantes se produjo en otros muchos jóvenes, cuyas vidas se describen en Geniecillos...

Julio Ramón y otros, más maduros, con más confianza en sus posibilidades, también –hay que reconocer– más corajudos, dieron el salto y se lanzaron a correr las peripecias de un viaje y las inquietudes que su espíritu les demandaba. Para regocijo nuestro, la mayoría vio coronado con éxito su esfuerzo, por demás meritorio.

En la actualidad, como sabes, trabajo en la Asesoría Jurídica de la Municipalidad de Lima y soy además profesor. Sin embargo, todavía persiste en mí algo del fantasma de Armando, pues a pesar de que tengo una voluminosa tésis para graduarme de abogado, con informe favorable y todo lo demás en regla, no me decido a sustentarla, hecho que, de producirse, me abriría expectativas de tipo económico muy importantes, dentro de la situación en que he tratado de acomodar mi existencia y la de mi familia en el planeta. Eso es todo.

Respecto al viaje que hice en la novela, y en la realidad en un camión al Cusco, es un episodio tan sólo anecdótico y fue con el propósito de ver la posibilidad de adquirir uno de ellos, dedicarme a transportar mercadería y naturalmente ganar algún dinero. Pero me di cuenta que para ser tan sólo «acompañante» de camión a manera de vigilar las operaciones de su propio negocio, había que haber nacido para ello, con lo que quiero aprovechar para rendir homenaje al chofer peruano de Costa, Sierra y Selva como reconocimiento a la labor titánica que despliega en un medio como el nuestro.

Mi cuñado estuvo metido en un negocio de harina de pescado, no en el de los «plátanos», como lo acomodó Julio, me imagino para poder adecuarse mejor en ese momento a las exigencias del relato dentro de las reglas que este género permite.

 

Pedro Buckinghan: Pirulo

 

Fuimos con Juan Ribeyro y Alfonso Delgado a buscarlo. Caminamos por Miraflores, escenario de sus juventudes, hasta llegar casi al límite con Barranco. En un parque escondido –por donde suele pasearse nostálgicamente– encontramos la casa de Perucho, el Pirulo de Los geniecillos, Pedro Buckinghan. Juan y Alfonso silbaron característicamente desde la puerta de la quinta donde se ubica la casa. El padre de Perucho salió por la ventana y después lo llamó con sonora voz. Apareció al minuto y no nos dimos con el muchacho que habíamos esperado, influidos por la lectura de la novela que protagonizan en parte.

Reposado, con los años que se le han venido encima, conversa con sus amigos de antaño (y de ahora), rememorando su calidad de gran billarista (180 de bolada, hacía), cuando se dedicaba a «matar incautos» (lo hizo con Reynaldo del Solar, gran ajedrecista). Viene luego el recuerdo del futbolista diestro. Parece no querer entrar al terreno literario. Hasta que sí entramos. Perucho nos dice:

-El título me parece un poco raro, porque no se dice en nuestra habla geniecillo, sino geniecito. Parece que Julio Ramón se inspiró en El hombrecillo de los gansos, una obra alemana.

Otra vez se cambia el rumbo. Juan y Perucho discuten de filosofía.

-Pirulo... me identifico con el personaje, como que tenía interés en la filosofía... más que en la política. Aunque los personajes vivos, en la realidad de aquel entonces, hablaban más de política que de literatura.

Otro paréntesis. Se habla de tragos.

-Sí, se reunían con el objeto de tratar de política... y de tomar tragos, sobre todo, Pero la novela me gustó. Nunca antes pensé que se me iba a considerar en ella, mas cuando leí mi nombre algo cambiado, cuando descubrí el parentesco en Pirulo, me pareció una cosa natural.

Hablamos de las hazañas cambiadas, que él no hizo el paso de la muerte nunca, que fue otro. Luego llegamos a la «muerte» de su padre (en la novela, porque hace poco él mismo lo llamó).

-La revuelta de la «muerte» de mi padre, históricamente no se suscitó en Ayacucho, sino en Huancayo, provocada por otro prefecto. Lo de la prefectura de Ayacucho que desempeñó mi padre y mi secretariado, fueron ciertos.

Ahora se arriba a la literatura. Alfonso y Juan retrotraen la lectura secreta de sus poemas, hecha por Pedro Buckinghan entre tragos, sacando papelitos escondidos, con Julio Ramón.

-La mayoría de los que aparecen como personajes de la novela han publicado su obra: casi todos, menos yo. Recuerdo que primero quería leer bastante para escribir, y después de leer bastante ya no quería escribir. Había tanto que leer, que me quedé en la lectura.

Dice que no escribe, que prefiere la música.

-Las reuniones terminaban en jaranas, en música. Todos buscaban trago. No terminaban en literatura. Había buenas guitarras en Surquillo, como Carlitos Hayre.

Sus amigos hablan de sus ejecuciones de piano en el Violín Gitano, en el Messarina. Pero su piano ahora está viejo y gastado.

-Yo prefería el pisco -dice-, toco poco. Preferí viajar, estuve en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra. Pasé unos días en París...

Juan cuenta que Pirulo iba a buscar a Julio Ramón en las noches y le tiraba piedras a la ventana para llamarlo.

-Tenía un certificado de Literatura Inglesa de la Universidad de Cambridge, donde estudié un tiempecito, pero un día estuve en apuros con una cuenta y lo dejé empeñado en algún sitio. También estudié algo de literatura rusa...

Alfonso Delgado insiste en que a él le leía poemas.

-Algunos poemas eran de mi mamá -falsea-, los llevaba para que los escucharan.

Insisten sus amigos.

-Tengo, creo, dos sonetos escritos. Algo de poesía libre. Tal vez llegué a escribir 15 poemas. Me gustaban para valses criollos, para ponerles música. Ni eso hice.

Aparecen los estudios de la U. Católica.

-Efectivamente, estudiaba en La Católica, Letras. No acabé. Yo hablaba un poco de inglés y pude leer a los poetas ingleses en su idioma. Por eso fui más traductor que nada.

Surge el bar Palermo, ya cerrado.

-Iba regular a Palermo, una o dos veces al mes. Me juntaba más con ex alumnos del Champagnat que con los «geniecillos». Estaban Castellanos, Pepe Bonilla, Julio Ramón, Galdós, Pazasa, que también escribía.

La mañana calienta pero se está fresco bajo este árbol del parque, con Perucho y sus amigos, que lo llamaron silbado, y que los dejamos para que conversen las cosas de cuando soñar no costaba más que eso.

-Saludos a todos los amigos -se despide- de parte del pata Buckinghan. Un abrazo para Julio Ramón y muchas pesetas (sin saludos).

 

Vargas Vicuña: Eleodoro

Después de percatarse que no estábamos detrás de él para publicitar su nombre, Eleodoro Vargas Vicuña ingresó con nosotros a un chifa del jirón Ancash, como deseando que nuestra conversación acerca de Los geniecillos dominicales tuviera un ambiente similar al desaparecido y siempre frecuentado bar Palermo.

Eleodoro, nombre verdadero, y con el cual aparece en la obra de Julio Ramón Ribeyro, es un hombre que rehúye los reportajes; por eso se «perdió» en las dos veces que obtuvo el Premio Nacional de Literatura.

Respondió que él no era un personaje dentro del contexto de la obra. «Soy, como me dijo el autor, un ente decorativo. Apenas una anécdota, como varios de ellos que matizan la acción de los personajes principales».

«Hay una especie de halago vital, descubrir nuestro nombre en algún escrito; y cuánto más si es el de alguien a quien estimamos. Pero en realidad, no somos sino un fantasma de lo que otros piensan o imaginan de nosotros. En la novela, quien lo sabe, es un reflejo, a través del autor, de alguna realidad, en un determinado tiempo y en una determinada sensibilidad».

¿Cuándo conoció a Ribeyro?

-Acababa de llegar de Arequipa; y hallé a mi familia eterna, a aquellos que descendíamos de una misma inquietud. Todos aquellos jóvenes eran no mis amigos, sino algo más íntimo que se iría descubriendo a través de los años. En todo caso, éramos los inquietos de la creación y de la emoción del Perú que un día había de llegar.

Entre ellos estaba Julio Ramón, quien estudiaba en La Católica, y que participaba con nosotros en San Marcos. Allí conocí sus cuentos, trabajos kafkianos que nunca publicó. Después se fue a París, casi junto con un grupo de 18 ó 20, de los cuales la mayor parte ha vuelto a sus tareas concretas y seguras. Aquellos jóvenes sabían a dónde iban, y qué habrían no solamente de hacer, sino de ser. Julio Ramón sabía que sería un escritor. Lo ha logrado, y con qué formidables méritos. Junto con ello nuestra representación como Ministro Consejero en la Unesco, cargo que nos honra a los peruanos.

¿Qué nos dice de Palermo?

-Era un lugar de tránsito hacia todas partes del mundo. Un lugar amable en donde se reunieron por días, por temporadas y aún por años, personajes que ahora son realmente personajes en todos los campos de la actividad profesional. Un lugar de amistad alrededor de un poema, de un libro, o de «una inefable cerveza eterna»

¿Qué opina de la obra de Julio?

-Es un escritor clásico, en el sentido de ejemplar. Sus cuentos ejercen el magisterio del idioma, y su talento sobrepasa tiempos y espacios. Cuando los leo siento un temblor. Sé que algo me ha sucedido.

Los geniecillos, me parece una obra sentimental, a pesar de preciosas páginas; la anécdota pasajera de unos jóvenes pasajeros.

¿Recuerda a algún personaje del autor?

-Me ha parecido entrever a algunos. Finalmente no lo he logrado ni me ha interesado saberlo. Porque ¿qué tienen que ver Los geniecillos con los presuntos modelos o estos con los geniecillos? George D. Painter ha escrito dos tomos documentados casi científicamente acerca de los personajes de Marcel Proust: ha resultado otra novela. El arte acoge la imaginación y no la descarnada realidad.

 

Francisco Bendezú: Cucho

En un primer momento forzó la entrevista, dijo que deberíamos anticipar la visita. Pero cuando le comunicamos que se trataba de conversar sobre Los geniecillos dominicales, obra de Julio Ramón Ribeyro, en la cual él, Francisco Bendezú, interpreta al personaje Cucho, accedió gentilmente y al final nos obsequió uno de sus tres libros de poemas, titulado Cantos.

En esta forma iniciamos el diálogo, con fotografías y todo, en su pequeña oficina, cuyas cuatro paredes están pegoteadas de afiches, sobre todo de atractivas mujeres.

Nuestro entrevistado expresó que la obra en mención «está importante, en segundo lugar La crónica de San Gabriel y en tercer lugar Los geniecillo dominicales.

Bendezú indicó que había recibido una carta de La Casa de las Américas, en la que se le pide señalar cuales son -en su opinión- las 15 obras literarias más importantes de autores latinoamericanos publicados de 1960 hasta la fecha.

«Entre ellas voy a incluir La palabra del mudo, que para mí representa la culminación de la obra de Julio Ramón, antiguo y querido amigo», expresó.

En lo que se refiere al personaje Cucho. Bendezú aceptó plenamente la identificación, aunque se negó a opinar en relación a los otros personajes «porque me parece arriesgado decir tal personaje es tal persona que todavía existe. Podría equivocarme o incurrir en el enojo de la persona a quien señalo. Cada cual debe reconocer su personaje».

Y por qué el apelativo de Cucho?, preguntamos.

«Quiero esclarecer que nunca me han dicho Cucho. Mi apelativo siempre ha sido Paco. El mismo autor también me ha llamado Paco. En mi casa me dicen Negro, pero esto es muy familiar».

Entonces ¿por qué Cucho?, insistimos.

«Quizás Julio ha tenido poca confianza en cuanto a mi reacción, pero en absoluto me hubiera molestado si él me hubiera puesto Paco. Lo hubiera aceptado. Además, lo que cuenta es real, no hay inventativa ni calumnia. El relato es un recuerdo grato de esos años que todos los personajes recordaremos con cariño».

Hablando del contenido de la obra, dijo «es cierto, por ejemplo, que yo siempre he hablado de Ungaretti, cuyas obras en mis comienzos de estudios universitarios traducía y comentaba con Hugo Bravo, Abelardo Oquendo, Castellanos, Pablo Macera y otros».

«Con ellos discutíamos también los sueños propios de aquella era juvenil. Planeabamos sacar revistas, hacer traducciones, realizar viajes, publicar libros, etcétera, mientras yo hablaba mucho de Ungaretti. Felizmente tuve la suerte de ser alumno de Ungaretti en la Universidad de Roma y obtener en su cátedra de Literatura Italiana la nota máxima. Por eso, cuando Ungaretti vino al Perú, la Universidad de San Marcos me nombró para dar el discurso de bienvenida y nombrarlo profesor honorario de nuestra vieja casa de estudios».

Ampliando sobre la identificación de los personajes en la obra Los geniecillos dominicales, Bendezú manifestó que el autor «pudo haber fundido las características, los rasgos temperamentales de varias personas, para crear un solo personaje. Este método ya ha sido utilizado por Proust, cuya obra ha generado una amplia bibliografía que trata de explicar cada uno de los personajes. Por lo tanto, no se puede decir en forma categórica que tal personaje es una persona existente».

Bendezú manifestó que se iban a beber a El Triunfo, bar de «los guapos», ubicado en el temible barrio de Surquillo.

«Llegar allí te daba la impresión de ser muy macho».

«Recuerdo –empezó a contar una anécdota– que estaba de moda decir cinco en lugar de sí. El mozo del bar El Triunfo se acercó a nuestra mesa donde habíamos seis amigos y preguntó ¿Desean cerveza.... uno de nosotros contestó: ¡cinco! Al traer el mozo las botellas mi amigo le armó tremendo lío, lo insultó y tuvimos que contenerlo porque quería pegarle. Luego de apaciguar los ánimos y de completar las seis botellas el mismo amigo cogió los envases y los fue rompiendo uno por uno en el filo del mármol de la mesa. Como el personaje era tan violento, nosotros muy quietos esperábamos la señal para servirnos. Todo esto causaba la admiración de los asistentes al bar... la gente nos tildaba de hombres de pelo en pecho».

¿Qué comparación puede hacer con el Palermo? «No, el Palermo es otra cosa, era un bar simpático. Ha aparecido en un diario local una crónica muy sabrosa escrita por Manuel Jesús Orbegoso, donde habla de los que íbamos al Palermo, aunque se ha olvidado de algunos... pero el Palermo era un sitio tranquilo».

Paco rememoró que al pagar el consumo de cerveza se tenían que reunir los soles. «Era la época que un par de libras era bastante plata. Había compañeros que enseñaban cinco libras y a la voz de ¡Vamos a vivirla! enrumbábamos hacia el Palermo».

Francisco Bendezú estudió en La Recoleta y no en el Champagnat, donde lo hicieran Julio Ramón, Buckinghan y otros.

Asimismo, dijo que el Club Nacional, en La Herradura, «era el sitio clásico de los bailongos».

Al finalizar la entrevista agregó que para el mes de julio del presente año editará su libro Arquímea, del cual ya se han publicado varias composiciones en revistas y publicaciones literarias del extranjero.

 

Jorge de la Puente: Genaro

 

El cobarde ataque perpetrado ese día miércoles 5 contra una parte del Centro Cívico es nada ha mellado el buen carácter de quienes trabajan allí. Este es el caso del Capitán (r) Jorge de la Puente Raygada, cuya oficina de Electroperú se halla ubicada en el quinto piso del mencionado edificio y es uno de los personajes de la obra Los geniecillos dominicales.

Para Genaro, nombre supuesto con el que Jorge de la Puente se identifica dentro de la obra, «Julio Ramón Ribeyro enfoca en su novela una realidad de la clase media de esos tiempos, tomando como elementos a los muchos amigos que lo acompañaron por diferentes lugares y por diversos motivos. Es por ello que el autor (en la vida real es cuñado de Jorge) al crear sus personajes, mezcla el físico de alguno de ellos con la parte interna o psíquica de otro, creando un nuevo personaje, o agregándole algo de ficción».

–¿Qué nos puede decir de los bares El Triunfo y el Palermo?

«El primero de los nombrados es uno de los antiguos bares de Surquillo, venido muy a menos últimamente por el poco respeto a la dignidad humana. Por supuesto que no se puede negar que en aquellos tiempos imperaba cierto gansterismo, pero era de menor escala al actual Chicago Chico, como siempre se le ha dominado al peligroso barrio de Surquillo. En lo que respecta a Palermo, puedo decir que era el refugio de universitarios sanmarquinos y de La Católica. En resumen, fueron los dos escenarios donde se movió Ribeyro, siendo doble actor en su propia novela».

–Cuéntenos alguna anécdota de aquellos tiempos...

«En la casa de la madre de Ribeyro nos reuníamos muchos amigos, contándose entre los asistentes a Reynaldo del Solar, uno de los mejores ajedrecistas peruanos, y Pedro Buckinghan, el más inteligente y peculiar de todos los amigos. Entre estos dos se entablaban extraordinarias partidas de ajedrez que por no ser transcritas al papel se han desperdiciado, ya que era contendores de una gran maestría».

–¿Qué nos puede decir acerca de Julio Ramón Ribeyro?

«Como escritor es uno de los mejores, pero lo que menos le interesa es publicar; por eso la obra Cambio de guardia, que la escribió hace 10 ó 12 años atrás, recién va a ser editada por Milla Batres».

 

Washington Delgado: Flanklin

 

Cuando fuimos a entrevistarlo se hallaba en cama a consecuencia de una fuerte gripe, por lo cual una de sus pequeñas hijas sirvió de enlace entre el dormitorio y la sala de visita de su casa. Las respuestas de Washington al cuestionario que le trasladamos fueron manuscritos en esa oportunidad en pequeños papeles.

¿Qué opina de la obra Los geniecillos dominicales?

«Anteriormente he opinado ya sobre esta novela cuyo valor me parece muy alto. Además yo fui miembro del jurado que le concedió el primer premio en el concurso convocado por el diario Expreso.

«Uno de los más altos valores de la novela es su ambientación mirafloriana, su evocación de un ambiente familiar. La evocación de San Marcos y de los jóvenes intelectuales de 1950, me parece en cambio superficial, pero esto naturalmente casi no afecta el valor estético de la novela.

“Ribeyro no era propiamente sanmarquino y acaso equivoca la psicología real y las preocupaciones predominantes de los escritores de entonces. Para el desarrollo de la novela esto no tiene mayor importancia».

¿Quiénes son en la vida real los personajes de la obra de J.R.R.?

«Me parece reconocer a algunos de los personajes, no a todos, pero como no corresponden exactamente a la realidad me parece inútil insistir en este carácter crítico de la novela».

¿Qué significó para Ud. el bar Palermo?

«Yo fui también un concurrente ocasional de la peña del bar Palermo. No fui de sus fundadores, ni de sus miembros conspicuos aunque lo frecuenté más que Ribeyro y creo haberlo conocido mucho mejor que él».

 

Manuel Acosta Ojeda: El Sabido

 

El conocido compositor criollo Manuel Acosta Ojeda, tiene en sus bolsillos la invitación para escribir sus anécdotas a raíz de una conversación muy amena que sostuviera en París con el editorialista Carlos Seix Barral, «quien en esa oportunidad se revolcaba de risa» al escuchar las ocurrencias de sus viajes.

En realidad, «El Sabido», sobrenombre con el que Julio Ramón Ribeyro menciona a Manuel Acosta en su obra, «se pasa» relatando sus peripecias juveniles y de bohemia. Pero el compositor, además es un hombre de negocios que se ve imposibilitado de concretar dicha invitación y mucho menos ha tenido tiempo para leer Los geniecillos dominicales, obra de su gran amigo Julio Ramón Ribeyro, en la que es coprotagonista con otros personajes.

«Mira viejo –dice confidencialmente Acosta–, como peruano y bohemio últimamente sólo he leído etiquetas de botellas, pero ahora que me he retirado del trago me voy a dedicar a leer y a componer más canciones políticas, en cambio te puedo asegurar que sí he leído y me la sé de memoria la obra Los gallinazos sin plumas del mismo autor».

–Si no ha leído Los geniecillos dominicales ¿cómo se enteró de que se le menciona en dicha obra?

«Por intermedio de Juan Gonzalo Rose me enteré que directa o indirectamente aparezco en algunos párrafos de la obra, al igual que el flaco Carlos Alfonso Delgado, Pedro Buckinghan, Devoto y otros personajes de la «fauna» surquillana que frecuentábamos el bar Taca Taca, ubicado a la vuelta del bar El Triunfo... Este último era un bar muy elegante para nosotros, en cambio en el Taca Taca, que pertenecía a un japonecito, encontrábamos la botella de Capitán, que era una mezcla de vermouth y pisco, a tres soles cincuenta. Allí nos reuníamos con la gente que robaba en San Isidro y Miraflores, rateritos que eran una especie de Robin Hood: asaltaban a los ricos para compartir con los pobres».

–¿Cuándo visitó el bar Palermo?

«Visité el Palermo en el ‘63 cuando empezaba a componer canciones políticas, allí fue donde me puse en contacto con intelectuales como Reynoso, Zavala, Julio Ramón y otros».

–¿En alguna oportunidad Julio Ramón consultó con el grupo de amigos sus escritos?

«No solamente Julio llevaba sus obras al Taca Taca, también lo hacía un señor de apellido Del Solar, el hijo de Carlos Alfonso Delgado, Perucho, quienes leían y opinaban; la verdad que yo nunca opinaba, me sentía disminuido frente al bagaje cultural de ellos. Más bien yo siempre he buscado la aventura, he estado metido con los ‘choros’ –gente de mal vivir–, conozco sus jergas, motivaciones e inquietudes».

 

–¿Cómo cree identificarse en la obra?

«Con ‘El Sabido’, ese era mi ‘chaplín’ –alias–. En realidad yo jugaba muy bien el billar y me gustaba ‘comerme’ –estafar–, a los vivos. En las mesas de billar miraflorinas los jugadores llegaban hasta 50 boladas, en cambio yo hacía cien hasta cientocincuenta boladas, que de hecho llamaba la atención. Por supuesto que en Lima había gente que llegaba hasta trescientas boladas y hasta más».

–¿En qué consistía la estafa a los vivos?

«Antes de ir al billar me ponía mi corbata, mi camisita blanca, en fin le sacaba lustre al terno: estando en el billar pedía bolas para jugar solo, así como lo hacen ‘los pichones’ –aprendices–, luego me quitaba el saco, pedía una gaseosa y pagaba con cinco libras, que en esa época era una fortuna, entonces los sapos –aquellos que viven del billar– se decían acá está la playa y me pedían jugar... debo aclarar que yo juego con la zurda pero para cazar a los vivos actuaba con la derecha de esta manera, en el primer juego ganaba, mejor dicho se dejaban ganar, en la segunda mesa apostábamos una gaseosa y volvía a ganar, ellos lo hacían para picarme, a la tercer aun sol, después cinco soles, diez, veinte y al final sacaba mi zurda, recuperaba mi plata y les ganaba. Hay veces que me querían pegar, yo me corría o en todo caso nos trompeábamos».

–¿En alguna oportunidad Julio Ramón Ribeyro lo vio actuar?

«Julio iba al billar de Ricardo Palma, donde ahora están las Galerías Palma, acompañado de Perucho Buckinghan y un hermano de Julio que ahora es abogado. Perucho también era un buen jugador y llegaba al billar a competir conmigo, hacía que los ribeyro apostaran a su favor pero él se tiraba para atrás de tal manera que siempre hacía perder a sus grandes amigos; y conste que Perucho era mucho más amigo de los Ribeyro que cualquier otro. Esto pinta de cuerpo entero lo palomilla que era Perucho».

 

Hugo Bravo: Hugo

 

Casi con un pie en el avión, con los bolsillos llenos de chisguetes y serpentinas y armado de una buena cámara fotográfica, el periodista Hugo Bravo respondió este cuestionario acerca de Los geniecillos dominicales. Al día siguiente se hallaría gozando de  sus vacaciones en el grandioso carnaval carioca.

–¿Se identifica Ud. con el personaje en la obra de Julio Ramón Ribeyro?

«Tanto como identificarme, no. Si es difícil a uno reconocerse ante un espejo, es más difícil hacerlo a través de una descripción literaria. Lo que sí es cierto es que gran parte de los personajes de Los geniecillos dominicales habían sido tomados, por Ribeyro, del círculo de sus amigos y, Hugo, parece haber sido «creado» a semejanza de lo que yo representaba a esa edad».

–¿Qué opinión tiene acerca de la obra?

«Los méritos de Julio Ramón Ribeyro como escritor y no solamente por Los geniecillos dominicales, están indiscutiblemente subrayados por críticos idóneos. Creo que es un valor extraordinario en nuestra literatura y que su obra siempre tendrá vigencia en el estudio de la novelística peruana».

–Hablemos del bar Palermo y del bar El Triunfo.

«La verdad es que el espacio resultaría demasiado corto para hablar sobre el bar Palermo y el desfile de personas, de toda índole, que han ocupado sus mesas, desde la época en que eran de mimbre y servían el té en teteras enlozadas, bajo la seria mirada de Aurorita, hija laboriosa del viejo Kuniyoshi. Dos décadas es más que bastante para forzar la memoria. En Palermo se reunía gente de todo tipo, de las más variadas ambiciones literarias e ideas políticas. No había discriminación, pero eso sí algunas peleas a causa de la refrescante cerveza que tan gentilmente nos ofrecían los mozos Emilio, el negro Linares, el pícaro colorao Broncano y los ‘calentones’ hermanos Fernández, resignados, casi siempre, por las ‘arruguitas’ del caso.

Palermo fue, sobre todo, un lugar interesante, debido, indiscutiblemente, a su cercanía a la casona de San Marcos, por la gente que se reunió por años en sus mesas.

En cuanto al bar El Triunfo, último refugio para los bohemios que insistían en ‘alargar’ la noche, tiene también su historia, pero escapa a mis inquietudes de esa época. Recuerdo sí, que varias veces lo visité acompañando al doctor Porras Barrenechea al lado de Macera, Carrasco, Ribeyro, Puccinelli, Araníbar y otros, para continuar gratísimas conversaciones iniciales en la Pizzería de Miraflores».

–¿Qué otros personajes reconoce en la obra?

«Muchos, pero prefiero no nombrarlos. No me toca a mí ‘descubrirlos’».

 

7. Mario Vargas Llosa:

Inquietudes, rebeldías

y esperanzas

(Semanario Unidad,

N° 146, del 24/8/67)

 

Caminando por las calles miraflorinas, con la sencilla espontaneidad de una charla entre amigos, el autor de La casa verde nos habla de sus inquietudes, rebeldías y esperanzas.

En la calle se le podría confundir con un empleado bancario o de cualquier firma comercial. Es alto, bien plantado y viste con pulcritud. Pero es distinto hablar con él. Es un hombre delgado y aparenta menos de sus treintiún años; al que no lo conocer, le debe ser dificil adivinar que desde Caracas trae el premio latinoamericano Rómulo Gallegos de novela. Habla muy rápido, francamente no es fácil anotar sus declaraciones.

–«Creo que desde muy joven me he sentido irritado por la vida de mi país, por la mentira que nos rodea», dice Mario Vargas Llosa, y hay franquesa en su expresión, en su mirada. «Nuestro país está montado de tal manera que aliena a los muchachos. Incluso hoy se han creado universidades en el Perú que buscan una toma de conciencia de la juventud».

–Y usted, Mario, ¿cómo escapó de esa alienación?

Entonces surge la vieja casona de San Marcos, la Facultad de Letras, donde él estudio, «San marcos, en mi tiempo –creo que ahora también–, era un gran caldero en donde estaban representados todos los sectores del Perú y allí se reproducían los dramas de nuestra patria. Era época de alumnos y profesores encarcelados o exiliados, de organismos estudiantiles desmantelados». Nos cuenta de la época del ochenio odriísta. Vargas Llosa empezó a escribir Los jefes siendo sanmarquino, pero ya desde años atrás producía poemas y relatos; La huída fue una obra de teatro escrita y escenificada en Piura, a la que cataloga como una obra de adolescente y la que considera el primer paso literario más o menos serio. Pero en el año cincuentiocho viaja a España y termina Los jefes. Medita y se da cuenta que la literatura no debía ser un pasatiempo dominguero, que requería una dedicación a tiempo completo: iniciaba la creación de su primera novela, La ciudad y los perros. Organizó su vida en función a la literatura, como debe hacerlo un revolucionario por la revolución. Luego las carillas se sumaban y vino la sorpresa, lo inesperado para Mario: el éxito.

Nosotros sabemos que ha venido por su calidad y disciplina. Para él han existido elementos de azar. «El éxito da satisfacción, pero es peligroso, por el envenenamiento». Pero resulta que cada libro empuja al escritor a abandonarse totalmente y a no confiar en sí mismo. «Por eso admiro la autenticidad del escritor, porque soy consciente del escritor, porque soy consciente de mí mismo». Encendemos cigarrillos, antes de tocar el tema de su última novela en preparación.

«Es una novela que se desarrolla entre los años 1948-1956. Contiene una serie de historias entrelazadas de personajes de distintos medios y regiones del Perú, pero que residen en Lima. La alienación de estos personajes lleva a escribir el drama social de esos años. Pero la política no es su materia». Esta es la síntesis de la novela inédita de Vargas Llosa. Eran los años del escritor tomando conciencia en San Marcos, forjándose, lo que viven sus personajes.

 

«Octubre cambió la historia»

Vargas llosa no es admirado en el mundo únicamente por ser autor de sus laureadas narraciones Los jefes, La ciudad y los perros y La casa verde.

Está su identificación con las clases pauperizadas de Latinoamérica y del mundo, su clara posición de hombre de izquierda. «Yo soy escritor no político; mi posición es socialista, pero con ciertas reservas».

El es un hombre franco. Por eso cuando nos habla de sus cuatro visitas a Cuba, ya libre y bajo el gobierno revolucionario de Castro, primero como enviado de la radiotelevisión francesa (1962), luego como miembro del jurado para el concurso de novela de la Casa de las Américas (1964), más adelante invitado como observador (no fue presidente de ninguna delegación) a la Tricontinental de La Habana (1966), y por último como miembro del consejo de redacción de la Revista de la Casa de Las Américas, nos dice pleno de sinceridad que «para un latinoamericano lo que más le impresiona de Cuba es encontrar que las desigualdades sociales están reducidas a proporciones humanas casi por completo; y esto lo deduzco de lo que vi en otros países de América Latina  y en el mío mismo». También se siente admirado por el esfuerzo tan grande realizado por los cubanos en el campo de la cultura, sobre todo de su política de promoción, con tirajes de cincuenta a cien mil ejemplares de obras publicadas sin caer en un cerrado criterio dogmático ni exclusivista, dejando así la posibilidad de una orientación estética propia, lo cual es sumamente importante, a su criterio. «Estar allí es ver eso que Orwell llamaba ‘fraternidad en acción’ de todos los medios para sacar adelante la revolución cubana».

¿Objeciones? Para Vargas Llosa hay aspectos objetables. Por ejemplo, que el periodismo no se encuentre a la altura de las demás publicaciones. Pero frente a esto se ha logrado la emancipación de grandes lacras, lo que él define como «rompimiento con la trinidad que tiene aherrojada a América Latina: el control imperial, la explotación de una oligarquía nativa y la constante amenaza de una casta militar». Y Cuba, como asegura nuestro joven y consagrado escritor, se ha liberado de todo esto «por supuesto, que en medio de grandes dificultades, bajo un bloqueo horrible».

En lo referente al Cincuentenario de la Revolución e Octubre... «Creo que ha hecho cambiar la historia y, a pesar de los errores que se le pueden señalar, sigue siendo un hecho positivo, al que todo hombre de izquierda debe adherirse». Pero Mario es sincero y para él existe una crítica dirigida a la incomprensión de ciertos funcionarios soviéticos a los fenómenos literarios. «Es imprescindible que se acepte el derecho de los pensadores de disentir de ciertas cosas. Los escritores tenemos la obligación de obedecer fundamentalmente nuestras obsesiones y convicciones: un escritor no debe forzar sus inclinaciones y sus obsesiones, por ser realista, por seguir una ideología; estaría traicionado su vocación». Entonces recuerda la frase de Roger Garaudy: «que ame la revolución por encima de todas las cosas y que escriba lo que le dé la gana». Por otra parte no existen dudas, para Mario, sobre la misión del socialismo en el mundo.

Pero debemos ahora trasladarnos a Caracas. Allí la prensa escrita, la radio y la TV critican al laureado autor de La casa verde. Mas la crítica es mesurada, hecha con decoro (tanto la oficialista de Acción Democrática como la democristiana). Sólo los pasquines publican notas subidas de tono, sin calidad. Y eso es lo que reproduce la prensa peruana. En Colombia Vargas Llosa lee los diarios y encuentra cosas distintas en las versiones cablegráficas de las agencias. Inclusive todos los asistentes al XIII Congreso de Literatura Latinoamericana firmaron un telegrama dirigido al presidente Belaunde, pidiéndole que cesar la actitud inquisitorial de la quema de libros.

«Por otra parte es bueno aclarar que no dije nada nuevo en mi discurso. Lo que dije lo he venido sosteniendo desde hace mucho tiempo en artículos, charlas, etc. Al recibir el premio era cuestión de honestidad reafirmar estos principios». Así es el ganador del Rómulo Gallegos, honesto con su pensar, con su visión del mundo, de su América, de su país...

 

¿Candidatura Malpica? Sí, de acuerdo

 

«Malpica me parece un hombre honesto, preparado y socialista auténtico. Es sensato que la Unión de Izquierda se haya forjado en torno a su candidatura. Es que el drama de la izquierda peruana es, o ha sido, la lucha intestina que favorece a la derecha. Esta unión debe llevarse adelante con criterio generoso y teniendo en cuenta que el objetivo a conquistar es el triunfo de la izquierda y no de una fracción de ella. Debemos respetar todos los matices de izquierda en su seno». Claro que Vargas Llosa me dice que él no quiere pasar como un director de conciencias y que sus apreciaciones son susceptibles de error. Ante la revolución peruana... «los escritores, en cuanto miembros de una comunidad, deben sentirse solidarios con los desposeídos, pues en nuestro medio el escritor es también una víctima, ya que la literatura no cumple su función social a conciencia. La población analfabeta, los desposeídos que no pueden comprar libros y aquellos que tienen pero que son ineptos y no poseen siquiera el esnobismo del arte, son en el Perú factores para que un escritor sea revolucionario». Ahora, ¿cómo puede uno querer ser escritor en un país que no necesita escritores?, se pregunta y nos pregunta Vargas Llosa. La respuesta es el socialismo. Un socialismo que nos libre de la oligarquía, «yo no sé si para llegar a ello conviene la vía armada o la vía pacífica. No quiero sustituir a los que defienden una de las dos tesis. Es que desde mi punto de vista lo que quiero es servir a la revolución,, sea por la vía que ella se realice y crean indicada los revolucionarios y el pueblo, que es quien debe optar porque se supere la injusticia social». Caminamos por una calle miraflorina como dos camaradas. Miramos para arriba, al cielo, ¿Crece no?, le digo. «Sí, pero allí no llega el pueblo», contesta y nos despedimos... La ciudad... las caras... las casta... repito para mí mismo.

 

8. Oswaldo Reynoso:

De los inocentes a los

eunucos chinos

(Revista Sí, N° 447, del 9 al 15 Oct./95)

 

Uno, como buen curioso que es, siempre que puede habla con los muchachos universitarios, como los chicos escolares, para saber cuál es el libro de cuentos del autor peruano que más les ha gustado; si es que su profesor los hace leer. De lejos se impone Los inocentes, libro con cinco ediciones que superan una tirada de cincuenta mil ejemplares, la segunda hecha por Populibros de Manuel Scorza con cuarenta mil copias.

Luego vino la discutida y aún debatida novela En octubre no hay milagros, provocando numerosas y rabiosas mesadas de cabello de parte de sus detractores; la obra ya lleva también cinco ediciones. Siguió El escarabajo y el hombre, una brillante novela que relata dos historias, la del bicho y la de la collera de barrio correteando por la Ricaplaya, como llamaban entonces el Agua Dulce por su nocturno ambiente burlero; lástima que la crítica no supo entenderla, como tampoco muchos de sus amigos.

Pero ahora, a punto de que aparezca su quinto libro (el cuarto fue esa deliciosa pieza literaria publicada hace un par de años bajo el título de En busca de Aladino); Los eunucos inmortales, una voluminosa novela acerca de sus diez años de estadía en China vinculados, a través de racontos, a su vida arequipeña, su tierra natal, evadimos una conversación con Oswaldo sobre el trillado tema del bar Palermo y nos metemos de frente, o mejor dicho ‘de fresa’, a los recónditos caminos de su infancia.

Quiso ser cura, y terminó de monaguillo

 

Mis padres son tacneños –nos dice, a pesar de que ambos son difuntos, como si aún vivieran–, nacieron y se criaron bajo la dominación chilena. En sus hogares siempre hubo un culto sagrado al Perú. El cantar el himno Nacional, el izar la Bandera Nacional, era toda una acción heroica frente a la dominación chilena.

Relata luego un episodio de un tío suyo, hermano de su padre, como parte de la resistencia ante el invasor y me pide no reseñarlo, pero ésa es la razón por la que su padre se ve obligado a huir rumbo a Bolivia, donde se queda dos o tres años trabajando en la legación peruana. La familia de Rosa Díaz, su madre –en esos momentos novia de don Luis Reynoso–, también se ve obligada a abandonar Tacna. Dejando casa y pertenencias abandonadas, abordan un barco peruano en Arica, para trasladarse luego a Arequipa. Don Luis quien es contador público, retorna al Perú, a la Ciudad Blanca, para casarse con doña Rosa y laborar como contador de la Universidad San Agustín.

A él le gustaba leer mucho –cuenta Oswaldo–, tenía una buena biblioteca, además compraba las mejores revistas peruanas, como Mundial o Variedades, o las que llegaban de Chile, así Zig Zag, o de Argentina, tal Leoplán, la cual traía novelas por entregas de Dostoievski, Alejandro Dumas, Emilio Zola. Bajo la orientación de mi padre fui leyendo a los grandes novelistas del siglo pasado, mientras mi madre se daba tiempo para pintar y tocar el piano a la vez que criaba a sus nueve hijos.

Pero resulta que sus padres, a causa de la convivencia obligatoria con el invasor en Tacna, comían y hablaban como chilenos. A los fréjoles les llamaban porotos y los días domingos don Luis Reynoso se sentaba por costumbre al lado de la puerta de su casa a tomar vino con los vecinos. Entonces los arequipeños vieron mal todo esto, y le pusieron el mote indignante de el «chileno».

Mi padre se murió triste y sin patria –rememora el novelista–. Fue en el año 1951. Yo nací en 1932. Yo siempre he sido místico y me han gustado los ritos –empieza a narrar autobiográficamente–. Me encantaban esas misas solemnes en la catedral y en las oscuras iglesias de sillar de Arequipa. Con órganos, coros, ornamentos, cirios de colores, los altares dorados o plateados, las vestimentas especiales de los curas. Años después me gustó enterarme de lo que Wagner decía de la misma: «La misa no es más que una ópera para el pueblo».

Fue tanto mi entusiasmo por todo esto, que una vez estuve apunto de meterme de cura –rebusca en su pasado en tanto paladea su cubalibre de ron Matusalén–. Recuerdo que el hermano José, del colegio de los Hermanos Cristianos, terminado mi primaria le dije que quería ingresar a su congregación. El hermano José de inmediato fue a mi casa para pedirle la autorización a mi padre, quien era muy católico pero también muy prudente. Por ello le respondió al hermano José que iba a estudiar el asunto y que luego le comunicaría..

Al día siguiente –surge la remembranza delante de ese biombo y de esos adornos chinos que decoran su cuarto de escritor– me dijo que preparara un viaje a Mollendo: me dio un poco de dinero, una maleta con ropa y me despachó en tren diciéndome: «primero conoce la vida y luego decide tu futuro».

Fue tan intensa la experiencia que tuve en Mollendo que en cuanto regresé le dije a mi papá: «¡Qué locura iba a cometer! gracias». Pero esta experiencia no hizo que dejara de ira a la iglesia, sino que hasta me metí de monaguillo y de solista en el coro. Porque llegué a la conclusión que lo que me gustaba de ese ambiente era el rito y no Dios.

Es por eso que más adelante Oswaldo llegó a cantar al lado de nada menos que fray José Mujica en la iglesia de San Francisco de Arequipa, donde el famoso cantante estudiara. Mas pronto abandonaría el bel canto por las letras, primero al enviar un poema al Concurso Literario de la Primavera para Alumnos Secundarios organizado por la Universidad San Agustín; rechazan su escrito porque no se refería para nada a la primavera. Después se conoce con el poeta Efraín Miranda, quien además era excelente guitarrista y recitador (autor de Muerte cercana –publicado en 1954– y de Choza con prólogo de Marco Martos) y que ahora vive en una comunidad campesina de Puno ejerciendo el magisterio. Con él conoce a Rilke y participa en la edición de los Cuadernos de Malte. Con Aníbal Portocarrero, recitador y poeta, integran el grupo Avemur y se inician en la lectura de Vallejo, Neruda y los surrealistas. El grupo se transformaría en Avanzada Sur. En 1950 Reynoso ha ingresado a estudiar letras en la San Agustín, pero a la muerte de su padre, acaecida en 1951, viene a Lima becado a estudiar al Instituto Pedagógico de La Cantuta, ya que la ausencia paterna genera la consabida crisis económica familiar.

Para qué venirnos a Lima. Seguimos en la Arequipa de 1950, cuando se produce la gran rebelión contra la dictadura de Odría, pero ese capítulo de su vida lo podremos leer en los eunucos inmortales. En el café Roma de la ciudad mistiana se reunían los escritores que él llama con establecimiento, reconocidos. Aparte de Eleodoro Vargas Vicuña y de Alfredo Castellanos era contertulio el más interesante bohemio de Arequipa, Medina, un periodista muy delgado, con una gran melena y de quien se decía consumía morfina.

Los de Avanzada Sur nunca pisamos ese café, pues nos considerábamos efectivamente una avanzada –relata Reynoso sobre sus primeros escarceos literarios–, pues la mayoría de los poetas arequipeños hacía una poesía pictórica, con mucha influencia de lo bucólico, del pintoresquismo. En cambio nosotros caminábamos por los senderos del infierno de Rimbaud, Baudelaire, Verlaine, las locuras de Salvador Dalí y, sobre todo, al lado de Rilke, Whitman, Neruda y Vallejo. Los miembros éramos Jorge y Javier Bacacorzo, Efraín Miranda, Aníbal Portocarrero, José Gonzalo Morante y yo. En realidad nunca tuvimos una unidad de planteamiento estético, pero Jorge Bacacorzo, muy influenciado por Alberto Hidalgo, tanto en la poesía como en la vida, lanzaba mensajes «a los intelectuales y artistas de América», optimistamente.

Hicimos una exposición de poemas ilustrados, primero en la galería de los hermanos Vargas en Arequipa y luego la llevamos a Lima. A mí me ilustró Percy Murillo, un pintor aprista. Terminé renunciando al grupo dos veces: en vez de aceptar mi renuncia, prefirieron expulsarme por decadente, por mostrar mi entusiasmo por Proust y Joyce. El resto es cosa conocida. Pueden leerlo en mis novelas y cuentos.

 

 

9. Eleodoro Vargas Vicuña:

En busca del taita perdido

(Revista Sí, N° 460,

del 15 al 21 Ene./96)

 

Es como si permanentemente buscara su padre. Así lo notas. Así se confiesa entre afirmaciones y dubitaciones. Tratando de ubicar la palabra exacta que todo lo diga. ¡La maternidad está en la palabra! Porque el poeta, el escritor «puede referirse a su actitud obstinada, a su poderosa agonía por descubrirle. Sabe lo que debe decir, pero no sabe cómo puede decirlo; mas si supiera cómo, no escribiría más. Su trabajo es la búsqueda de ese poder leal. La certeza de quien halló una forma de vía, posible de acercarlo, alerta, incitante y dócil, al oculto mensaje de la tierra».

Se trata de Eleodoro Vargas Vicuña, quien junto a Mario Florián, su verdadero maestro, son los únicos que han recibido doble Premio nacional de Literatura: en poesía y narración.

«De haber elegido dónde debía nacer, debí nacer en el Perú, en esta América del Mundo, en este tiempo de todos los tiempos», manifestó en el Encuentro Nacional de Escritores en Homenaje a César Vallejo, realizado en trujillo –o ciudad vallejo, como él la llama– en 1986.

Por eso no insistimos en fechas de nacimiento y menos en lugar. Sabemos que Eleodoro considera al pueblo de Acobamba, distrito de la provincia de Tarma, al lado de un cerro de apenas 300 metros de alto, el del famoso Señor de Muruhuay, como su propio pueblo. «Pues el pueblo de uno es aquél donde se aprende a hablar». Su madre fue acobambina y su padre tarmeño, un electricista que trabajaba para la Cerro de Pasco Corporation, ascendido a funcionario gracias a su esfuerzo y dedicación. El hombre vivía en el barrio cerreño de La Esperanza. Allá se trasladaba Eleodoro de enero a marzo. El resto del año lo pasaba en Acobamba, donde estudiara hasta alcanzar el tercero de primaria.

Su primer y más antiguo recuerdo es el de una persona que se pone a contar, un primo llamado Toribio Vicuña. Contaba cuentos y chistes a sus hermanos. «La manera como él hablaba y ellos se reían, me hicieron descubrir el diálogo. Luego me iba a dormir con mi abuela y ella me decía al despertar: ‘Ya el sol está despierto’ y en el atardecer decía ‘Ya las almas están andando’».

Esto sucedía en su enorme casa de tres patios con fachada de media cuadra en Acobamba, donde la cuarta parte de la casa era una huerta con tres corrales de caballos, con habitaciones de diez por ocho metros y había una, encima del salón, de veinte por diez. En la tarde llegaban las sombras al patio. Había varias cocinas, y al lado de la cocina del fondo se levantaban unas habitaciones, que cuando las aguaitaba estaban todas oscuras. De repente llegaban visitantes y todo se encendía, la palabra se encendía. Ellos hablaban y Eleodoro los escuchaba furtivamente; quizá no los entendía del todo, por eso al escribir busca un lenguaje perdido. Tenía una interpretación propia de lo que ellos hablaban, porque a los niños no se les hace caso en Acobamba, hasta ahora, dice.

Intempestivamente surgen de su memoria unos periódicos perfectamente doblados, muy bien ordenados, llevados por su padre de Cerro de Pasco a Acobamba. El pequeño Eleodoro los hojeaba. Como también atisbaba las veladas teatrales de su pueblo o escuchaba atento recitar a su hermano –quien luego sería médico– el poema «Indio» de José Santos Chocano, hermano que viajó con el elenco teatral a Lima a poner Atahualpa. Entonces, como su mamá no los dejaba salir, con un fondo de sábanas jugaban al teatro dentro de la casa.

 

Lima, el Guadalupe y Arequipa

Todos los días, de oscurecida, antes de que las ánimas recorran sus pasos, creo comprender lo que hablan.

«En otro pueblo, pasando la cordillera, tal vez... su destino... Y quisiera despertar, oír, conocer: cuál es el rostro de su rostro. Añoro el día en que me iré, como éstos, en que los reilones me señalan. Nacido de quien nunca vi. Viviendo como un secreto. Amontonando las horas como la viruta del carpintero Cáceres».

Empiezo otra vez: una nostalgia de no estar aquí donde estoy. Como si estuviera en otra parte. Le cuento a un abuelo. Le digo:

–Tengo pena de no estar aquí. –Y él se ríe–. Eso es desvarío –soluciona tocándose la sien, y yo me quedo colgado en el vacío.

 

Este es un fragmento de «El desconocido», uno de los ocho cuentos que componen Taita Cristo (1960), que junto a igual número de relatos organizados bajo el título de Nahuín o Ñahuin (1950) y otros cinco más recopilados como El cristal con que se mira (1975), suman la obra narrativa de Vargas Vicuña, sus «narraciones ordinarias del amor, la pasión, el agua, la tierra, el árbol, el viento, el toro y el hombre», como reza el epígrafe colocado en la edición de Milla Batres en 1976. Allí Washington Delgado manifiesta: «A pesar de su brevedad, la obra narrativa de Eleodoro vargas Vicuña tiene un lugar muy importante en el cuadro de la narrativa peruana contemporánea...

«La obra narrativa de EVV conjuga la creación poética intensa y personalísima con la trágica vida y el habla singular del campesino peruano, olvidado en sus agrestes serranías, y también con las más viejas raíces de la humanidad, con los mitos primordiales de la vida y la muerte».

Y el mismo Washington, al lado de Alberto Escobar y Alberto Ureta, miembros del jurado del Premio Nacional de Poesía José Santos Chocano (1959), dicen al otorgarle dicho galardón a Vargas Vicuña: «Es notable en este poemario el acento lírico de muy fina y transparente expresión; la originalidad con que se aborda el tema tradicional del amor, con una actitud misteriosa y, sin embargo, íntima, que pone de relieve hermosos matices inéditos. Zora, imagen de poesía es, sin duda, un aporte nuevo y, por tanto, digno del estímulo que es el objetivo del premio...» Esto el 28 de noviembre de 1959. En 1964 obtuvo, con Taita Cristo, el Premio Nacional de Narración.

“Fue una cosa de pura palomillada, un desafío de Edgardo Pérez Luna que me dijo: vamos a presentarnos; yo te gano. Pasamos en limpio nuestros poemarios y Zora ganó; palabras recogidas de una dama, por ello el lenguaje tan suave, tan bello». Los amigos de Eleodoro dicen que Zora es apenas un fragmento, que existe un cuaderno completo. Y que hay, además, veinte cuadernos con diferentes escritos, con apuntes sobre diferentes cosas, acerca de experiencias vividas. Legalmente, les creemos. Eleodoro no dice nada al respecto.

Sólo va recordando su venida a Lima a los nueve años de edad, al jirón Washington, de donde casi no se ha movido. Sus estudios secundarios los cursó en el Colegio Guadalupe. Leyendo la proficua obra de Vargas vila mientras cursaba el tercero y cuarto de media. Cómo salía de la Biblioteca Nacional o de la Biblioteca del Congreso con los ojos hinchados de leer. El decisivo encuentro con la poesía de Mario Florián, quien influye mucho con su formación literaria. Como también libros claves: La vorágine, de Eustaquio Rivera; Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes; Los de abajo, de Mariano Azuela; Doña bárbara, de Rómulo Gallegos y la obra de William Faulkner leída en Arequipa.

 

¿Por qué se va a Arequipa?

«Yo estaba inquieto en Lima y quería salirme del cascarón del hogar. De manera que me fui a Arequipa, dejando la Universidad de San Marcos, la ENAE, donde estudiaba teatro, e ingresé a San Agustín. Es que tenía la nostalgia de un lugar que podría haber sido cualquier otro lugar. Pero ya en la Plaza de Armas de Arequipa me quedé mirando al cielo azul cinco años y escuchando las palabras de Acobamba, hasta que un día logré definitivamente oír esas palabras durante una salida a La Paz, donde escribí una carta a mi abuela muerta. Ese era el lenguaje de Acobamba. A mi regreso a Arequipa me sucedieron dos cosas: escribí de golpe los quince cuentos de Ñahuin y al terminar de escribirlos me di cuenta de que Arequipa era Acobamba grande, lo que me pasó siempre al viajar por la sierra peruana: Cusco, Huancayo, Cajamarca, etc., tienen el mismo cielo que te habla y el mismo suelo que sostiene los caminos de todo nuestro espíritu cultural. Es mentira que somos países distintos. La unidad ha sido dada por el castellano mestizo, influido por el alma quechua, pero por sobre todo por las costumbres que heredamos de todos los estratos: educación, alimentación, vida familiar y social, organización política».

¿Y la búsqueda del maestro, del padre, del taita? Confiesa que la aproximación de una persona a otra es lo más bello que se encuentra en la vida. Por eso al llegar al bar Palermo, al mismo tiempo que vuelve a San Marcos a estudiar psicología, encuentra lo que él llama su familia de oro. Considera que allí se detuvieron en algún instante todos aquellos que forman el mundo cultural peruano, desde Arguedas hasta Vargas Llosa. Finalmente, mientras nos entrega algunos poemas inéditos, una última confesión de poeta:

«Siempre he tenido el sentimiento de falta de origen de la vida. Me he sentido como un fantasma, como un hombre que no estaba en el lugar donde estaba; ni a veces en su propio cuerpo. Nadie advirtió que mientras hablaba en todos los foros y mesas, en las universidades, cuando terminaba con un ¡Viva la vida, carajo!, nadie sabía que era el hombre más tímido de la tierra».

 

10. Gálvez Ronceros:

En una conversa de formación

(Revista Sí, N° 451, del 6 al 12 Nov./95)

 

Hace un para de lunes lo vimos ahí sentado, monologando como para Jutito, ese personaje inolvidable que se metió al corazón de muchos peruanos al leer, justamente Monólogo desde las tinieblas, aquel libro de Antonio Gálvez Ronceros, que allí por 1975 nos enterneciera entre lágrimas de risa y hasta mirando a sus personajes como en las películas, gracias a los dibujos que nos endilgó zamarramente y que ahora nos enteramos, mismo vídeo pasado en la oscuridad mismísima, que los hacía hasta con bolígrafo. Pero ésa no es la historia, la que nos contó a doble figura –en pantalla y en persona– en la estación de barranco, invitado por Mario Pozzi-Escot para su serie de presentaciones de narradores llamada Papel de viento. Así es que izape gato!, ¡cho gallina! que no queremos chocar con la «putilla».

«Yo soy de la calle San Carlos, no soy de ningún barrio de Chincha, porque como la ciudad es pequeña, para nosotros la calle es el barrio. Mi calle queda apenas a dos cuadras de la Plaza de armas. Fuimos doce hermanos: la mayor murió siendo niña, y como yo soy el último, no la conocí. Pero sí conocí su trenza que se conservaba en casa. Al igual que mis hermanos, no conocimos más de ella», cuneta despacio, mascando las palabras Antonio.

«Vivimos en Chincha Alta, pero en un momento dado la familia se trasladó a El Carmen, que abarca San José y El Guayabo. En El Carmen nací yo. Allí, en ese distrito de gente negra nací. No pude hacer una vida larga allí, pues cuando cumplí dos meses volvimos a Chincha».

Pero ahí no termina la historia. Fueron a El Carmen porque el doctor Sabino Santiago Gálvez, su padre, trabajaba como médico de la hacienda San José, y su mamá despachaba en una botica que tenía en la Plaza de Armas del pueblo, donde aprendió a preparar las recetas de farmacopea. Contaba su madre que una negra que compraba alcohol para tomar con té un día le pidió en secreto que le vendiera estricnina para matar unos perros que se tragaban sus choclos. Ocurrió luego que unos gallinazos que sobrevolaban el cielo carmelitano cayeron sorpresivamente a plomo muertos sobre la plaza. «La gente estaba segura de que se trataba de un maleficio, pero sólo habían comido los perros muertos envenenados». Ni mi madre ni la chacarera dijeron nunca nada. Hasta hora se cuenta la historia de ese maleficio. Comenta sonriente.

«Chincha tenía siempre el campo presente, allí donde crecí, un pueblo pequeño. Si bien no traté con gente del sitio donde nací, tenía amigos como el negrito Candela, pobrecito, su madre era borracha. Se ganaba la vida en esas cantinas que funcionan en la primera habitación de la casa donde van los borrachos consuetudinarios para consumir esas cuatro o cinco botellas de pisco que quema como candela –suelta la historia Antonio–. Era un pequeño negocio para llenar la olla. En eso una noche  el barrio se alborotó porque alguien se quejaba seguido ¡ay, ay, aaay! Salimos corriendo con mi madre a auxiliar a esa persona que era la madre de Candela arrecostada en el suelo. Entonces ella entonó: «Ay, el pobre pollo/ enamorado/ de la pollita/ de su vecino», una canción en boga por aquellos tiempos.

Recuerda su primera escuela, la 535, donde estudiara preparatoria, y regresando un día del recreo en el campo, porque la escuela no tenía patio de recreo y debía llevar a los alumnos los días jueves a la Pampa de Noé para que corretearan, sintió un frío terrible cuando llegaba a su casa y comprobaron que volaba en fiebre. Lo examinaron y sin saber cómo, Antonio se había zafado la cadera. Lo trajeron a Lima y su hermano Lucho –que era guardia y compositor de música criolla– lo llevó al Hospital del Niño cargado bajo el brazo, como un paquete, y así estuvo de aquí para allá, peleando para que pudieran internar a su hermanito que se quedó dos meses hospitalizado. Los domingos llegaban un par de sus hermanas y un par de sus hermanos a visitarlo y le llevaban historietas. A él le fastidiaba no saberlo que decían los personajes. Entonces ocurrió una vuelta de cuerda y empezó a leer, porque la maestra le había enseñado a leer con nombres de letras y su hermano lo hizo con sonidos, más por ser músico que por ser maestro.

«Regresé leyendo. Al año siguiente pasé a una escuela que tenía primaria completa, la 563, a media cuadra de mi casa. Allí terminé el sexto de primaria. Pero mi madre tenía la decisión de que terminara mi media, pues la mayoría de mis hermanos acabando primaria empezaron a trabajar, salvo una hermana que sí acabó y se fue a Lima a estudiar enfermería en la Clínica Americana, y de allí se fue a trabajar a una clínica de Chicago en Estados Unidos y se casó. Allá vive», termina de contar.

La secundaria la estudia en el Colegio Nacional José Pardo, donde estudiaba todo el mundo: la gente del pueblo que podía hacerlo y los hijos de la gente rica que no podía mandar a sus hijos a Lima y todo el mundo variopinto, según propias palabras. En primaria participa como actor en los sketch, generalmente graciosos, empieza a dibujar y a pintar con sus lápices de agua «Mongol». Como su madre era maestra, en su casa había un ambiente que incitaba al estudio.

«Recuerdo, estando en primero de primaria, la primera vez que tuve que ir a la biblioteca pública de la Plaza de Armas de Chincha. Era un edificio antiguo en cuya primera habitación había una gran mesa –rememora– y a su cabecera estaba sentada una señora. Le dije a la señora: «he venido a ver un libro». Me preguntó: «¿Tú sabes leer?» Para comprobarlo me alcanzó La Voz de Chincha y me dijo: «Qué dice aquí... y aquí...» se convenció, y sin que yo le pidiera nada me trajo la colección El tesoro de la juventud. Ya estando en tercero de media prácticamente tomamos la biblioteca por asalto. Atendía una señorita amiga de la familia de un condiscípulo. Todas las noches nos íbamos a buscar libros con las llaves que ella nos prestaba. Picaba un libro por aquí, otro por allá. Eran lecturas sin mayor orientación porque nuestros profesores de lenguaje y literatura tenían un conocimiento limitado de la literatura. Nos íbamos a la biblioteca en vez de reunirnos en la esquina con la patota del barrio. Inclusive fuimos precursores del préstamo de libros a domicilio, porque todos los fines de semana nos los prestábamos informalmente. Fue una época de abundante lectura para mí», va recordando junto con los hombres de sus compañeros de lectura.

Viene después La Cantuta, a donde ingresa en 1955, y se da con el agradable impacto de una redondamente distinta manera de impartir la enseñanza del castellano por parte del plantel de profesores. Se trataba de tres actividades: primero, lectura e interpretación de textos; luego, expresión oral, y finalmente redacción; todo hecho en clase, encarando así la mejora de medios expresivos e interpretativos del estudiante. Entre esos profesores surge el crítico Abelardo Oquendo, quien le facilita libros interesantes. Oquendo trabaja en El Dominical de El Comercio y después de leer el cuento «De perros», de Gálvez Ronceros, se lo publica allí, pues semanalmente aparecía un relato. Cuento que ha quedado huérfano de libro: no aparece ni en Los ermitaños (Lima, 1962), ni en Monólogo desde las tinieblas (Lima, 1975), ni en Historias para reunir a los hombres (Lima, 1988) como tampoco en las segundas ediciones de los dos primeros libros. No ha sido considerado dentro de Casa apartada ni en Cuentos de tono triste, los dos libros de cuentos que ya tiene listos para editar junto a dos novelas cortas: Persecución y Perro con poeta, parte de las cuales vamos leyendo en medio de gran hilaridad.

Entonces recuerda un inolvidable acto de solidaridad de sus profesores, cuando de estudiante para profesor primario de La Cantuta decide pasarse a estudiar lengua y literatura, perdiendo así  su beca completa: debía pagar media pensión, 250 soles mensuales, inalcanzable para su economía. Luis Alberto Ratto, Guillermo Deli, Oswaldo Reynoso, Álvaro Villavicencio, Manuel Moreno Jimeno, Manuel Reyna y hasta el director del teatro, Emilio Galli, como muestra de cariño, asumen la cuenta: «El pago no lo harás tú –le dijeron–, nosotros vamos a pagar y tú nos pagarás cuando termines tu carrera». No le quedó sino agradecer a uno por uno y decirle a Ratto que tenía que consultar con su madre. «Él escribió una carta a mi madre, carta que aún conservo. Ella me consultó y le dije la cosa con más detalles, pues sabía tangencialmente de mis inquietudes literarias. Entonces ella escribió una carta de respuesta a los profesores», comenta. Carta que también conserva.

Egresa. Va a enseñar a su ex colegio en Chincha y son dos años de pura jarana y brindis. Decide venirse a Lima y aislarse. Sólo va al Palermo, donde se reencuentra con Oswaldo Reynoso. Conoce a los del grupo Narración. No participa en el primer número de 1966. Sí en el segundo editado en julio de 1971, una revista que postulaba –según Antonio Gálvez– un ligazón indestructible entre el quehacer del escritor y el tiempo en que se inserta la sociedad a la que pertenece el escritor. «Creo que la mayoría del grupo Narración, que ha seguido escribiendo, ha cuajado y se cuaja cosas dentro de ese postulado. Aunque de diversas formas –se pone serio, no todo es risa en esta vida–, en el fondo la mayoría del grupo está del lado de los que sufren las arremetidas del poder. Es decir, están del lado de los humildes, de los que sufren las iniquidades de una sociedad donde el poder no está en manos del pueblo. Los tonos pueden ser distintos, pero la actitud es la misma». Y para mejor prueba de ello me pone ante los ojos, y de paso ante la mente y el corazón. «Yo vi al ministro», un cuento inédito de Antonio Gálvez Ronceros, narrado por un niño que vio... Cuando lo lean, ya lo sabrán.

 

11. José Antonio Bravo:

La invención de un novelista

(Revista Sí, N° 453,

del 20 al 26 Nov./95)

 

«Pepe bravo es tarmeño, eso es lo que tú no sabes», comentaba un sabihondo de esos de tertulia literaria limeña que aún quedan por ahí. Por eso es que ahora, conversando con el novelista, le pregunto si es verdad que nació en Tarma en 1937.

«Fue casi una invención de mis padres, pues aunque yo nací efectivamente allá el 23 de noviembre del ‘37, el 15 de diciembre ya nos estábamos viniendo para Lima y nos quedamos para siempre. Lo que pasa es que como mi papá era profesor de matemáticas, consiguió trabajo allá, donde también nació mi hermana».

Primero los Bravo Amézaga, seis hermanos de los cuales el mayor ha muerto, estuvieron tres años en el Callao, tres en el Rímac y tres en Miraflores, en una quinta de la calle General Suárez, para pasar luego a Chorrillos, a un departamento en el único edificio de departamentos que existía en el distrito.

«Ese es el sitio, allí viví 20 años. Ahí sale Barrio de broncas. La novela es el cambio de barrio: un barrio con playa, con chorrillos de agua pura, donde tú te enjuagabas al salir de ella; con La Herradura, donde corrías olas a pecho, sin necesidad de palitos; con el Morro Solar y sus misterios, donde aún podías encontrar vestigios de la guerra con los chilenos, y como yapa, si trepabas como las arañas, te dabas en otra playa escondida: La Chira, y más allá los pantanos de Villa, con sus lagunas azules donde nadaban libres los patos y podíamos pescar los pejesapos con las manos», se despacha el contador de historias.

Estudió su primaria en la escuela fiscal 488 de Miraflores, con los malandros de Surquillo, en un local que fuera del Colegio Alemán, por lo que contaba  con canchas deportivas, auditorio con magnífico escenario, parques de recreo con peceras; casi no era un colegio fiscal. Lo que pasa es que a los alemanes los sacaron de allí a causa de la Segunda Guerra. Bravo puede dibujar con las magníficas crayolas dejadas por los alemanes, y tiene como profesora a la pintora del grupo indigenista Teresa Carvallo, quien sigue siendo su maestra en pintura  estando ya en media, en el José María Eguren de Barranco, donde se negaba a ir con sus patas a la gran unidad escolar de Surquillo. Teresa Carvallo lo presentaría, el 15 de julio de 1963, en su primera exposición individual de pintura realizada en los salones de la Asociación Cultural Peruana-Británica del jirón Camaná, con las siguientes palabras:

«¿Pepe Bravo? -Un niño rubio con ojos asombrados mirando el infinito. /Pepe junto a mí en el patio florido del  colegio revolviendo colores, buscando a través de la forma su expresión estética./ Se promueve un concurso de pinturas infantiles a pedido de Francia. ¿El tema? ¿Cómo imagina usted París? Y Pepe lo imagina con tan rica fantasía que su obra es seleccionada entre dos mil. Tiene siete años./ ...Se abre otra exposición, también de niños. Sabogal se prenda de una Santa Rosa, la quiere para él. Este es un primitivo -dice el maestro-, qué rico de color, cuánta ternura. ¿Quién es el artista? El nombre del pintor es Pepe Bravo. Ha cumplido diez años. / Y sigue así devoto, alucinado en su vocación de artista./ Y sigue así ahora tan de prisa que no logro alcanzarlo. Pero él regresa a mí desde muy lejos, se acerca destrozado y conmovido a mostrar sus hallazgos: sus versos, sus pinturas, sus teorías, su ramo de experiencia...»

Pero en su casa no creían en nada. ¿Cómo va a ser pintor? ¡Te vas a morir tísico!, le espetaba su madre. Los pintores son una sarta de bohemios, le decían. En cuanto a los versos, al menos con la literatura podría ser profesor, como el papá.

El papá que cuando le fue a preguntar, estando en primero de media, qué podía escribir para el concurso literario, y como había peleado tanto para no ir al Eguren, porque su profesor de quinto y sexto de primaria de la 488, don César Calderón de la Barca (es en serio -me dice-, así se llamaba), un hombre severo y sabio, los había preparado para la gran unidad escolar, le dijo su papá que debería escribir sobre eso. Si no, no nos estuviera mostrando el diploma ganado en concurso junto con la edición Sopena de El Quijote, dedicada por el director cuando cursaba el primero de media. Pero esos años lo de literatura fue sólo un toque, un cuento titulado «Alberto», escrito a los trece años, el cual le gustó a don César Miró -amigo de su padre-, especialmente esa frase que decía: «El mudo coloquio entre Alberto y el río».

Los cuatro años restantes de secundaria son de fútbol, de básquet, de pinturas místicas: Cristos, santos, Santa Rosa de Lima citada por Teresa Carvallo, la que en el ´57, en la restrospectiva de Sabogal, tuvo que hacer que retiraran -ella como curadora de la muestra- porque Bravo había firmado A Sabogal y pensaba que era del maestro.

Y es a los trece años que su papá le regala por su santo El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y Pepe, que no era precisamente un gran lector, cree que se trata de un libro para niños, y cuando su padre le pregunta: y qué tal, ¿te gustó?, él le dice: «¡Interesante!». El viejo, como que tiene ganada la medalla de Gran Maestro que guarda José Antonio, le dijo: después hablamos. A la semana se había leído el libro completito, dándose cuenta de que era muy interesante. Dos años después le regala La casa de cartón, de Martín Adán, en edición de 1928. «Lo leí y fue realmente extraordinario. Así me gustaría escribir algún día», se dijo para sí. Luego vino el obsequio de Pelo de zanahoria, de Jules Renard, descubriendo que para escribir no se necesitaba ser Balzac ni Alejandro Dumas ni Víctor Hugo.

Mientras tanto, en el colegio surge un gran maestro de literatura que le hace parar las orejas, dejando un rato el lápiz que travesureaba haciendo apuntes de sus compañeros de clase y dibujándoles las láminas de anatomía, de zoología, de botánica en serie. Se trataba de José Velásquez, el extraordinario director del grupo teatral Histrión, quien les dicta clases contándoles imaginarios escenarios: se sienta sobre el escritorio, pone los pies sobre una carpeta y empieza, por ejemplo, un lectura interpretativa del Don Juan de Zorrilla, o algo de Lope o de Calderón, en fin.

Termina la media, y adiós al artista. La Selva espera para hacer plata con el negocio de madera y se va a Pucallpa. Ha habido sequía y los cauces de los ríos no traen torrentada alguna; tampoco troncos de árboles. Para no morirse de hambre se manda con todo a la Escuela Normal Rural y se gana sus reales pintando... letreros para las tiendas. Todavía hay uno en el km 4 de la carretera a Yarinacocha que reza: «Aquí es la crespa», en una tienda de abarrotes. Son seis meses durmiendo sin mosquitero, con las ratas que merodean su cama, con murciélagos aleteando sobre el pobre Pepe cubierto hasta la cabeza por una frazada. Por supuesto que no regresa rico, sino con apenas 40 kilos de peso para tan tremendo muchachón que hasta jugó por la segunda de básquet en Pucallpa. En la normal dejó 18 leyendas recogidas de la zona, escritas con letra de scripte ilustradas en cartulinas, como la del «tunchi», que podía ser el diablo transformado en una bella mujer; o la del «chicharra», incestuosa, porque si te picaba ese enorme insecto, para salvarte de su veneno tenías que fornicar de inmediato con la mujer que estuviera a tu lado, así fuera tu hermana, así fuera tu madre, contaba la leyenda salida de la boca de los indígenas. Fue una experiencia fuerte la de la selva, la que ha preferido olvidar.

Después vino el esplendor, el paraíso: La Cantuta, viviendo con el pintor Jesús Ruíz Durand y Alfonso Ramos Geldres, hasta hace poco rector de esa casa de estudios. Con profesores como Luis Jaime Cisneros, Luis Alberto Ratto, Oswaldo Reynoso, Guillermo Deli, Luis Hernán Ramírez, Washington Delgado, Manuel Moreno Jimeno... ¡Así cómo no lo iba a ganar la literatura! Publica entonces los poemarios –porque empezó como poeta– Tristía (1960), La torre agónica (1963) y en México Fragua la sangre (1966) junto con cuatro poetas mexicanos y entre cinco peruanos: él, Luis Enrique Tord, Corcueras, Heraud y Julio Ortega. Fue una poesía dark, oscura y patética: «me daba miedo, pues me llevaba al anarquismo, al nihilismo».

Actúa en teatro, en Té y simpatía, dirigido por Emilio Galli en La Cabaña, al lado de Hernando Cortés y Dalmacia Samohod. Publica Teatro: Karpat y El orate, puestas en escena en el auditorio de Radio Mundial, la primera, y la segunda en México por tres meses en el Teatro Antonio Caso, bajo la dirección de Ricardo Díaz Muñoz. En México había estado becado, como después en Francia, en La Sorbona, en España y en Estados Unidos.

Por esos años se inventa como novelista para impresionar a las chicas con las que bailaba boleritos aparradito, bien aparradito. Para impresionarlas les dice: «Yo soy novelista». Mentira, no había escrito un línea. Pero les cuenta que tiene cinco novelas. Relata dos. Se enreda con las otras tres. Los personajes se le repiten. Hasta que una, la que sería su primera esposa, se va a Piura y lo conmina a cumplir en dos meses con su mentira literaria: así escribió Las noches hundidas. La publica en 1968. Viene luego Barrios de broncas (1971), presentada a Milla Batres porque no encontraba editor para Un Hotel para el otoño (1977). Barrio... obliga a una segunda edición de Milla en el “72, y a una tercera y cuarta en Buenos Aires en Ediciones de La Flor. Con ella gana el Premio Nacional de Novela 1973. Luego en silencio hasta Cuando la gloria agoniza, novela histórica transcurrida en Saña en el siglo XVI, con colofón del presidente de la Real Academia Española de la Lengua, Manuel Alvar, con ediciones de 1988 y 1991.

La invención del novelista fue válida. Aunque sabe que aquí en nuestro país ser escrito... no es como en México, por ejemplo.

Mas ahí está. Otra vez insiste. Ahora con dos novelas: La efímera quimera, esquiva, pasa, un novelón de 500 páginas que trata los temas de la medicina folclórica, la astronomía y la inquisición en el siglo XVI. Dos novelas más completarán esta zaga histórica.

Y ya casi al salir, Aventuras y desventuras de un mirón de azotea, acaece en un barrio inventado entre Barranco, Chorrillos y Cerro Azul, en 1946, donde se ve el deterioro de las familias venidas a menos. Está la patota del barrio, otra vez, y nueve personajes femeninos. Vengan, hombre, pasen, vamos a verlas un poco cómo son.

 

12. Poderes y secretos del

novelista Miguel Gutiérrez

(Revista Sí, N° 452,

‘del 13 al 19 Nov./95)

 

Allá por 1967, cuando todo buen cultor del arte y la literatura del mundillo cultural limeño se sentía en la obligación de hacer su servicio intelectual obligatorio en la reabierta Universidad San Cristóbal de Huamanga, conocí a Miguel Gutiérrez Correa, pues ambos convergimos allí por razones de dicho  servicio conjuntamente con Juan Morillo, Marco Martos, Carlos Gallardo, el mimo Jorge Acuña, el cineasta Luis Figueroa, la pintora Luz Neguib, entre los que recuerdo.

No hubo entre nosotros lo que se llama «una amistad a primera vista», aunque jamás llegamos a desafiarnos a jugar una partida de ajedrez, como sucede entre Osambela y Pachequito en la novela próxima a salir, la sexta de Miguel Gutiérrez, titulada Poderes secretos, la que el editor Jaime Campodónico se apresta a lanzar en lo que resta de este mes de noviembre.

De esta novela trataremos al final. Porque ahorita conversamos sobre el día que escapado del colegio se metió sin pensarlo en la Biblioteca Municipal de Piura, que funcionaba por ese entonces en la calle Lima, para pedir sin dubitaciones el único ejemplar de Crimen y castigo y soplárselo en tres días de lectura y no de un solo tirón, como hubiera querido, porque ya al anochecer cerraba la biblioteca y no abría hasta el día siguiente.

En el recuerdo vivía otra biblioteca, la de su padre, desaparecida antes de que el pequeño Miguel pudiera tener acceso a ella, vendida para atender la enfermedad de un hermano mayor que de todas maneras murió. Era una mítica biblioteca sobre la cual una tía joven muy querida, hermana de su madre, no paraba de contar con pelos y señales cada novela que había leído. Hasta que la tía se casó y se fue a Lima y Miguel corriendo tras la góndola de la línea Mora que se llevaba a la tía querida. Dos años después, un tumor al cerebro acabó con la tía. De la biblioteca paterna quedó sólo un libro: Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, escrito por el ecuatoriano Juan Montalvo y que según Miguel Gutiérrez, al leerlo años después, en homenaje a su tía, resultó ser «el libro más aburrido que se ha escrito sobre la tierra»

Su primer barrio piurano fue uno de extrema pobreza, «en el que todavía abundaba el analfabetismo». Lo cual no fue óbice para que don Meche, «un peón de albañil poseedor de la ciencia de las letras, por las noches, sentado a la puerta de su cabaña, y a la luz de un candil, leyera y comentara diligentemente el periódico a hombres adultos y ancianos, que no tuvieron la posibilidad de asistir a ninguna escuela». El abuelo de Gutiérrez estaba entre ellos, termina de contarnos.

También estaba el zapatero don Moscol, lector de Proudhon, Bakunin y Malatesta, además de ser un irresistible conversador. Y el doctor Jonjolí, un panadero que después de unos meses de estricto encierro salía a caminar por las calles y Plaza de Armas de Piura, «vestido de grueso casimir inglés, con elegante sombrero y bastón con empuñadura de oro, y durante algunas semanas contaba a niños y jóvenes que lo rodeaban acerca de su último viaje alrededor del mundo y de los países y ciudades más lejanos y exóticos que había visitado... como Tánger, Estambul o el Reino de Nepal». La verdad: el doctor Jonjolí realizaba sus viajes a través de la alucinante consulta y estudios de globos terráqueos, mapas, cartas de navegación, enciclopedias y libros de viajes.

«Con la muerte de mi tía perdí, por segunda y definitiva vez, la biblioteca que yo nunca llegué a conocer. Y también perdí a mi guía providencial por el mundo de la maravilla», nos retrotraemos. «Entonces me vi forzado a convertirme en un fabulador introvertido y secreto, creador de universos imaginarios y alternativos donde eran posibles la felicidad y la aventura». Especialmente para un muchacho desencantado del mundo y de la vida.

Cuando cumple diez años, la familia se muda a un barrio de clase media, vecino a los caserones de los ricos. Peor aún. Son tres o cuatro años solo, sin amigos coetáneos. El cine y la imaginación lo salvan. Desde la cazuela del Municipal de Piura observa Rashomón, Ivan el terrible y Alemania, hora cero, las que años después, se enteraría, son obras maestras de la cinematografía.

Apenas hecha su primera incursión a la biblioteca, su padre le obsequia Los perros hambrientos, de Ciro Alegría, novela que lee mientras finge escuchar clase, durante los recreos o escondido en los retretes a la hora de la misa.  El espíritu solar, robusto y saludable, que según propias palabras, poseía esta novela, le revela la dimensión social que debía tener la narración. En cambio, la lectura de Dostoievski profundizó su vida interior y lo hizo emerger con una mirada distinta para «atisbar la ciudad, para luego, como el subterráneo animalito de Kafka, volver a mi segura madriguera», ironiza.

Pero Ciro Alegría lo ayuda no sólo a salir de la madriguera: «Leyendo Los perros hambrientos, La serpiente de oro y El mundo es ancho y ajeno (fue en ese orden que leí las novelas de Ciro Alegría) comprendí dos cosas: primero, que Piura no era el Perú, y segundo, que el Perú aunque torturado, complejo y sublevante, era una patria grande, de variada y distinta belleza».

«Yo no habría descubierto mi vocación de novelista si no hubiera leído a Dostoievski y Alegría», confiesa el escritor de El viejo saurio se retira (1969), Hombres de caminos (1988), La violencia del tiempo (1991; 2° edición, 1992), la destrucción del reino (1992), y Babel, el paraíso (1993).

Justamente, aclara que los narradores de los ’50 no fueron precisamente sus maestros, sino una suerte de hermanos mayores de los cuales recibió numerosas enseñanzas, “en especial de Washington Delgado, a quien (junto con José María Arguedas y el crítico Armando Zubizarreta), sin conocerlo aún, le mostré mis primeros cuentos». De su casa alía cargado de libros y fue Washington quien le presentó a Oswaldo Reynoso. «Quien a su vez me introdujo al Palermo, donde conocí a tanta gente loca y maravillosa», se enternece este hombre duro en apariencia pero de una sensibilidad profunda.

Ya antes de conocerlos, leía a los del ’50, era su lectura cotidiana, esperaba El Dominical de El Comercio con ansiedad para leer cuantos de Ribeyro, Zavaleta, Vargas Vicuña y otros que por esa época eran publicados. «Al que más admiraba era a Ribeyro y el que más me incitaba emotivamente era Congrains –el gran Congrains–, al que nunca he llegado a conocer de manera personal. Recuerdo que cuando leí Lima, hora cero, tuve la sensación de sentirme ante un nuevo Alegría, un Alegría que haría la gran novela épica urbana. De los magníficos relatos que Zavaleta publicó en esos años, recuerdo en especial Los Ingar, un texto que se interrumpe cuando ya estaba dotado para convertirse en una gran novela. Pero fueron, sobre todo, los relatos de Vargas Vicuña, narrador lírico por excelencia, los que me enseñaron a comprender la importancia de la forma en el texto, en especial en el nivel del lenguaje, porque Vargas Vicuña trabajaba sus relatos no  a partir de argumentos, personajes o situaciones, sino a partir de la modulación del discurrir de las frases; son relatos donde poco sucede o no sucede nada, sostenidos por la belleza del fraseo, como, por ejemplo, Tata mayo».

Se sentirán un tanto sorprendidos por ciertas omisiones. Yo también lo estuve. Por eso devolvemos la palabra a Gutiérrez Correa.

«En el tiempo que me aventuré con mi primera novela, había ya asimilado las enseñanzas de los narradores del ’50. Pero si quiero ser veraz por completo, debo añadir lo siguiente: fueron Oswaldo Reynoso y Vargas Llosa a quienes más les debe El viejo saurio se retira. Recuerdo cuando compré Los inocentes –surge el narrador– en un quiosco de La Colmena y apenas leía la primera frase sentí la urgencia de leer todo el libro. Mi pensión estaba lejos y como carecía de dinero para entrar en un bar y pedir un café, opté por subirme al tranvía de la ruta a Chorrillos. Era la hora en que las oficinistas volvían a sus casas, pero como era el paradero inicial pude hallar asiento en el acoplado, y es todo lo que recuerdo, pues enseguida me sumergí en la lectura. Cuando levanté la vista del libro, el tranvía había llegado al parque de Barranco. Me bajé y caminé al borde del mar y me sentía triste y eufórico  a la vez y me puse a evocar largamente a mis amigos de todavía mi reciente adolescencia». Dos años después le pasará algo parecido con La ciudad y los perros, al sentarse en un sillón a las diez de la noche, en el cuarto de pensión de un amigo, y terminar de leer la novela, con el alma en vilo, ya de mañana. Lo habían deslumbrado ambas obras narrativas.

En todo caso, Gutiérrez prefiere hablar de filiación antes que de modelos dentro de la novelística. «Todo modelo implica imitación y la imitación, salvo como parodia nunca es arte»; sentencia drástica. Aunque reconoce al final que «una novela más que de una experiencia procede de otra novela. O de otras novelas. En mi caso fueron estos cuatro libros: Retrato del artista adolescente, Luz de agosto, Los inocentes y La ciudad y los perros: Joyce, Faulkner, Reynoso y Vargas Llosa. Pero El viejo saurio... tiene su propia personalidad artística», explica.

Omitimos hablar sobre sus demás libros, ampliamente comentados durante los últimos años, entrevistado acerca de ellos en múltiples ocasiones. Nos elevamos por encima de ellos y nos vamos hasta Poderes secretos, a punto de entrar en circulación, dividido en dos partes, la primera titulada ¿1958? y la segunda 400 años después. Novela nacida de una ponencia solicitada por los organizadores del hace poco realizado simposio «La novela en la historia y la historia en la novela»; esto a comienzos de abril de este año. Realmente un texto teórico sobre novela e historia. Pero él decide asumir su rol de novelista y hablar de la perspectiva histórica desde la perspectiva de la novela. Piensa entonces en el Inca Garcilaso de la Vega por tratarse de un tema difícil, con una bibliografía enorme, personaje a quien lo más importante que le acontece en su vida es su engendramiento, porque su posterior vida en España va a ser prosaica, gris, oscura.

«Pensé en dos cosas: primero recordé que había un elemento misterioso, poco estudiado, en la obra de Garcilaso: la obra de Blas Valera. A comienzos de siglo polemizaron sobre este aspecto Riva Agüero y Gonzales de la Rosa, un historiador peruano que acusaba a Garcilaso de plagiario e intenta en la polémica demostrar ello. De todas maneras, si bien Garcilaso no es un plagiario, las crónicas de Blas Valera son fuente importante para Los Comentarios reales. Consideré esto un hecho codiciable para un novelista. La segunda cosa fue la lectura de las notas del historiador Carlos Araníbar, en su  versión moderna, a Los comentarios reales; en esas notas hallé una tesis implícita, según la cual Garcilaso había asumido el punto de vista de los jesuitas en relación al dominio y gobierno de las poblaciones nativas por los españoles. Era, pues, una mirada diferente a todas las hechas sobre la obra de Garcilaso, basadas en un solo paradigma. Riva Agüero, Porras, Vargas ugarte, Aurelio Miró Quesada y hasta José Durand, cuya calidad de trabajo no está en duda, han registrado las relaciones que tuvo Garcilaso con los jesuitas, sin sacar ninguna conclusión. Pues no se trata de la relación de Garcilaso con éste u otro jesuita, sino con la orden», va explicando.

Entonces Gutiérrez se manda entre tres y cuatro meses de lectura para hacer la ponencia y la divide en dos partes. La primera trata de la exposición sobre los elementos que podían entrar en una hipotética novela sobre Garcilaso. En la segunda parte empieza a preparar el argumento y en su escritura va surgiendo la novela. En un mes desarrolló el texto: el argumento resultó ser la novela misma. Con una sociedad secreta, una cofradía de garcilasistas que se enfrenta al autor de hallazgo de la Historia índica u occidental de Blas Valera con copia completa. Dice Miguel Gutiérrez: «Ahí donde el historiador olvida, el novelista recuerda».

Ahora sí, vámonos con Osambela y Pachequito, perseguidos por la cofradía secreta garcilasina, tablero de ajedrez bajo el brazo.

 

13. El cuento de la vida limeña

de Gregorio Martínez

(Altavoz, suplemento dominical,

N° 2. Diario La Voz, 21/9/86)

 

Este es un relato recogido calientito en una conversación de tarde cervecera, con Chacho Martínez de por medio, donde el autor de Canto de sirena nos cuenta la manera cómo se vino para esta Lima que lo tuvo al principio como ermitaño para después meterlo en la literatura a través del bar Palermo, rincón que mucho quita pero también da. Es la vida limeña de un conyunguino en Lima.

 

Nasca tuvo el boom del algodón, del oro, del hierro, del cobre. Pantaca de Cata-Acarí era un hombre que tenía sólo un taller de baterías. Cruces, un muchacho que estudió conmigo también tenía otro taller. En cambio, yo fui cholillo de camión y me vine a Lima varias veces, desde los catorce años. A los diecisiete entré a estudiar en La Cantuta y a los veinte a San Marcos. Y empiezo a escribir allá por 1965, 1966.

Yo llegué a Lima por primera vez para estudiar y fui acogido con mucho cariño por un familiar al que llamo el «Embajador de Haití», que ha sido chofer, mayordomo y jardinero –un negro muy elegante– del hermano mayor que crió a los hermanos. Salazar Bondy. Este familiar que había sido muy golpeado por la miseria, estaba en ese momento muy establecido; la gente suponía que tenía dinero, que se había sacado la lotería. Tenía una casa propia grande, cómoda. Recuerdo que me recibió con mucho cariño cuando bajé del «Roggero» y me llevó a su casa. Parece que cuando fue expulsado de la casa paterna, mi madre lo acogió. Por eso me planteó que mientras estuviera aquí, no gastaría nada. No aceptó que le diera ni medio a su mujer. Dinero que junté, porque yo era un negociante de feria y decidí no seguir como comerciante sino estudiar. Y sabía que no iba a hacer dinero estudiando sino que esto me iba a dar cierta influencia en el pueblo y ser un poco su vocero.

Yo había tenido experiencia en el negocio. Me gané una barbaridad vendiendo naranjas, cerveza, aguardientes y para los creídos cerveza Maltina, los que tenían pañuelo en el bolsillo de atrás.

Hice alianza con una señora que vendía comida y ambos nos beneficiábamos. Entonces tuve mi primera eyaculación con una china que dormía en una carpa mientras la señora vendía caldo de gallina. Yo tenía trato sexual pero no eyaculaba, pero se imponía el sentido del machismo, y teniendo 11 años, como mi socio era adulto, le hacía creer que era maduro sexual. Yo era muy desarrollado, flaco, pero muy alto.

Esa primera eyaculación me asustó, jugábamos con la chica y sentía que me dio como calambre por el simple contacto del penes y me di cuenta de que chocando nomás había un hormigueo por el vientre y creí que me iba a quedar allí para siempre.

Mi experiencia de comerciante en las ferias me permitió llegar a Lima con una gran cantidad de dinero y como el «Embajador de Haiti» no me dejaba gastar y me dijo que a la hora que llegara debería comer y yo me venía a las 8 ó 9 de la noche, y como no tenía ni amigos, no conocía Lima y no podía ira a los burdeles a pesar de que era bebedor, el dinero se me apolillaba.

Un día el «Embajador» me dijo: «Vamos a pasear por donde las chicas» y me llevó a los burdeles de la avenida México y quería pagar el polvo y con él nadie quería acostarse, ni siquiera lo aceptaban una vez adentro; salía al ratito matándose de risa.

Allí encontré a Lotario, un luchador, un cachascanista, mi primo, que había triunfado en Chile y era hijo de una hermana de Candico, Candelario, y que verbalmente es superior a Candelario.

Ya no había soledad de amigos, porque el «Embajador» tenía como norma que todo fin de semana se iba a una fiesta. Igual me ha pasado cuando he ido al extranjero, porque cuando uno tiene quien lo reciba, no pasa así.

Mi soledad vino cuando la familia tenía como aspiración tener casa propia. Auto, ir al hipódromo, a las reuniones. Esa mi familia que había triunfado en Lima. Eso me hizo introvertido y solitario, pero gané muchos amigos que compartían mis inquietudes en la literatura. No tenía enamorada, porque la mujer te lleva a establecerte y eso no permitiría escribir. Viví muy solo, sin amor. Eso es lo que he sentido en Lima, eso de no tener enamorada; yo quería tener mi calentado, pero el tipo de mujeres con los que me vinculaba no eran mujeres intelectuales, eran mujeres sin aspiración. Les parecía extraño que uno quisiera escribir y tener militancia. Querían título y matrimonio.

Las otras eran de clase media alta. Las que yo conocía estudiaban enfermería, obstetricia, educación física, educación...

Cuando yo le dije a una amiga que estudiaba literatura, no le cabía en la cabeza, decía que qué iba a hacer cuando terminara. A mí me parecía petulante decir que iba a ser profesor universitario, pero decirle que iba a ser escritor.

Yo mismo me sustraía de enamorarme. No ocurrió ningún flechazo porque había idealizándola literatura y lo de la enamorada me iba a hacer perder el tiempo.

Cuando he establecido una relación afectiva es para todo el día, incluso a nivel erótico. Hasta que el hambre y la sed me llevaban a interrumpir esa relación esa relación.

 

Palermo

Llego tardíamente al bar Palermo, cuando casi no paraban allí Eleodoro Vargas Vicuña, ni Pablo Macera, ni Sebastián Salazar Bondy que ya había muerto. Llego con Juan Ojeda, Chacho Martínez, Ráe, Andrés Cloud. Era más o menos el año ’66. Aún Reynoso tenía su mesa. Era un lugar donde todavía iban los escritores a conversar de literatura y te permitían aprender; se cotejaban trabajos, se leía en los rincones escondidos del viejo bar, donde se leía al amigo. No puedo decir que perdí el tiempo en Palermo y las grandes borracheras (yo no creo que sean una experiencia mala) y eso me ha salvado del arribismo, aun siendo izquierdistas no hubieran pescado a todos.

La bebida me dio un gran desprendimiento. Yo tenía un salario y los demás no poseían nada. Como esos tres días que nos pasamos  con Martín Adán. La bebida me ha dado desprendimiento, no soy una persona metódica, con ambiciones domésticas, con altos cargos para los que haría carrera. Por el tiempo que tengo en la universidad debería ocupar un alto cargo; pero no soy arribista ni lo voy a ser.

Entonces la bebida y la bohemia en Palermo son de purificación, una renuncia a ciertas ambiciones. Tanto que mis amigos, los que se retiraron de Palermo porque era una cosa negativa, no siguieron escribiendo. Terminaron como profesores ordenados, con una vida burguesa, han hecho dinero, toda una vida enclavada en el sistema.

Claro que la bebida, sin duda, es destructiva, te puede llevar realmente a situaciones irrecuperables, irremediables. A mí me produce una angustia y una depresión que me conducen al borde de la locura, de la abulia, hay días de días que quiero estar durmiendo. Entonces dejo de beber... una semana.

En estas travesías de extrabares aprendí la concepción de una literatura renovada en Palermo. Tenía vocación literaria, pero sin sentido tradicional de la escritura. Perdí la ingenuidad, me volví más sapo.

Yo conocía casi totalmente la literatura peruana, no la latinoamericana, ni siquiera a Rulfo. Peor a Borges. En Palermo escuché hablar de Rulfo, un descubrimiento para mí, el más notable descubrimiento porque Borges no me impresionó tanto, pese a su calidad extraordinaria.

Hay algo que me aleja de Borges a pesar de que cautiva el hallazgo del adjetivo, de la comparación.

Después empecé a conocer la literatura norteamericana, la novela. Lo demás, la moda francesa, la rusa, cayeron por su propio peso.

Si no me hubiera acercado allí, hubiera demorado años en sacudirme de la ingenuidad. Aunque también ha significado pérdida de tiempo, porque el beber te absorbe mucho tiempo y te deja mal. Pero yo necesito perder un poco de tiempo, si no hubiera sido un tipo apresurado. A los pocos meses que empecé a escribir, yo tenía un libro y cada semana tenía un cuento nuevo que leía a Ráez, a Ojeda, y ellos sólo un cuento o un poema.

Apenas empecé a escribir ya tenía el diseño de la carátula, el dinero ahorrado para publicar. El bar, la cantina me embrollaron y me hice más lento y así uno puede hacerse mejor la autocrítica y me la hice. Si no, hubiera escrito y publicado como loco, libro tras libro.

No depende –como dice Gabriel García Márquez– de la comodidad y de estar bien alimentado al escribir bien. Sino que se requiere cierta madurez.

Últimamente he estado bien inspirado, con los problemas de subsistencia resueltos, con máquina eléctrica, buen papel, ventilación, refrigeradora colmada de alimentos, de fruta, de trago. Me sentaba a escribir y terminaba escuchando música, viendo TV. Porque la TV europea o la norteamericana son malas y la primera es un plagio de la segunda. Excepto ciertos programas especiales que los hace la gente de cine, sobre África, Latinoamérica y su mismo país.

Hablo de mi salida al extranjero a presentar en París el Canto de sirena en francés. La traducción me permitió vincularme con gente que pensaba que mi libro tenía algo valioso, lo que me llevó a trabajar en una universidad francesa y a estudiar y a hacer investigación. Fui a una cosa definida. Pero esa es harina de otro costal.

 

14. Thorndike el novelista y El hermanón

(Diario Gestión, 23/7/94)

 

Entre el periodismo –hablamos del buen periodismo– y la literatura siempre existió una hermandad que muchos han tratado de negar. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, confiesa que una y otra actividad se complementan. Los Siete ensayos de Mariátegui, están conformados en gran parte por artículos aparecidos en revistas de la época. Gabriel García Márquez es un periodista de profesión

Pero fueron los escritores norteamericanos, quienes plasmaron en especial la novela periodística. Trumán Capote Con A sangre fría es el ejemplo más fehaciente de dicha corriente. Entre nosotros la novela reportaje tiene su más alto exponente en Guillermo Thorndike y en Felipe Montoro al más persistente y prolífico.

Amigos de Thorndike informan que éste se inició en la literatura con un libro de cuentos que no llegó a circular, ni entre los amigos. Pero es a mediados de la década de los sesenta cuando lanza su primera obra del género: El año de la barbarie, luego le seguirían Las rayas del tigre, novela de ficción de buena factura y pocos réditos en el currículum del escritor; No mi general; Avisa a los compañeros, pronto, producida al alimón con el narrador y poeta cusqueño Ángel Avendaño (1879), publicada en varios tomos; El caso Banchero, con edición de Seix Barral si no me equivoco; La revolución invencible; Los topos, y finalmente El hermanón.

El crítico Mirko Lauer se refiere a Thorndike como «el novelista que cubrió el asesinato del magnate Banchero, la derrota peruana ante Chile, el fusilamiento de cinco mil apristas en Trujillo y la caía del general Velasco». Los topos enfoca la fuga de los emerretistas del penal de Canto Grande y Avisa a los compañeros trata de aquel famoso asalto por un grupo de trosquistas al Banco de Crédito de Miraflores, en plena avenida Larco. Esta obra y la de Banchero han sido llevadas al cine por realizadores peruanos.

Ingresando a su reciente obra, diremos que nos hemos encontrado con un Thorndike de gran madurez y dominio estilítico, lo cual permite discurrir en una lectura de corrido, sin tropiezos, agradable, amena. Según Ángel Avendaño posee «gran precisión y vuelo en la escritura». En cambio en El pez en el agua, Vargas Llosa le dedica fuertes epítetos, al igual que a muchos de los periodistas compañeros de sus empresas noticiosas.

Realmente la historia de la familia del «Hermanón» –el alcalde Ricardo Belmont– está brillantemente llevada en la primera parte de la novela. El encuentro con Esperanza Zañartu es simplemente genial, especialmente en la descripción de ambiente, en la ubicación de esos tenebrosos personajes secundarios, en la precariedad de recursos de aquel poder escondido que obligará a desistir de una floreciente empresa periodística a los miembros del clan, no tanto obligados por las presiones de la dictadura, sino más bien por los clientes y proveedores de sus principales negocios.

Abstrayéndonos de cualquier actitud empática frente al personaje en el cual se basa la narración, personaje por demás popular por representar una conducta limeña con un lenguaje extraído de los escenarios deportivos, por ser prototipo del ciudadano de dinero, criollo, emprendedor, de mediana cultura y muchas ganas de agradar; abstrayéndonos de todo ello, podemos arriesgar a apostar de que la obra supervivirá al personaje, conviviendo al principio con él, quizá acompañándolo en sus triunfos o fracasos. Pero la literatura tiene otro destino, su hado es siempre mayor que el de los simples mortales. Pese a lo encumbrado donde estos puedan llegar.

Otra anotación necesaria, es la referente a la vida de escritores jamás inmaculados. Como el monárquico y endeudado Balzac, el dipsónamo Edgar Alan Poe o nuestro recluido –en el más profundo sentido de la palabra –Martín Adán. De allí el caro deseo de seguir disfrutando de la buena pluma de Thorndike en futuras creaciones dentro del mismo género, donde indudablemente se maneja más a sus anchas que en las obras de ficción. No por gusto se trata del gran teatro del mundo.

 

 

15. Los extramuros de

Carlos Thorne

(Diario Gestión, 23/9/93)

 

Dueño de una tersa lozana, transparente prosa, Carlos Thorne es uno de los narradores peruanos cuya obra espera un mayor y merecido reconocimiento. Desde su primer libro de cuentos titulado Los días fáciles (Ed. Perulee, Lima, 1959) mostró su calidad narrativa, aunque los antólogos diversos de la especialidad prácticamente lo soslayaron, salvo Elías Taxa Cuadros en su Antología del cuento: la costa en la narración peruana (Ed. Continental, Lima, 1967). Quince años pasaron para que Thorne se animara a publicar su segundo libro, Mañana, Mao (Bs. Aires, 1974), recibido por la crítica elogiosamente. Al principio de la década del ’80 salta a la novela con ¡Viva la república! (Ed. Milla Batres, Lima, 1981), inscrita dentro de la saga de la temática de dictadores, iniciada por el español Ramón del Valle Inclán con Tirano Banderas. Seis años después nos regala con una deliciosa novela, Papá Lucas (Ed. La Flor, Bs. Aires, 1987).

A principios de este primaveral setiembre, Carlos Thorne presentó sus Páginas de extramuros (Ed. Irene, Lima, 1993) contando para ello con las palabras versadas de César Miró, José Antonio Bravo y Jorge Cornejo Polar. Se trata de un conjunto de ensayos sobre literatura, escritos la mayoría de ellos en la década del ’80, salvo uno que data de 1958, publicado en el desaparecido diario La Prensa bajo el título de «Notas sobre el cuento en el Perú», en el cual analiza la razón de ser de tan difundido género en nuestro país a partir del presente siglo «con la introducción tardía del modernismo», pues, señala el autor «Somos cuentistas antes que novelistas... Nuestra afición por el ocio, por la obra de ingenio, espontánea y fácil, nos predispone a no escribir una novela, que no puede ser fruto de la improvisación, sino a narrar situaciones en que se manifiesta lo que Synge llama ‘el profundo y común interés de la vida».

De 1979 procede Carácter y realidad de la literatura latinoamericana, texto de su discurso pronunciado en el Congreso internacional de Escritores realizado en Las Palmas, España, donde manifiesta sin tapujos la diferencia existente ente la narrativa de nuestro continente con la ibérica y las europeas en general: «las llamadas literaturas nacionales como la peruana, la mexicana, la argentina, la colombiana, etc., sólo son eslabones de una sola cadena, partes que se sueldan a un todo, que asume rasgos bien definidos...», señala al respecto. Cierra el discurso hablando sobre el ciclo de la novela de dictadura, tema que parece apasionarle y que desarrollaría durante una conferencia dada en la Universidad de Columbia en los Estados Unidos, en 1982, denominada «Límites de la novela de dictadura». Allí coloca –con las reticencias del caso– a Amalia de José Mármol como la novela iniciadora del género, pero aclarando a tiempo que «Tendrán que pasar más de cincuenta años y alborear un nuevo siglo para que aparezca la primera novela cabal... Será la novela Tirano Banderas de Valle Inclán». Luego de comentar las obras fundamentales de tiranos: El Señor Presidente de Asturias (premio Nobel), El recurso del método de Carpentier. El otoño del patriarca de García Márquez (Premio Nobel), Yo el supremo de Roa Bastos y Oficio de difuntos de Uslar Pietri, habla sobre su ¡Viva la república! afirmando que «al pintar la tortura la presentó como una constante en el comportamiento de la dictadura, como un hecho generalizado y actualísimo enderezado a la destrucción del pensamiento y de la vida de todos aquellos que la rechazan  e intentan manumitir al pueblo de la tiranía, cuya crueldad no sólo niega la democracia política sino también la democracia social».

Dividido en cinco partes, Páginas de extramuros relieva la importancia de la literatura en la vida de nuestros pueblos, sobre su función liberadora, acerca de las diversas vertientes que surten las fuentes de su inspiración, de su carácter regional continental, además de contener ensayos sobre Vallejo, Ortega y Gasset, Carpentier, Joyce, Martha Lynch, entre otros. Pero sobre todo la obra es un testimonio de parte de destacado escritor de la Generación del ’50, quien escribe: «más que por un deseo interior por el vano e irrenunciable deseo de asir la verdad, de penetrar en ella, oliendo su aroma, de descubrir su realidad...», en Una razón para vivir (pág. 13, Ob.Cit.). Repetiremos con José Antonio Bravo aquel concepto que virtió al presentar el libro: se puede disentir y hasta replicar sobre lo escrito por Carlos Thorne en sus ensayos, pero no se debe dejar de leerlos.

 

16. Del narrador

Roberto Reyes:

La gallada del barrio

(Diario Gestión, 20/5/93)

 

Hasta la década del ’60, Lima todavía se dividía en barrios, cada cual con su antagonista de toda la vida. Así, La Victoria era rival de Barrios Altos, Miraflores de Barranco, el Rímac pugnaba con el Cercado de Lima. Las personas mayores de cuarenta años podrán recordar como últimas batallas de patotas de barrio, las generadas por la influencia del rock and roll y las películas de James Dean, en especial, y algunas, mal entendidas, de Marlo Brando. Los muchachos, ante la poca identificación con sus paradigmas locales y reales, tomaban a los personajes ficticios de las pantallas cinematográficas para asumir poses que se fueron convirtiendo en una ridícula manera de vivir. Otra cosa fueron las colleras de barrios populares, pues ese mimetismo ocurriría con miraflorinos, barranquinos, gente de Lince y de Jesús María, clasemedieros de diversa capacidad económica.

Traigo esto a colación a raíz de la lectura de En corral ajeno (PEISA, Lima, 1992), cuentos de Roberto Reyes Tarazona, narrador constante en el tratamiento del tema aludido, pues ya con anterioridad había publicado Los verdes años del billar (Amaru Ed., Lima, 1986), novela de buena factura que ha sido traducida al rumano, e Infierno a plazos (Lámpara de Papel Ed., Lima, 1978), libro de cuentos que en 1973 obtuviera el primer premio del Concurso José María Arguedas convocado por la Asociación Nisei.

Reyes no conduce nostálgicamente a nuestro barrio con su En corral ajeno, título que inmediatamente remite al dicho popular de que ningún gallo canta en corral que no es suyo. El libro está dividido en dos partes: la I compuesta por siete cuentos relatados a través de la voz del Pelado, al que después le dirían Cojo, y donde el Loco es personaje protagónico en casi todos. Los hechos que se narran no son sórdidos; sí interesantes.

No hay exuberancia en la narración de los hechos ni en la descripción de ambientes; más bien sobriedad, seguridad de quien por haber vivido esa cotidianidad, no se asombra, y te cuenta las cosas sin muchos aspavientos. También se nota la visión del sociólogo, que al fin y al cabo es la profesión de Roberto.

El billar, el club del barrio, las cantinas, las primeras frustrantes experiencias sexuales se hacen presentes. Allí el buen trompeador, el hábil jugador o el vivo, el sapo, se imponen. Y el que es o se hace el loco, el que se ralla, aunque no gana y hasta funge de hazmerreír, puede ser el bacán. La vagancia antes que la chamba, la cazurrería primero que la inteligencia, la destreza prioritaria ante el conocimiento y unas ganas locas de fregar a medio mundo son los principios básicos que regían en ese ambiente totalmente competitivo. Pero en el cual afloraba la hermandad en cuanto algún gallo de otro corral se inmiscuía en sus asuntos, o alguno que lo fue del corral propio retornaba, después de haberse ido, con costumbres ajenas, pendencieras, no concebidas dentro de las leyes que regían en ese mundillo.

Asimismo, cuando emigra algún muchacho, como sucede en la parte II, la cuestión es a la inversa. Peor si lo hace, como costeño, a la Sierra, o ni siquiera eso, sino al ámbito barrial de los provincianos llegados a la ciudad, de los invasores que poseen otra disciplina, mayor decisión para hacer las cosas; hasta en un partido de fútbol.

La violencia que asuela al país no es ajena a los relatos de Reyes, pero como la mayoría de nosotros, a su protagonista sólo le queda actuar como expectador, hasta que inesperadamente se ve envuelto en el mare mágnum de esa guerra sorda que muchos conocemos sólo por los periódicos. En síntesis, En corral ajeno es una obra de necesaria lectura para quienes desean ingresar en el conocimiento de la historia contemporánea limeña. Como antes se lograra con las narraciones de Higa, Reynoso, Ribeyro, Loayza. Pero esta vez mirándonos tal vez en el gastado espejo de nuestro viejo barrio, excelentemente recreado por Roberto Reyes.

 

17. Novela de

Augusto Higa:

El final del Porvenir,

Un barrio sin destino

(Diario Gestión, 24/12/92)

 

Cuando en julio de 1971 abrimos las páginas de Narración 2, la revista dirigida por el novelista Miguel Gutiérrez reunía a un grupo de narradores casi desconocidos por ese entonces, supimos, al llegar a la última página, que desde allí se estaba insuflando un nuevo aire a las letras peruanas.

Entre esos jóvenes escritores nos dimos con Augusto Higa, quien publicara allí un delicioso cuento: «El edificio». Seis años después, en 1977, aparecería su primer libro de relatos con un sugerente titulado que evocaba la letra de una canción tropical de moda por aquel entonces: Que te coma el tigre.

Justo diez años después, en 1987, Higa nos entregó La casa de Alba Celeste, un manojo de siete cuentos armados en capítulos, como las nouvelles, donde se nota a las claras el arduo trabajo que forja el oficio del buen escribir. Siempre, a partir de «el edificio», los personajes son los de la patota de barrio, la gallada que se les dice. Trasunta de la narrativa de Higa el aire de la tragedia cotidiana que afecta a la pequeña vecindad, de donde nacen los nimios pero encarnizados odios, los grandes secretos y malogrados amores, las frustraciones de los exiguos sueños.

Ahora, luego de cinco años, Augusto Higa deja el cuento para abordar la novela. Es «El edificio» que ha crecido para convertirse en El final del Porvenir, título de doble connotación: el barrio que en tiempo del primer gobierno de Manuel Prado se inaugurara en el distrito popular de La Victoria, y en las locas ilusiones de los habitantes de uno de los tantos edificios que surgieron como una gran esperanza para muchas familias y que terminaron tugurizándose a causa de su cercanía con La Parada y las mafías y las secuelas delincuenciales que se forman alrededor de todo el mercado mayorista de alimentos.

Editada por Carlos Milla Batres y con una sugerente fotografía de Carlos Domínguez ilustrando la portada, El final del Porvenir subyuga desde sus primeras líneas. Es una novela que te empuja a una lectura de corrido, a acabar el libro de un tirón. Los personajes, algunos sórdidos, otros enigmáticos, muchos alienados por el conflicto en que se les ha convertido la vida desesperanzada, no dejan de mostrar una ternura descomunal, una solidaridad gigantesca.

Ellos saben que tienen que luchar contra un mundo de poder intocable para sus mediocres manos, inalcanzable para su precariedad económica, imposible para sus débiles armas. El poder que pretende arrojarlos del único rincón que los vincula: el edificio de el Porvenir, no tiene rostro, no se identifica. Como en El proceso de Kafka, el gerente del banco que financió la edificación del grupo habitacional, es apenas una caricatura de los más fieros guardianes de la «justicia» que los esperan en sus trámites. Pero ellos, los del edificio, no cejan en su lucha, hasta que se dan cuenta que las armas del enemigo son aún más terribles de lo imaginable: el edificio se ve invadido por una horda de zarrapastrosos que convierten la pobreza de los vecinos en un lujo y sus urgentes necesidades en nimiedades. Se apoderan de las azoteas y obligan a transar alianzas con los antiguos rivales de las calles contiguas, atrevidos invasores, antes, de sus territorios de amor.

La fiereza de los desarrapados es titánica. Distrae el vecindario de sus quehaceres, los despista acerca de cuál ha sido el ímpetu que los trajo de los cerros aledaños a La Parada a meterse a su edificio. Evidentemente que tras este enfrentamiento entre pobres y miserables está la mano sucia del poder que no se identifica, del directorio amorío, innombrable.

Antes Higa nos ha ido presentando sus personajes, excéntricos dentro de su medianeidad. Excéntricos a pesar suyo; jamás adrede. El cargador, el estudiante, el palomilla que se achora, la prostituta plantada, el padre contadictorio, la madre apagada, la beata, el peluquero y toda esa gama de gente que habita los barrios limeños, se hace presente. Higa nos interioriza en sus vidas, les abre la cerrada cortina de sus secretos. Así nos da a conocer que no sólo a los connotados o a los cogotudos les suceden cosas interesantes de contar. La vida de estos personajes se muestra con ricos matices en su mundo de cada día.

En síntesis, siguiendo los pasos de Antonio Gálvez Ronceros, Gregorio Martínez, Miguel Gutiérrez, Nilo Espinoza, Roberto Reyes Tarazona, Oswaldo Reynoso, Higa ha ingresado con éxito al grupo de escritores de novela que se forjaran alrededor de la revista Narración. El final del Porvenir es más que un auspicioso inicio novelístico. Es una magnífica novela.

 

18. Carlos Orellana:

El poder y la palabra

(Revista Sí, N° 463,

del 5 al 11 Feb./96)

 

Desde aquella vez que contara que No todos los días se cazan elefantes (Jaime Campodónico-Editor, Lima, 1994), sus amigos pudieron persuadirse de que el poeta Carlos Orellana Quintanilla pasaba a convertirse en narrador. Con este libro demostró un preciso manejo de la trama, agudeza en la utilización de los diálogos, conducción adecuada del hilo de la intriga y desenlaces en los cuales convierte al lector en obligatorio cómplice, tal como lo afirmamos en el artículo «Orellana a la caza de elefantes», comentando dicho libro de cuentos (diario Gestión, 4/2/95, pág. 23).

Cuando a fines del año pasado recibimos La canción del mal amado (Amadís, Lima, 1995), la primera novela de Orellana, nos picó la curiosidad y la picazón se calmó leyendo de un tirón el libro; porque así se deja. Se trata de una narración donde los avatares de los ‘80 se ven retratados a través de la vida de un profesor universitario y de su amigo escritor, ambos arrastrados por la vorágine de las pasiones y sentimientos que terminan por acallar conciencias y trastocar valores. Otro es el lugar para comentar la obra, pero la calidad de la misma nos empuja a conversar con el autor, el escritor y periodista que diariamente traspone las puertas de Palacio de Gobierno desde hace más de cinco años atrás para disfrutar y padecer los gustos del poder.

Hemos preferido conversar con él dónde está el poder de la palabra, y para ello nos trasladamos hasta las oficinas de su antigua empresa de transportes, lugar en el cual se cobija su nutrida biblioteca, entre recuperados vetustos muebles y artefactos, como una docena de viejas máquinas fotográficas de esas de flejes. Intentaremos trazar un retrato del hombre de prensa de Palacio –pero fuera de Palacio–, incluido el político que nunca dejó de ser.

Entonces nos mandamos para el hospital-maternidad de Bellavista en el Callao, lugar donde su madre lo hace chalaco de pura casualidad, pues la familia Orellana-Quintanilla habitaba en el barrio de La Victoria ese año de 1950, cuando el pueblo peruano elegía «democráticamente» entre un solo candidato: el general Manuel A. Odría. Pero La Victoria no es su barrio. Se mudan a Chacra Colorada (escribe ahora sus Relatos de chacra Colorada), lugar de nombre sonoro, suena bien, comenta. La casa quedaba en la calle Carhuaz, paralela a la iglesia de Desamparados.

Empiezan a aflorar los recuerdos del lar de donde si bien se mudó a los 10 años de edad, siempre estuvo allí, porque estudiaba en el colegio del barrio, el Alejandro Deustua de los empleados bancarios. Nos metemos al popular cine Fantasía, una matiné dominical, y alertamos al joven de la película de vaqueros, o sudamos con los filmes de la Segunda Guerra Mundial o nos jaraneamos con Tarzán: «El hombre mono aparecía medio tolaca, casi con las bolas al aire. Pegaba su característico gritito que dejaba arrechas a todas las hembras, pero que a nuestro modesto entender parecía más bien un lamento porque se lo estaban manducando...», cuenta en uno de sus Relatos de Chacra Colorada.

O bien, ya no tan inocentemente, se zampaban al Monumental sobornando a los vigilantes para ganarse con las mamberas del conjunto de las Bim-Bam-Bum. Chacra Ríos en sus chifas para festejar los santos, los pequeños saloncitos de té regentados por nisei para tomar un lonche familiar, o el saborear unos delicioso helados donde Parissi o Repetto, en la Plaza Bolognesi. Es el cine Capitol y el colegio Guadalupe, del cual la muchachada se sabía el himno completito. De ese barrio clasemediero se nutre su lenguaje y hasta de pábulo para desarrollar cuentos.

Cuentos. Su tío Alfonso Quintanilla deseaba ser escritor. Y le cuenta acerca del relato que hace Enrique Schliemann sobre Troya, cuyas ruinas descubriera este arqueólogo alemán. Los siete años de Carlos graban la historia imperecederamente. Como la presencia de unos vecinos blancones, de cabeza redonda y ojos verdes, ojo de gato, y a los cuales el tío les daba carácter de gatos humanos y la abuela, apenas los veía, sotto voce les decía ¡miau!, y sobre quienes imaginaba el pequeño Carlos otras actitudes casera distintas al resto de la vecindad.

No todo es fantasía. Cerca de la casa de la abuela vivía una mujer guapa, fachosa, a la que su madre y sus tías apodaban «La Peluda». Fue la causante de muchos sinsabores caseros, pues se suponía era la amante del abuelo. Los primeros ejercicios literarios buscan reconstruir esos personajes vedados para el infante y cuya vida parecía tan llena de conflictos personales.

A los quince años se encuentra –cómo no– con Charles Dickens y a los dieciséis se enamora perdidamente de Mirtha, alumna del Alejandro Deustua con la que viajaba en el mismo ómnibus y le escribe poemas, y para ello lee a los mexicanos Salvador Díaz Mirón y Manuel Gutiérrez Nájera, a nuestro romántico Carlos Augusto Salaverry y a cuanto poeta sensiblero –ésa es su palabra– cae en sus manos. Con Mario rodríguez Hurtado recuerda (quien llegaría a ser presidente de la Federación de Estudiantes de San Marcos), editan en el colegio la revista bastión, donde publica sus primeros poemas bajo el seudónimo de Danteazul (por Alighieri y Darío) que le ganan fama entre los estudiantes, quienes comentan «Son para ella, son para Mirtha». Era el año ’67 y Carlos gozaba, porque anhelaba que ella lo supiera.

 

Por la Católica y San Marcos

Terminaba la media, ingresaba a la Católica a estudiar ciencias sociales y a San Marcos, al año siguiente, para seguir letras. Ya el sueño de hacerse escritor se le había inoculado. Más aún cuando Armando Rojas, en ese entonces un joven de 25 años, les dicta unas clases decisivas para Orellana: los acerca a Apollinaire, a Ungaretti, Joyce, Eliot y todos los grandes poetas de la modernidad. Comprende que la poesía es algo más que una reacción ante un asunto amatorio, que el amor era tan sólo uno de sus temas. Terminado el ciclo básico, pasa a la ciudad universitaria sanmarquina y se encuentra con los grandes profesores de literatura: Bendezú, Delgado, Sologuren, Belli, Rivera Martínez y otros más jóvenes. «Era un programa de lujo el de literatura”, afirma mientras recuerda a sus compañeros de estudios Mito tumi, Cronwell Jara, Luis Alberto Castillo (tres piuranos), Santiago López Maguiña, Jaime Urco y después roger Santibáñez y otros más.

«Hacíamos una poesía que Marco Martos calificaba de intimista. Frente a la poesía de Hora zero que se nutría de la anglosajona, la nuestra se nutría de la poesía hermética italiana y de poetas como Neruda, Blacke, Borges, Guillén, Cernuda. Éramos casi ignorados, dad ala presencia tumultuosa horazeriana».

Paralelamente en La Católica se vincula con Montalbetti y con Edgar O’Hara, con quien edita la revista literaria Tallo de Habas, mientras que en San Marcos él solo publica Pez Soluble, esto entre el ’72 y el ’75, de la primera dos números y tres de la segunda. «Salíamos con mucho entusiasmo y luego... parada de borrico», rememora risueño.

Pero no todo es literatura en la vida de un escrito. En su familia, su padre era aprista y por parte de su madre antiapristas, por lo cual, durante su infancia y niñez, le pinta al Apra como causante de todos los males del Perú; eran unos demonios.

El padre lo envía en una oportunidad conduciendo un camión para una marcha aprista, y al llegar a la Colmena lo rodean los coyotes acciopopulistas, y ve cómo las huestes apristas, que parecían tropas por su uniforme, neutralizan a los atacantes y los hacen huir. Se queda impresionado. Por eso, al ingresar a la UC lo primero que hace es formar el ARE, donde estaba el bachiller Enciso, el famoso de la asonada del 5 de febrero del ”75 en Lima, y también alan García? Orellana marcha con su gorrito vivando a Víctor Raúl hasta que se encuentra con que en el partido le regalan el libro La cortina de bambú, editado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos. El libro se lo dedica el autor de El antiimperialismo y el Apra. Grave decepción que lo lleva a los brazos del trosquismo, porque los apristas lo habían vuelto antieslanista. Se acerca al grupo más purista, la Liga Comunista, por dos razones, nos dice: «porque me simpatizaba ese revolucionario con alma de artista, y porque allí militaba una estudiante de sociología de la que estaba enamorado, Ana María». En la Liga comparte con Mariela Balbi, Nicolás Lúcar, Antonio Zapata y con dos personajes a quienes considera los más brillantes de su generación: Efraín Trelles y Carlos Trigoso, perdido actualmente en la China. El ’75 se liquida de la Liga, a la que cataloga de «una aventura de jovencitos de La Católica con permiso de papá para meterse en problemas».

En el ’79 publica su primer poemario, La ciudad va a estallar (La ciudad va a estallar, Flora / en medio de este tráfico infernal: ángeles / incendiando los edificios, bromeando...// cierra los ojos, abrázame, no voltees / la cara por nada del mundo). El libro circula entre los amigos, pero así y todo sirve para que lo antologuen en la nueva poesía amorosa de América latina preparada por el argentino Jorge Bocanegra y el mexicano Saúl Ibaegoyen, en cuyo país se edita en 1983. Jorge Eslava y Eduardo Chirinos lo incluyen en su selección Loco amor publicada en 1991. Aparece también en la antología del cuento peruano From the threshold, editada en Austin, Texas, en 1987, por los antólogos Luis Fernando Vidal y Luis ramos García, profesor peruano radicado en Minnesota.

«Un poco me retiro de la literatura porque retorno al Apra, supuestamente cambiada, y aunque sin militancia trabajo en la Subcomisión de Cultura de Conaplan desde ’83 al ’85, año en que ingreso a trabajar en el INC y en el que me casé por segunda vez (tiene cuatro hijos: Jimena, Gonzalo, Carlos y Ramiro) hasta alcanzar la jefatura del mismo; habiendo publicado 40 libros, todo un récord, de narración, poesía, teatro, ciencias sociales, divulgación científica, luego de escoger entre las resmas de papel abandonado, las no dañadas, como quien escoge lechuga. Libros que, prefiriendo que se malograran, el INC no llevó nunca a sus stands de la Feria del Libro en los últimos años. Porque la librería que abrí, fue clausurada al mudarse a las cómodas oficinas del Museo de la Nación abandonando la histórica Casa de Osambela», se encorajina al hablar de los libros.

Terminamos leyendo un par de cuentos de la Última cita en Copenhague sin tratar sus novelas en preparación: Muerte en el paraíso, El olor de la lluvia y Romance del caballero sin caballo. Después de este «plano general» sobre Carlos Orellana, hacemos un «close up» y nos vamos.

 

19. El otoño de Marcos Yauri:

20 años después

(Diario Gestión, 28/1/95)

 

 

Autor de una voluminosa obra publicada: ocho novelas y cuatro poemarios en estos últimos 25 años, Marcos Yauri Montero es ampliamente conocido por haber sido el único peruano ganador del Premio Casa de las Américas en novela. Lo obtuvo en 1974 con El otoño, después de mil años, cuando dicho galardón poseía absoluto carácter consagratorio, lanzándose en la Habana ese mismo año una edición de 20 mil ejemplares, de los cuales lastimosamente muy pocos llegaron al Perú. Traducida al húngaro, la laureada novela tuvo un tiraje de 30 000 ejemplares en ese idioma. No en vano el jurado calificador del certamen estuvo conformado por el uruguayo Mario Benedetti, el argentino Haroldo Conti, el peruano Tomás Escajadillo, el cubano Ambrosio Fornet y el alemán Adalbert Dessau.

No sabemos cuál habrá sido el tiraje hecho por Tarea Asociación Gráfica Educativa en su primera edición peruana hecha recién el pasado año 1994 (veinte años después del premio), pero sí hemos tenido la suerte de leerla al fin, luego de una espera de dos décadas. Así hemos podido transcurrir esa suerte de vida entre dos mundos acontecido en la imaginaria Rupaní de Yauri Montero tal la Hypnia del poeta peruano Vicente Azar (José Alvarado Sánchez), o el Comala de Rulfo, Santa María de Onetti o Macondo de García Márquez. Obra de «un elán poético poco común, una profunda emoción de la tierra y de la naturaleza, rica diversidad de caracteres y vigoroso afán totalizador», al decir acertado de Edgardo Rivera Martínez en la presentación.

La lectura de En otoño... es lo más recomendable para ingresar a un espacio peruano sincrético, pues «consigue suscitar en nosotros la impresión de tener ante nuestros ojos el Perú de los años 60: Miraflores y los Andes, la juventud en bluejeans y Javier Heraud, el idilio familiar y la irrupción del capital japonés, los fracasos de los movimientos y el hambre de cultura, por recordar sólo algunos elementos», según escribió el húngaro Läszlo Scholz en el prefacio a la edición publicada en ese idioma en 1981.

El crítico magiar nos recuerda en este texto la polémica entre José María Arguedas y Julio Cortázar suscitada a través de las páginas de la revista Life en Español, donde el último tildara al primero de provinciano, respondiéndole Arguedas que Cortázar era sólo un europeizado. Scholz coloca a Yauri Montero entre ambos polos, pero acercándose más a Arguedas: «En cuanto a la forma –dice–, comulga con el cosmopolitismo cortaziano, pero en cuanto al contenido es pegado a la tierra, como su compatriota...»

Habiendo asistido a fines de octubre del año pasado al Coloquio sobre Literatura Peruana Contemporánea en calidad de observador (ver Gestión 5 y 12/11/94, págs. 21 y 23), atónito me tocó escuchar cómo los jóvenes escritores de moda capitalinos daban por clausurada la literatura andina (el indigenismo puro se cerró al parecer con Arguedas frente al universalismo metropolitano, dando inclusive artera muerte a las literaturas nacionales. Citaré a Ángel Rama, extrayendo de su artículo «Literatura y cultura en América Latina» (Revista de Crítica literaria Latinoamericana, Año IX, N° 18, p. 25) este párrafo es ilustrador: «Como parte de la neoculturación... habrá pérdidas, selecciones, descubrimientos e incorporaciones... una reestructuración general del sistema... función creadora más amplia que se cumple en un proceso transculturante. Utensilios, normas, objetos, creencias, costumbres, sólo existen en una articulación viva y dinámica, que es la que diseña la estructura funcional de una cultura».

Al lado de En otoño... de Yauri Montero, tengo Noche de relámpagos de Félix Huamán Cabrera, quien con esta novela alcanza un alto nivel narrativo; El gran señor de Enrique Rosas Paravicino, novela de gran factura; ¡Oh generación! de Zein Zorrilla, escritor huancavelicano al que recién descubro; Abrigo esta esperanza, del también huancavelicano Antonio Muñoz Monge, ambos estos últimos libros de hermosos cuentos, y Señores destos reynos de Luis Nieto Degregori, fehaciente prueba de la vigencia de una literatura nacional peruana, que según Antonio Cornejo Polar «no sólo es testimonio de lo que Basadre llamó ‘la vida peruana’, a la que sin duda reproduce en el nivel y con los atributos que le son propios; es la misma vida, que ahora sabemos múltiple, plural y heteróclita (irregular, extraña), hecha paradójicamente a fuerza de oposiciones y conflictos dramáticos, e incluso sangrientos». Si no allí Asuntapa, libro de testimonio recogido por Ricardo Valderrama y Carmen Escalante en conversación en  quechua con Asunta de Condori, quien atestigua la existencia actual del pongaje en el Cusco de hoy.

20. A propósito de

Abrigo esta esperanza:

La narrativa

de Antonio Muñoz

(Diario Gestión, 14/11/91)

 

Para un escritor en el Perú publicar dos libros en el lapso de un año es algo casi milagroso. Si apenas publicar es ya de por sí un acto mágico. De allí que al recibir el segundo volumen de cuentos de Antonio Muñoz Monge, El patio de la otra casa (Servicios Gráficos Leyton, Lima, 1992), luego de haber visto la edición de Abrigo esta esperanza (Ed. Colmillo Blanco, Lima, 1991), fue toda una sorpresa para sus amigos que lo queremos, que al fin y al cabo es para quienes uno termina escribiendo, como confiesa el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez.

Mas la sorpresa se agigantó cuando supimos que estaban filmando, con la edición del libro de cuentos de Muñoz Monge, un corto de 8 minutos para la serie Punto de Encuentro que la productora semiestatal alemana Transtel realiza para difundir por la televisión de los países del Asia, África y América Latina. Christine Rosenthal se encargó de la dirección del mismo, cuyo título es Un escritor en el Tercer Mundo, y la inspirada cámara del cineasta cusqueño Jorge Vignati recogió las imágenes del pequeño cuarto de la azotea de las Galerías Palma en Miraflores, donde Muñoz viviera durante largos años escribiendo secretamente sus narraciones como también del mercado N° 1 de Surquillo y sus alrededores, lugares frecuentados por el escritor, así como la artesanal imprenta, donde se imprimió el libro, casualmente ubicada en el Jr. Huancavelica de Lima (Muñoz es huancavelicano, de la provincia de Tayacaja, distrito de Pampas; nació en 1942).

He sido uno de los amigos privilegiados que ha visto a Antonio Muñoz escribir en desperdigados papeles sus cuentos, los cuales solían extraviarse escondidos entre los cajones de su cómoda, en donde los buscábamos y rebuscábamos en noches de alborozo, cuando queríamos perentoriamente regalarnos con su lectura. Al intercambiar lecturas, las recomendaciones y hasta pequeñas correcciones surgían entre ambos sana y amigablemente. Realmente ese cuartito de al azotea fue convirtiéndose en un taller literario a fuerza de este intercambio oral de relatos, muchos de ellos contados antes –sin llegar aún al texto– en la tertulia bohemia de esos bares surquillanos en los que aún recalamos de vez en cuando.

Hagamos un alto a la nostalgia amical, para penetrar en la nostalgia profunda recogida en El patio de la otra casa, añoranza de los caminos y pueblos recorridos al lado de su increíble y sorprendente padre (nuestro añorado Ismael Muñoz Arana), quien como juez y magistrado de diversas cortes provincianas del país, viajaba de un lugar a otro llevando a su pequeño hijo. Coracora, Abancay, Moyobamba, y su pueblo natal, Pampas, surgen de la pluma de Muñoz Monge para abrirnos la puerta de la ternura nostalgiante de la vida contradictoriamente feliz y frustrada de los habitantes de paso de aquellos pueblos donde aún se usan el buen decir y las buenas maneras en medio del abandono y la pauperización constantes.

Los once cuentos que componen el libro, en vez de ser la dura remembranza de un niño huérfano, se convierten en un itinerario donde en cada lugar el niño es recibido con tanta ternura, con tanto amor, que en vez de un vía crucis parece tratarse de un viaje feliz. Así lo irá comprobando el lector al recorrer cada línea de El patio de la otra casa, tropezándose con el hoy desaparecido hermano boxeador de juventud (Pelea de fondo), aquel paradigma personal que aparte de pugilista, «entraba a torear en las corridas de los pueblos, el que desaparecía en los viajes a Lima, el que llegaba elegantísimo a las casas de Lima... el que se quedaba tocando el timbre de la puerta de casa hasta el amanecer en medio de una serenata de tangos...» O  nos presenta a un relojero de relojes de torre que termina escribiendo una sentida canción gracias a la visita a estos pueblos serranos (Nostalgia andina). Como nos muestra la debelación de «un levantamiento que era más una bravuconada de borrachos» (El niño Lachoc), que sirve para que una familia se instale para siempre en un pequeño pueblo. En Cuestiones de hecho se conjuncionan el fino humor con las frustraciones de «uno de los miles de los miles de jueces olvidados del Perú», pero que en el fondo no pierde la esperanza, representada por el augurio de un pucho de cigarro que al lanzarlo al suelo cae parado y encendido. Y como los amigos no podían faltar en el libro, Antonio escribe el cuento final ubicando los hechos en el desaparecido e inmortal Yungay de Willy Tamayo, conmoviéndonos como las notas de un arpa viajera.

 

21. Cinco libros

para Cronwell

(Diario Página Libre, 23/8/90)

 

Es extraño para este país (y quizá para cualquier otro) que un autor, que un escritor, publique media decena de obras en un año. Así, de golpe y porrazo. Amenazando además con llegar a la media docena.

Se trata del cuarentón Cronwell Jara Jiménez, piurano de nacimiento y bonaerense a su vez, porque nació y creció –hasta la edad de cinco años de edad– en el barrio de Buenos Aires, al que recuerda con nitidez, como muchos pasajes de su infancia. Mientras contradictoriamente escuchamos yaravíes y valses arequipeños y abreviamos unos sureños caporales de chicha de jora, el norteñazo Cronwell hace gala de memorioso (sin ser Funes, el de Borges) y cita a su madrina, Obdulia Alburquerque, la que le enseñó sus primeras letras, y los apellidos de algunos vecinos del barrio piurano de Buenos Aires, como los Tafur, la «Pol Dios», don Arnulfo Requena, el tendero de la calle que tenía su pick-up y cobraba veinte centavos por ponerte un disco, y entonces, cuando estaba a punto de venirse a Lima, su madrina le da los veinte centavos para que le pusiera un disco que hiciera recordala siempre, y el tendero hizo girar nada menos que Flor sin retoño cantada por Pedro Infante.

Y fue justamente un año después, en la escuelita del callejón de Ciudad y Campo donde llegara a vivir a Lima, cuando vestido de charro y en dúo con su hermano menor (los Jara Jiménez son tres varones) salió a actuar pistola al cinto, entonando rancheras del mismísimo Pedro Infante y hasta de Jorge Negrete. Pero a su papá, que era enfermero en el Hospital Militar, un colega le pasó el dato que en la Pampa de Amancaes se estaba formando una barriada, que hoy es Ramón Castilla, y que queda en el distrito del Rímac....  Allí se afincaron, allí la palomilla trabajó duro con los padres de familia para levantar la escuela 4532 que 35 años después sigue invicta, sólo con los números distintos. Ese fue su barrio, el barrio que fundara su padre ahora jubilado. Esa fue su escuela hasta el tercero de primaria.

Después viene la Gran Unidad Ricardo Bentín, rimense por supuesto, donde se estrenaría su primera obra de teatro, una pequeña pieza titulada Vid ay muerte de Túpac Amaru. En la cual además de Cronwell actúa su compañero de carpeta José Granados. Obtiene su primer premio literario en 1967, en cuarto de secundaria, no precisamente en narración, sino en poesía.

En ese mismo año en el que se da la toma del colegio por alumnos en protesta porque –¿cuándo no?– el director del plantel se había apoderado de las cuotas que durante veinte largos años habían dado los padres de familia para construir una piscina. ¡Cosa de novela! Claro que hasta ahora la piscina del Bentín sigue esperando. «Que le vamos a hacer/i la vida es así», como canta un bolerazo.

Luego Jara se va para San marcos, a estudiar Literatura Hispánica con la idea de conocer a fondo a los autores clásicos para aprender a escribir bien y no para doctorarse, pues ya cargaba bajo el brazo tres cuadernos de cuentos, dos novelas y un cuaderno más de fábulas y poemas. Con paciencia espera hasta 1981 para ver aparecer su primer libro de cuentos, Huesoduro, y su primera novela corta, Montacerdos, ambos textos de estilo duro, desgarrado, hermanados con las narraciones del inglés Charles Dickens y con el cuento Los gallinazos sin plumas de Julio Ramón Ribeyro, o con Al pie del acantilado del mismo autor, como también con la narrativa de Enrique Congrains (No una, sino muchas muertes y Lima, Hora cero) En fin, es una apreciación particular.

Pero antes han venido dos premios en 1979, con Huesoduro gana el José María Arguedas convocado por la Asociación Nisei del Perú y con El rey momo Lorenzo, se venga obtiene el de Cuentos para Televisión convocado por Enrad Perú; en 1985 logra el premio de la Bienal de Cuento Copé con La fuga de Agamenón Castro.

En 1987 vuelve a publicar, esta vez un conjunto de veinte cuentos agrupados bajo el título de Huellas del puma y el año 1989 se manda con su primera novela larga, Patíbulo para un caballo cuyo origen está en Montacerdos.

Ahora sí pasamos a este 1990, año que para Cronwell no sólo es el de la hiperinflación, ya que hasta el momento la imprenta ha dado a luz tres: la reedición de Huellas del puma hecha por la Casa de las Américas de cuba con estimable tiraje; Babá Osaim, Cimarrón, ora por la santa muerta, aparecido en febrero pasado, y Don Rómulo Ramírez, cazador de cóndores, realizado por la Editorial CIPCA de su Piura natal, la misma que dirige el casi mago Houdini Guerrero. Y haciendo un paréntesis, diremos que esta última narrativa de Jara Jiménez es así, mágica, por el uso de la palabra y por su contenido, por el encanilamiento de sus temas negros y andinos, temas populares peruanos universalizados. Para poder cotejar la primera narrativa de Cronwell con al reciente, justamente dentro de dos meses habrán reediciones de montacerdos y otros cuentos y Huesoduro y otros cuentos, con lo que se completa la mano de libros.

Claro que si no hay quinto malo, mejor es la media docena, por eso nuestro autor, luego de haber estado viajando por la región Grau para recopilar material, se apresta a contradecir a Oswaldo Reynoso y hacer un milagro, para octubre, sacando a circulación El libro de oro de la región Grau, un texto para escolares y universitarios (y para todo el que quiera conocer su patria) que busca rescatar la identidad de piuranos y tumbesinos así como las profundas raíces que conforman esa idiosincrasia regional, confiesa Jara. El Libro contendrá cinco secciones: historia, geografía, Folclore, narrativa y poesía, con dos apéndices: periodismo y voces de autores célebres que han escrito sobre la región.

Antes de despedirnos, Cronwell nos muestra que está con viada y saca a relucir parte de los originales de Palenque, una novela que viene escribiendo sobre negros esclavos cimarrones de Lima, así como de Barahola Congo, otra novela que trata acerca de la vida de un líder campesino negro chinchano, y nos habla también de la fascinación de escribir un cuento, una especie de ABC de la narrativa escrita en base a una experiencia recogida de múltiples talleres de narrativa breve desarrollados en diversos sectores del país. ¡Prolífero el muchacho!

Y ahora, para quitarse un poco la tensión creada por unas antiguas derrotas que le ocasionaran a Cronwell en el juego se sapo, y que saperosamente quiso vengar dirigiendo esta entrevista, nos pasamos a las «cumananas» que ha venido recopilando para El libro de oro que no son otra cosa que composiciones espontáneas de los chicheros y los hombres del campo del norte peruano; generalmente negros. Las «cumananas» son breves y agudas –nos cuenta Jarita–, competitivas, de contrapunto, originadas muchas veces por rivalidades en lides de amor, que en grados extremos del duelo verbal pasan los contrincantes al de los puños y hasta al de navajas. He aquí una sabrosa «cumanana» entre dos zambos de Qerecotillo (aunque es posible que su origen sea de Morropón): Ventanilla y La Coteraz.

Ventanilla (retador).– Me dice que «La Cotera» es un hombre de mucho saber/una rama estando seca/ ¿cómo puede florecer?

La Cotera (retado).– Las cosas de Ventanilla/ todas ellas me causan risa/ mete la rama en el fuego/ y florecerá ceniza. Por lo ponto, de las ramas creativas de Cronwell Jara están brotando los buenos frutos de múltiples y valiosos libros.

 

22. El Premio Casa de

Dante Castro

(Diario Gestión, 27/1/94)

 

Los narradores peruanos han sabido trascender nuestras fronteras con sus escritos gracias a la alta calidad de los mismos, a partir del Inca Garcilaso de la Vega, siguiendo con Ricardo Palma y Ventura García Calderón, quienes representando a diferentes épocas de nuestra vida literaria, fueron leídos con fruición tanto en Europa como en nuestra América mestiza. Las obras de Ciro Alegría y de José María Arguedas poseen traducciones a múltiples idiomas y su circulación se hizo universal, para citar a contemporáneos. Entre los consagrados actuales, la presencia de Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce y Julio Ramón Ribeyro en las bibliotecas foráneas es indiscutible, así como más recientemente el Canto de sirena de Gregorio Martínez conoció una traducción y publicación den Francia y La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez está siendo traducida, para su posterior edición, al italiano y al inglés. Manuel Scorza también supo de traducciones de sus novelas al francés y al ruso.

Valga este preámbulo para hablar del Premio Casa de las Américas obtenido por el cuentista chalaco (Callao, 1959) Dante Castro Arrasco, segundo narrador peruano que se hace acreedor al ansiado galardón latinoamericano, después de marco yauri Montero. Dante Castro, además acaba de obtener el tercer premio del César Vallejo convocado por El Dominical de El Comercio, en 1987 conquistó el segundo puesto en el Copé y en 1988 logró una Mención Honrosa en el Concurso Inca Garcilaso de la Vega organizado por la Casa de España y la embajada respectiva en el Perú.

Castro Arrasco, como otros narradores de su generación, verbigracia Jara y Nieto Degregori, escribe signado por la etapa de violencia que le ha tocado vivir (tenía 21 años cuando la subversión inició sus acciones), quizá la más terrible que asolara al Perú a lo largo de su historia. Licenciado en derecho en la Universidad Católica y estudiante de literatura en San Marcos, a pesar de haber escrito su primer cuento cuando contaba con 17 años de edad, recién diez años después publica Otorongo y otros cuentos (Lima, 1987) con prólogo de Cronwell Jara y Parte de combate (Lima, 1991) prologado por Washington delgado con colofón de Winston Orillo. «Prosa tensa e intensa la de Dante Castro, aroma de compromisos y desafíos... Prosa que es crónica dilacerada de los tiempos oscuros...», dice el colofonista. Mientras Delgado manifiesta que «Particularmente se debe resaltar el ritmo de su prosa que sostiene equilibradamente los relatos, a menudo crueles... unos se refieren a la violencia que azota a los Andes peruanos, otros están vinculados al folclor oriental...»

Tierra de pishtacos se titula su más reciente libro, Premio 1992 Casa de las Américas. Compuesto por seis cuentos, sobre él el jurado respectivo sostuvo que «se destacó desde el primer momento, por su grado de elaboración artística, su destreza para ordenar el material narrativo, la excelencia de su lenguaje mesurado, sabiamente manejado entre la ingenuidad y la ironía, la maduración con que el autor supo hacer suyas las técnicas narrativas, para lograr así una atmósfera –¿real?, ¿fantástica?– en la que logra atrapar al lector».

Es evidente que existen dos vetas creativas en Dante. La primera, proveniente de su vital experiencia en la selva peruana, de donde ha sabido recoger todo un lenguaje de rica factura, la forma de contar del hombre de monte y la atmósfera que rodea a quienes viven en medio de la jungla, mezclado todo esto con el sentido mítico, tanto amazónico como el andino injertado en esa zona. Dentro de sus cuentos selváticos –‑nos hacen recordar sobre todo a Arturo Hernández y a Fernando Romero, así como a Horacio Quiroga– se hallan sus mejores logros. Estosin dejar de apreciar la calidad de sus cuentos de violencia subversiva, donde coincidiremos con Washington Delgado en el sentido que «acaso le falta todavía la distancia literaria que purifique el relato, que le preste profundidad sicológica». Añadiremos que sí son vibrantes, estremecedores, como la vida misma, aunque por momentos trasunte cierto maniqueísmo traducido en sobrantes epítetos. Lo cierto es que estamos ante un talentoso escritor, presente en algunas antologías, como en la Nueva crónica del cuento social peruano de Roberto Reyes Tarazona e inscrito ya dentro de la historia de la narrativa peruana. A no dudarlo.

 

23. Laureado narrador

Nieto Degregori

(Diario Gestión, 20/1/94)

 

No hay duda que la narrativa peruana, en lo que respecta al cuento, está recibiendo un significativo impulso, a través de diversos concursos convocados a nivel nacional: Tenemos El Cuento de las Mil Palabras de la revista Caretas, convocado anualmente, y las bienales de la Asociación Peruano-Japonesa, el Copé y el César Vallejo de El Dominical del diario El Comercio, estrenado recientemente. Han surgido así nuevos escritores de alta calidad, no sólo entre los ganadores, sino entre los mismos participantes.

En esta nota queremos destacar al ganador del Cope1993 y del César Vallejo del mismo año, premio recientemente otorgado. Se trata de Luis Nieto Degregori, hijo del excelso Luis Nieto Miranda, poeta cusqueño que no necesita presentación. María Nieves y Gabrielico ángel del demonio son los títulos de sendos cuentos con que ha alcanzado la consagración el joven narrador (Cusco, 1955). Antes, en 1899, obtuvo el tercer lugar en el concurso para cuentistas Inca Garcilaso de la Vega convocado por la Casa de España en el Perú.

Nieto Degregori estudió literatura y lingüística en la Universidad patricio Lumumba de Moscú de 1972 a 1978, pero fue su estadía como profesor de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga de 1980 a 1982, la que incidiría en su vocación literaria. Esas vivencias personales son volcadas en su sorprendente novela corta Harta cerveza y harta bala, publicada en 1987, a la que siguió una obra de semejante corte: La joven que subió al cielo (1988) y luego Como cuando estábamos vivos (1988) que reúne cuatro cuentos, para publicar sus narraciones completas bajo el título de Can los ojos para siempre abiertos (1990), donde agrupa siete de ellos. Todo esto, como vemos, antes de ser laureado con los dos importantes premios antes mencionados.

Como podemos apreciar por los títulos de los títulos de los libros de Nieto Degregori, en su obra se halla presente la dura violencia vivida en el Perú de los últimos trece años y la nouvele o noveleta se impone, aunque también cultiva el cuento corto.

No siendo un escritor preocupado por la técnica que tanto desvelara a los seguidores del boom, sabe manejar Lucho nieto los racontos y el monólogo interior de manera tan sencilla que no cuesta mayor esfuerzo seguir la secuencia de sus relatos, a no dudarlo de estilo totalmente realista. La presencia de Chejov y de José María Arguedas se descubren entre sus influencias principales. Junto con la intriga muy bien manejada, surge una especie de ternura contagiante, de frustración vivencial, pero también se observa la luz de la esperanza, de la hermandad en medio del caos y la soledad.

Nieto Degregori es de aquellos escritores que no requieren de poses ni de sentirse los innovadores más refulgentes para convencernos de que estamos ante un brillante escritor.

Su obra se abre diáfana frente a los ojos de cualquier lector que avanzará con voracidad línea por línea para terminar de degustar el arte del  buen escribir.

Es importante anotar que otros dos jóvenes han seguido a Lucho Nieto en orden de mérito en el concurso Vallejo. Se trata de Alfonso Torres Valdivia, surquillano de nacimiento, quien sin obra édita se hizo del segundo premio con La bruja de Arnedo, y de Dante Castro Arrasco, premio Casa de las Américas 1992 y con tres libros publicados (comentaremos su obra en breve), quien logró el tercer premio con Ébano de noche negra, cuyo título de por sí merece un galardón, como dijera Charo Arroyo, la coordinadora del concurso, en la ceremonia de premiación. El también cusqueño Ángel Avendaño, autor de los cuervos de San Antonio, novela de buena factura que vivisecciona el Cusco de estos días, y el conocido novelista, Premio Casa de las Américas, Marcos Yauri Montero, para quien obvian presentaciones, fueron distinguidos con merecidas menciones honrosas junto a otro escritor cuyo nombre omitiremos por especiales razones. En síntesis, la vieja guardia dejó paso a la nueva hornada. Una nueva hornada con corazón de fuego.

 

24. El Gaznápiro, novela picaresca peruana

(Diario Gestión, 27/5/95)

 

No me cansaré de repetir que, por encima de todo, la novela es un género cuyo fin es entretener subyugar al lector de principio a fin. Esto sin negarle su capacidad de enterar, de testimoniar, de ser testigo de su tiempo o rescatadora de la historia. O bien de trasladarnos a mundos de ensueño, penetrándonos a un soñado futuro o haciéndonos participar de las aventuras más inverosímiles que el tiempo se encarga de convertir en realidad.

Acabo de terminar de leer El Gaznápiro (Editora Perú S.A., Lima, 1995), novela de Alejandro Sánchez Aizcorbe, escritor peruano nacido, por razones de la ocupación diplomática de su padre, en la ciudad de Panamá en 1954. Ha sido una lectura grata, sin presiones, ganado por Julián, el personaje de la obra, muchacho miraflorino del barrio de Santa Cruz apodado por su tío, casualmente un diplomático, «el Gaznápiro», palabreja que adjetiva al simple o bobo.

Este Gaznápiro no lo es tanto. Enamorado hasta las orejas de Liliana –una chiquilla inocente llena de pequeños defectos que Julián se pasa corrigiendo, chica de familia miraflorina pobretona– busca en sí mismo el perfeccionamiento, el cual, por supuesto, no ha de encontrar jamás. Su vida de barrio, de estudiante universitario, de político por esnobismo, de deportista que quiere hacerse forzudo y de muchacho metido en el vicio de las drogas y el alcohol, nos es mostrada al estilo de la picaresca española: con sencillez en la acción, sin figuras secundarias que opaquen al protagonista, que muestra al lado feo, grotesco y amargo de la vida. Así, a medida que avanza la acción narrativa, el personaje caricaturizado se va humanizando, inspirándonos cierta lástima o simpatía en medio de determinadas escenas de humor desmesuradas, contadas a manera de chascarrillos, de chistes, llegándonos a dar lástima, en ocasiones, ante tanta frustración que lo acompaña.

Si bien la obra es recomendable para todo tipo de lector, es innegable que aquellos limeños que frisan entre 40 y 60 años gozarán más de su lectura, pues es en la década de los setentas donde se desarrolla la historia narrada, años previos, años después.

Julián es alumno de una universidad particular antigua y respetable en Loma, donde de una pacatería excesiva se pasa al lado contrario: la superpoliticación de cada acto, el abandono de los estudios por «transformar las estructuras del país», y la enganifa de la repetición de eslóganes y frases clichés como si fueran las grandes verdades. Allí podemos ubicar la derrota de las utopías, en ese grupúsculo de intelectualoides de clase media acomodada que pretendieron convertirse –y hasta cierto punto lo lograron– en los gerentes de las ideas de avanzada. Y en quienes los verdaderos protagonistas de la historia poco creyeron.

La falacia del mundo de los alucinógenos como salida a tanta frustración y que termina por devorar conciencias y cerebros, que acaba por lumpenizar a talentosos jóvenes y empuja sin remedio a la promiscuidad y al descalabro, es mostrada por el novelista en medio de ironías y sarcasmos. Como también va exhibiendo el fenecimiento del amor puro al exagerarse el feminismo con carácter antagónico entre la mujer y el hombre, así como la falsa opción del libertinaje amatorio, como si se tratara de la libertad sexual a la que tienen derecho todos los seres humanos.

El Gaznápiro, siguiendo las enseñanzas de La vida del lazarillo de Tormes, esa sin igual novela anónima española del siglo XVI o La historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, del sin par Francisco de Quevedo  (1580-1645), es la expresión literaria de una sociedad en decadencia, tratando de revelar vicios y lacras, aunque disfrace la denuncia tras situaciones jocosas. Escrita en forma sobria y sencilla, a la manera realista, no se complica con racontos, monólogos interiores ni vasos comunicantes, dejándose leer de corrido en sus 721 páginas. El humor de Las tradiciones de Ricardo Palma y de los satíricos peruanos del XIX se ha conjuncionado con esa autoburla ejercida por Julio Ramón Ribeyro en sus cuentos. «Convoca –El Gaznápiro– la inteligencia del lector, y sabe contarnos una historia como si fuese excepcional», repetiremos con Julio Ortega, tal como lo consigna en el colofón del libro. Sánchez Aizcorbe que publicó antes dos volúmenes de cuentos: Maní con sangre (1981) y Jarabe de lengua (1989).

 

25. Los Álvarez,

cuentos

de padre e hija

(Diario Gestión, 17/12/94)

 

Que sepamos, en el Perú el fenómeno de hijo escritor de padre escritor, como quien dice de tal palo tal astilla, sólo se dio –estando ambos en vida– entre don Ricardo Palma y Clemente Palma, aunque los Cuentos malévolos de este último han de haberle sabido como tales a nuestro gran tradicionista, pues de lenguaje nada que ver con peruanismos y de ambientes, todo menos Lima u otro lugar del Perú.

Por eso resultó una grata sorpresa encontrarnos en Doce esbozos haitianos y un cuento andino escribiendo al alimón –para usar un término taurino acorde con las circunstancias –a padre e hija, compartiendo el mismo espacio libresco bajo el sello de Azofra Orbis Tertius Editores, el primer término, el nominal del pueblo riojano donde naciera Félix Álvarez Sáenz allá por 1945 y utilizado por él como seudónimo en nuestro medio periodístico. Su hija es Monserrat Álvarez, zaragozana del ’69.

La lectura del libro nos remite a un lenguaje profundamente limeño, pues ambos son parte de nuestra ciudad. Hasta antes de marcharse a residir en Asunción, Paraguay, conformaban un trozo de nuestro paisaje intelectual. Por ello es fácil deducir que los Cuentos haitianos no se vinculan por lado alguno al mágico y tétrica país ocupante de la mitad de la isla de Santo Domingo y hasta hace poco gobernado por la magia negra de los «tomtom macutes» liderados por la familia Duvalier.

A decir verdad, los cuentos de los Álvarez se ligan sí a ese lugar recreado por Alejo Carpentier en El reino de este mundo bajo los poderes licantrópicos de Mackandal. A partir del Haití de Miraflores, café al cual durante décadas asisten algunos grupos de escritores y artistas de nuestra época –como otros los hicieran, en Lima, al Palermo o al Woony y los Colónida y contemporáneos al Palais Concert– con el único fin de darle duro a la parla.

«Siempre me ha parecido significativo el hecho de que, en 1780, unos cuerdos españoles, salidos de Angostura, se lanzaran todavía en busca de El Dorado, y que, en días de la Revolución Francesa –¡vivan la razón y el Ser Supremo!–, el compostelano Francisco Menéndez anduviera por tierras de Patagonia buscando La Ciudad Encantada de los Césares», refiere Carpentier en el prólogo escrito a su novela antes referida. Ya pareciera haber dedicado especialmente esas líneas a Félix Álvarez, quien justamente aborda la aventura de El Dorado en una de sus galardonadas novelas, no recuerdo si en Oficio de difuntos, ganadora del Premio Gaviota Roja de Novela en 1983, o en la que le sugiera, Crónica de blasfemos, publicada en 1986 en Lima, para resultar finalista del Rómulo Gallegos al año siguiente en Caracas. De Monserrat leí Zona dark, poemario editado en 1993, dos años después de obtener el premio Poeta Joven del Perú con Filosofía ilógica, libro el primeramente mencionado que resulta un verdadero hallazgo tanto por el lenguaje que desplaza como por la visión generacional que representa, lejos de usar el deshabillé erótico como manido recurso mujeril de estos tiempos.

En los Doce esbozos haitianos nos vamos encontrando con nosotros mismos (más de un amigo periodista aparece con nombre cambiado) en plena conversa no sólo del Haití, sino tal vez de cualquier otro café convocador de tertulias en Lima o Barranco, como nos dice Monserrat en el prolegómeno, donde también explica el porqué de los trece nada supersticiosos relatos: ocho de ella y cinco de su padre, el último de carácter andino, como reza el título. Todos unidos por su atmósfera fantástica. Pero, en honor a la verdad, sin desmerecer la calidad de los cuentos de la hija. Félix muestra su destreza y oficio de escritor cuajado, de literato capaz de manejar cual limeño de pura cepa los códigos de nuestra fabla cotidiana.

Son trece cuentos fantásticos, ocurridos en un simple microbús de la avenida Arequipa o bien haciendo el camino de Santiago (¿Carpentier metiendo sus narices?) a pedido de un difunto a través no sólo del espacio sino también del tiempo, como sucede en  “Pirañas” (Monserrat) y “Manzamama” (Félix). La primera resulta siendo toda una promesa par la narración peruana y el padre ratifica sus dotes de escritor y, no obstante que parece quedarle corto el cuento, la verdad es que joyceanamente (recordar Dublineses) cumple con uno de los cometidos del cuento contemporáneo: dejar a la imaginación del lector extender la fantasía del libro ab initio et ab aeterno (desde el inicio y desde la eternidad).

 

26. La luz prometida de

Ortiz Dueñas

(Diario Gestión, 18/11/93)

 

Frente a la vorágine urbana capitalina y al tema rural de las grandes haciendas andinas o de las comunidades indígenas, hay una literatura en el Perú que recorre los vericuetos de esos poblados regados en la faja costera del país como pequeños oasis dentro del largo desierto de los arenales que recorre y cruza la carretera Panamericana. Esto es historia reciente, porque antes se requería de un viaje por mar para arribar al Callao desde pueblitos situados –algunos– a menos de un centenar de kilómetros de Lima.

Algunas de las Estampas mulatas de José Diez Canseco, siguiendo la huella de algún bandolero, penetran por Huarmey al norte. Por el sur, Antonio Gálvez Ronceros con su magistral pluma nos detiene en al negra y vinera Chincha. José Hidalgo nos lleva a Pisco con sus narraciones, lugar visitado literariamente por gran parte del Perú gracias a la lectura escolar obligatoria de los cuentos de Abraham Valdelomar. Gregorio Martínez nos encandila con sus cuentos y novelas de la más lejana provincia iqueña de Nasca.

Ahora, con La luz prometida (Lima, 1993), Jorge Ortiz Dueñas nos hace penetrar en el mundo tierno y dramático, alegre y bucólico de los pueblos y chacras de ese triángulo del norte chico que conforman Chancay, Huaral y Huacho. Profesor primario jubilado, nacido en Chancay, estudia su secundaria con los padres mercedarios de Huacho y pasa luego a ejercer la docencia al vecino y feraz Huaral. Pero no sólo es el profesor el que recuerda y cuenta con destreza y buen gusto veintiún hermosos cuentos. El alumno de antaño recoge viejas remembranzas y las convierte en fulgurantes piezas de literatura poseedoras de tonos de humor, como también asumen la desgarrada tragedia que a veces es el diario vivir.

La narración de Ortiz Dueñas está hermanada con la del trujillano Luis valle Goycochea y con la que desplegara Francisco Izquierdo Ríos en esa injustamente olvidad novela titulada Mateo Paiva, el maestro, un verdadero canto novelesco al sufrido docente peruano. Al igual que ambos, Ortiz maneja las situaciones de la manera más sencilla y sin complicaciones técnicas, escribiendo no par ala capilla de iniciados sino contando, para todos, las cosas que él considera aleccionadoras.

Claro que el escritor chancayano no deja de introducir racontos y monólogos interiores dignos de cualquier joven creador, a pesar de los 76 años ya cumplidos, aunque leyendo su obra uno aspire todo un aliento juvenil, pues ella trasunta un fuerte sentido de amor y espiritualidad, sin dejar de expresar el sentido de la protesta social por las injusticias de un país como el nuestro, donde el centralismo ahoga en la pobreza a la mayoría de la población que habita fuera de la capital. Aunque, como en este caso, estos pueblos queden a un centenar o algo más de kilómetros de la gran urbe.

Con prólogo del poeta y académico de la lengua peruana Manuel Pantigoso, el libro se divide  en tres secciones: Chancayanos, que suma siete cuentos; Huaralinos, con diez relatos, y Huachanos, que comprende tres narraciones. Entre los del primer grupo resalta el cuento que da título al libro, pieza donde junto a la crueldad de un profesor sin conmiseraciones para el sensible alumno hijo del alcalde, surge la promesa política hecha sin convicción, tal vez demagógica, realizada al fin y al cabo por cerrar la herida que dicho incumplimiento causara en el pequeño hijo.

“Dos que ya no van a la escuela” es un cuento que data de 1942 y que obtuviera un galardón en el I Concurso de Cuentos para Niños Caretas-Unicef 1991. De corte social, nos abre los ojos sobre lo infausto de la metodología de enseñanza escolar, lejana de la realidad rural, brutal, para con un grupo nacional cuyo destino invariable parece ser el analfabetismo, porque no se gobierna en este país para esos peruanos.

Entre los huachanos resalta Un examen memorioso, aguda sátira a los sistemas de enseñanza que aún rigen en el Perú. Relato de singular humor, caricaturiza a los personajes encopetados y demuestra que la inteligencia es el supremo valor en el hombre, siempre y cuando corra aparejada con la comprensión humana.

Invitamos a los lectores a iluminarse con La luz prometida, un libro recomendable para grandes y chicos, para niños, jóvenes, adultos y personas de al tercera edad. Se trata de un remanso literario que ha sido creado por el joven espíritu de un hombre de 76 años y que el próximo miércoles 24 de noviembre será presentado por los poetas Manuel Pantigoso y Graciela Briceño y por el diplomático Augusto Dammert león en el auditorio de la Facultad de Educación de la Universidad Garcilaso de la Vega a las siete de la noche. Una cita con la nostalgia y el buen decir.

 

 

27. Con Los cuervos de

San Antonio, Avendaño

inaugura la nueva

novela cusqueña

(Diario Gestión, 24/3/94)

 

 

Desde que en 1889 Clorinda Matto de Turner publicara su inmortal novela Aves sin nido, fundando así el indigenismo andino en la narrativa, la que inclusive –como anota Antonio Cornejo Polar– «echó sombra sobre sus otras dos novelas: Índole (1891) y Herencia (1895), que inicialmente no tuvieron la misma acogida que Aves sin nido»; desde aquella fecha el Cusco no había sido abordado novelísticamente con tal nivel. José María Arguedas lo toca de paso al iniciar sus Ríos profundos, aunque con cierta irreverencia, pues el protagonista de la obra se orina sobre la piedra de los doce ángulos.

Ni Narciso Aréstegui (1823-1869), autor de dos novelas, El padre Horán y El ángel vengador, donde pinta hombres y costumbres de la Ciudad Imperial, según Rubén Sueldo Guevara; ni José Ángel Escalante, autor de Winicancha, como tampoco otros narradores cusqueños de talento, así el mismo Sueldo Guevara, Gustavo Alencastre, Jorge Miotan, Roberto Barrionuevo o Roberto Latorre, y hasta el joven y laureado Luis Nieto Degregori (algunos con novelas inéditas) han abordado en la narración de largo aliento la realidad cusqueña de hoy.

Los cuervos de San Antonio (Lima, 1989) es la octava obra escrita por Ángel Avendaño (Cusco, 1937) cuya gran factura ha pasado inadvertida para muchos críticos y lectores impenitentes de narrativa. Lo cual no es óbice para resaltar, aunque tardíamente, el valor que esta obra encierra. No sólo en cuanto al manejo de la prosa, barroca como la mestiza ciudad del Cusco, donde se desarrollan los hechos contados, sino en el desarrollo de la trama, que va subyugando al lector a medida que se desenvuelve, sin recurrir –pese a la atmósfera de violencia que se respira a lo largo del relato– a tremendismos beligerantes.

Es la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco, el escenario propicio para mostrar, a través de los tres estamentos que la habitan –profesores, alumnos y trabajadores– la idiosincracia y el pensamiento de los cusqueños de esta segunda mitad del siglo XX. La gran institución cultural traída por la conquista occidental europea y hecha en el Perú por los españoles, aparece como una institución que va degradando hasta los más altos ideales, en una «lucha por el poder» desarrollada en medio de falacias continuas, cuya única verdad es el disfrute del mando, el arribo a las veleidades del impudor y la traición a todos los principios enarbolados por uno y otro bando:  revolucionarios y conservadores. Avendaño nos muestra la sensualidad del poder hasta en la precariedad del aislamiento y del acoso, así como las compoendas más absurdas para obtenerlo, venciendo el asco por la traición efectuada contra los padres, contra los ancestros.

Antes sólo conocíamos en el Perú una novela sobre los aspectos estudiantiles; Los tres estamentos del cajamarquino Miguel Arribasplata, la cual aborda el mundo universitario en muchas de sus intimidades pero sin adquirir la profundidad de la obra de Ángel Avendaño. Sucede que este último va caracterizando a los personajes prototípicos de tal manera que se te impregnan en la mente y se quedan viviendo en el lector sólo como logran hacerlo los grandes personajes novelísticos. Especialmente para quienes hemos podido pertenecer, por vicisitudes de la vida, a esos tres estamentos.

Por supuesto que siendo universal por el centro donde se desarrolla el tema (la universidad), la novela no deja de ser cusqueña. De ese Cusco: «material metafísico, hermético, dimensión remota hecha de posteridades, de olvidos, de frases banales, de posibilidades de lo imposible: desmemoria donde la muerte era menos eficaz que la piedra, donde las piedras habían desmantelado hace tiempo la eternidad de sus arrugas», tal como lo medita Pachari, el estudiante que casi al final de la obra ya no racionará tan poéticamente: «Allá estaba su universidad convertida en establo. Allá derechistas e izquierdistas vivían en las heces del encomendero...»

En Babel, el paraíso, su última novela, Miguel Gutiérrez, el excelente escritor piurano, aborda el esquema del poder trasladándose a la lejana China, pero hasta aquellos remotos parajes llega el tufillo de sus experiencias universitarias peruanas. Ángel Avendaño, egresado y doctorado en letras en la Universidad de San Antonio, donde también ejerciera la docencia, tomó a su alma mater para la vivisección (¿o disección?) de un mundo hasta hace poco enigmático y sobrevalorado, como el universitario. Al cual tampoco se le debe desmerecer. Mientras tanto, esperamos acceso a esa Historia de la literatura del Qosco. Del tiempo mítico al siglo XX que acaba de editar Avendaño en tres voluminosos tomos, emulando el trabajo que sobre el siglo XIX dejara Clorinda Matto.

 

28. Unas palabras para el

Charly de Zein

(Diario El Peruano, 26/6/96)

 

Con fruición nos hemos metido en dos más para Charly (Lluvia Editores, Lima, 1996), primera novela de Zein Zorrilla que enfoca un tema poco trajinado en la novelística peruana: el del provinciano –en este caso el quillabambino Carlos guzmán transmutado en el estudiante de ingeniería Charly– que arriba la gran ciudad capital para hacerse de un nuevo título nobiliario abridor de las puertas del éxito: el título profesional.

Zorrilla trabaja su novela en varios espacios geográficos y en cada uno de ellos su pericia de narrador intenta salir a flores. Si bien exhibe una mayor destreza descriptiva del ambiente serrano, en la que trata por momentos de apoyar su narrativa cuando penetra en la sequedad del ambiente limeño, éste se le torna más favorable para tales efectos que el mundo de sus dominicos (Zein es andino). La visión de soledad y aislamiento que sus personajes barruntan de Lima quedan en un presentimiento, en algo apenas tocado. Por eso de repente se abren las carreteras y las avenidas para que en rufientes camiones enrumben por los escarpados Andes o del ambiente universitario se trasladen al de las fábricas y barriadas limeñas peligrosas y escondidas.

La aventura de Charly es la tragedia del migrante provinciano de los setenta. Su historia testifica no solamente el acontecer de esa época, sino cuestiona el signo que trazan algunas familias para el futuro de sus hijos creyendo privilegiarlos. Lástima que Zein Zorrilla haya dejado de lado su trabajo experimental narrativo iniciado en su libro de cuentos ¡Oh generación! (Lluvia Editores, Cerro de Pasco, 1989) al relatarnos esta novela, en la que se demuestra que las grandes frustraciones vivenciales siguen siendo tema para hacer buena literatura.

 

29. César Vega

y los Sprunkos

(Diario Última Hora, 10/2/76)

 

La literatura infantil en el Perú es un renglón de la creatividad bastante descuidado. Los pocos autores que se han dedicado a escribir para los niños, no pasan de la mediana calidad. Por eso nos reconforta habernos encontrado con La noche de los Sprunkos, un maravilloso relato escrito por el arequipeño César Vega Herrera (autor de la aplaudida pieza teatral Ipacankure), que nos traslada a un mundo de encanto gracias a la invención d– unos entretenidos personajes que él ha bautizado con el nombre de Sprunkos. La primera edición de mil ejemplares de este libro de Vega se terminó de imprimir en Arequipa el 2 de enero de 1974 y, no obstante ello, no ha merecido la mínima atención de los comentaristas especializados.

Pero mejor introduzcámonos en el mundo de los Sprunkos de Vega Herrera. Y para ello contestemos a la pregunta ¿quiénes son los Sprunkos? El autor nos dice al empezar el libro que «los Sprunkos son los seres más simpáticos, más buenos y más felices del mundo», lo cual podría bastar, si no añadiera que «Pueden aumentar su estatura y ser más altos que una jirafa, o hacerse pequeñitos, del tamaño de un gorrioncillo. También pueden cambiar de edad...» Agréguese a esto que emiten bellísimas luces y sonidos, que tienen sombreros voladores, que se les puede poner nombres  y que, especialmente, saben una barbaridad de historia, adicionando a ello que cuando relatan algún hecho histórico lo hacen en forma abundantemente entretenida. Así el Sprunko de la historia realiza un largo relato sobre los arduos trámites que tuvo que seguir Cristóbal Colón para efectuar su viaje descubridor de América que probaría la redondez de la tierra. Vega, con este recurso, nos hace recordar a Monteiro Lobato, el escritor brasileño que, gracias a las aventuras de una familia carioca, da a conocer a los niños nuestro planeta y el universo con todos sus secretos. Esto no quiere decir que César ha copiado a Lobato, porque los procedimientos de nuestro escritor son otros y auténticos.

El relato se manifiesta ágil y ameno, bien llevado con el contraste de los hermanos protagonistas del encuentro con los Sprunkos: el pequeño que relata la noche fabulosa (nos recuerda al niño Zoze de la obra Mi árbol de naranja lima del brasileño José Mauro de Vasconcelos) y su hermana Eva; él, travieso, con ese importunismo de los niños palomillas, desinteresado del saber tradicional pero dueño de una fantasía y un entusiasmo envidiables; ella bondadosa, comprensiva, guía, como toda buena hermana.

Para darnos idea de qué son los Sprunkos, justamente recurriremos a un diálogo de la pequeña Evita con uno de los miembros de la Sprunkería, según Vega Herrera denomina al grupo. «Señor Sprunko –dice Evita–, es Ud. como de los cuentos de hadas», a lo que el Sprunko le responde: «¿Queeee?» ¡Me confundes niña!... Los cuentos de hadas son cuentos de hadas. ¡Yo no soy un cuento!... En dos mil años no me habían dicho tal cosa. Lo único que falta es que me digas duende... Y los duendes no existen». Testimonio válido –dado el carácter de testigo– que nos muestra el ingenio del autor.

La noche de los Sprunkos se hizo merecedor al Premio Nacional de Literatura Infantil en el Concurso Nacional de Fomento a la Cultura de 1969. Pero, como ha sucedido con la mayoría de obras laureadas por estos premios, se le relegó al supremo olvido, ignorado hasta su edición del año pasado. Recurriremos a una tercera palabra, fuera de la nuestra y las que hemos extraído de la obra de César Vega Herrera (Arequipa 1939); las de Jorge Cornejo Polar, escritas dentro de la presentación a este cuento infantil: «He aquí por qué tiene que saludarse con júbilo la aparición de una obra como La noche de los Sprunkos de César Vega Herrera, espléndida en un despliegue imaginativo, admirable en su historia, fresca, sencilla y alegre en el lenguaje.  Y además peruana sin menoscabo de una posible (y deseable) vigencia universal».

 

30. Arnaldo Panaifo Texeira:

Un escritor amazónico

con nombre de personaje

de cuento

(Diario Gestión, 13/9/94)

 

 

La narrativa amazónica peruana ha dado celebridades tal como Arturo D. Hernández, autor de Sangama y Selva trágica, dos novelas por donde obligadamente todo buen lector peruano tenía que penetrar en el mundo selvático; Francisco Izquierdo Ríos, de cuya amplia obra basta mencionar el cuento El bagrecico, pieza literaria de valor universal; Calvo de Araujo, con su novela amazónica –así la denominó– Paiche; el hijo de éste, César Calvo, y Roger Rumrril, por citar los más conocidos. Hay que hacer hincapié en que Hernández e Izquierdo llegaron a presidir la Asociación Nacional de Escritores y Artistas, cuando la ANEA era una institución reputada.

Valga el preámbulo para ingresar de lleno al tema de este artículo: el escritor amazonense Arnaldo Panaifo Texeira (Iquitos, 1948), quien desde hace trece años a la fecha ha publicado una docena de libros, once de ellos de narración y uno de poesía. Cada vez que viene a Lima de visita, trae una nueva obra publicada. En esta ocasión me ha entregado el cuento Un tal Saturnino Olavarría y el poemario Esta noche... la eternidad. Acabo de deleitarme leyendo el cuento, sabroso, fluido, un conjunción de humor y ternura, de sensualidad y fidelidad, con gran dominio de la intriga. Prácticamente una constante en la creación de Panaifo, a quien, eso sí, encontramos cada vez más maduro.

Ganador del Primer Premio de Cuentos Bodas de Plata de la Universidad de la Amazonía Peruana con El parpadeo insomne y Mensión Honrosa con Piñón a babor en el Concurso Internacional de Cuento José María Arguedas convocado desde París, es un versátil escritor: bien puede trabajar en base a la rica mitología selvática o hacerlo con temas de la cotidianeidad; sus narraciones van dirigidas a  adultos y niños, pero en todas ellas hay una impronta, un sello distintivo. Se trata del mundo de la selva, aunque siempre escoge un pueblo distinto como escenario de sus relatos, teniendo el acierto de describirnos previamente aquel lugar escogido a manera de introducción.

Se define a sí mismo como un embaucador.... cuando encuentra incautos. Confiesa tomar a sus personajes de la vida diaria o de los cuentos de las abuelas, así como de los relatos de los amigos en medio de algunos brindis como también de sus propias vivencias. Tiene en preparación una novela, donde narra sobre un personaje amazónico dueño del tiempo, quien es capaz de observarlo todo. La obra empieza cuando la selva era mar hasta la llegada de una nueva inundación que vuelve a convertir todo el agua, quedando sólo una islita a la cual se permite únicamente el ingreso de los animales.

Siempre con la risa a flor de labios, ocurrente como él solo, posee esa picardía característica de los hombres amazónicos. Las conversaciones con Panaifo transcurren alegres, llenas de historias inacabables. Es sedante compartir las hora con él. Aunque lo conocí personalmente hace tres años en un encuentro de escritores en Huaraz, la verdad es que el actor y escritor Jorge Acuña no se cansaba de repetir su nombre y hasta lo convirtió en personaje de uno de sus cuentos, «los yacurunas», publicado dentro su único libro titulado Cuentos de la calle (Lima, 1976).

Otras virtudes de Arnaldo Panaifo son el manejo del lenguaje de su región, sus amplios conocimientos de la flor ay la fauna amazónicas,  de la idiosincracia de su gente y la soltura para abordar temas que serían tabú en otros escritores. Periodista, profesor y perito forestal, tal como suena, conjuga la denuncia social con la defensa del sistema ecológico y la revalorización de lo mítico en sus libros. Como poeta ha obtenido también sendos galardones; una medalla del Premio Alfonsina Storni, realizado en Buenos Aires el año 1978, y en 1987 el Primer Premio en el certamen de poesía Alborada Amazónica. ¿Su numen¿ Las hermosas mujeres de su tierra y todas las bellas del universo.

 

 

31. Juan Rodríguez Pérez

La Selva y su Sinfonía de ilusiones

(Diario Gestión, 9/9/95)

 

 

«Todo este inmenso espacio de tierras, a quien con razón se le pudiera dar el nombre de otro Nuevo Mundo, no es sino un bosque perpetuo poblado de altísima arboleda, que espanta y recrea al mismo tiempo la vista, sin que se encuentre un palmo sólo de tierra limpia o campiña...» Así escribió en 1738 el misionero jesuita Pablo Maroni en sus Noticias auténticas del famoso río Marañón.

Dos siglos atrás, el padre Gaspar de Carbajal narraba la entrada del río más largo y caudaloso del mundo: el Amazonas, descubierto según los españoles por Francisco de Orellana en el año 1542. Hecho que no llegaría a conocer el conquistador del Perú, Francisco Pizarro, muerto en 1541, pero que en Lima se supo recién tres años después.

Por mucho tiempo se denominó al Amazonas como río Marañón.

En la vida a orillas del río Marañón es que Ciro Alegría (1909-1967) inspiró su novela La serpiente de oro, y quién no recuerda su cuento «La madre» que empieza «En la selva había una barraca hecha de esbeltos tallos de palmera y levantada en un claro logrado a golpe de hacha...» Por su parte José Ferrando (1901-1947), autor de Panorama hacia el alba, novela que compitiera con otra de Ciro Alegría por el premio Farrar & Renihar Inc. de Nueva York, narra en un pasaje de su obra como «Tenaz como su selva, cuando hallaron su cadáver sus brazos de acero apretaban todavía, dos días después .... al amigo que trató de salvar». Se trataba del legendario cauchero Fitzcarrald, cuya vida mereció una laureada película alemana, dirigida por Hertzog.

Cuando aún contaba 15 años, recibí en forma casi secreta, de manos de los «charapitas» hermanos Israel Aráoz, quienes eran motivo de chanzas y burlas en el barrio de Jesús María, la novela de Arturo D. Hernández (1903-1960) Selva trágica, la cual me introdujo a ese gran espacio geográfico peruano que recién conocería 10 años después, siendo redactor de la revista Caretas. Sangama y Bubinzana, son sus otras dos novelas; las tres traducidas a varios idiomas y de amplia difusión en la Europa ávida de conocer los secretos de esta inexpugnable parte de América.

César Calvo de Araujo con su novela amazónica –así la denominó– Paiche (nombre del inconfundible pez de la Amazonía) y su hijo César Calvo con Las tres mitades de Ino Moxo, novela que nos penetra en el secreto mundo de la ayahuasca; Roger Rumrril y su permanente y terca obra en favor de la selva, con bellos cuentos y poemas (Ojos de venado es su última obra); Arnaldo Panaifo Texeira, contador interminable de narraciones con sabor a selva de verdad; Luis Hernán Ramírez, poeta y estudioso profundo de la literatura  amazónica, además de miembro de la filial peruana de la Real Academia de la Lengua

 los jóvenes poetas del Grupo Cultual Urcututu, Carlos Reyes Ramírez y Ana Varela Tafur, ganadores del primer Premio Copé de Poesía 1989 y 1991, respectivamente, así como mi entrañable amigo Jorge acuña Paredes, desde hace dos décadas helándose en Estocolmo, autor de Cuentos de la calle (Lima, 1974), libro que me toco prologar y donde hay varios relatos antológicos de la Selva, su tierra; todos ellos son parte de ese Perú que a veces olvidamos ingratamente.

Sinfonía de ilusiones se intitula el flamante libro de cuentos de Juan Rodríguez Pérez, un joven escritor amazonense que es más que una promesa. En sus ocho breves relatos encontramos, por lo menos en la mitad de ellos, una fuerza en el manejo de la atmósfera selvática, donde la lluvia y la fronda, el río y el canto isócrono e interminable de grillos, sapos y otros componentes de la rica fauna selvática, se aúnan en una sinfonía que seca el alma de sus habitantes. Seres solitarios, metidos en sus recuerdos, golpeados por el éxodo de los suyos, unidos los viejos que se quedaron y los niños que esperan irse, bastones que se arrastran, niños ágiles como monos, mujeres exóticas. Pero antes que nada, el hombre y sus ilusiones, y sus caras ilusiones.

 

32. Verástegui narrador experimental:

Terceto de Lima

(Diario Gestión, 7/1/93)

 

Lima, bajo diversos epítetos, ha servido para inspirar el canto y la diatriba, la apología y el denuesto. El poeta José Gálvez la alabó en sus versos, el historiador Raúl Porras abrió sus arcanos, el poeta Luis Loayza le dedicó un breve pero brillante libro (como el sol) y el polígrafo Sebastián Salazar Bondy la vilipendió. Ricardo Palma la trató desde antiguo socarrona pero adlzoradamente; su ironía era muy limeña.

Ahora el poeta cañetano Enrique Verástegui arriesga una experimentación narrativa bajo el título de Tercero de Lima (Ed. Milla Batres, Lima, 1992), conteniendo tres novelas breves: Teorema del anarquista ilustrado, la primera; Retrato de una pareja con pandilla de primavera, la segunda, y Walicha, Ensayo sobre la pasión andina, la última.

Como siempre, Verástegui nos sorprende con sus textos, donde mezcla erudición con vena poética, ensayo sobre amor erótico con poesía y postulados –en lo referente al presente libro en comentario– sobre narrativa con algunos visos de narración propiamente dicha.

Decir si Verástegui nos sorprende con sus textos, donde mezcla erudición con vena poética, ensayo sobre amor erótico con poesía y postulados -en lo referente al presente libro en comentario– sobre narrativa con algunos visos de narración propiamente dicha.

Decir si Verástegui sale o no airoso de su experimento escritural corresponde a otras instancias. Lo importante es que los tres textos te convocan a la lectura, por momentos llegan a subyugar y en otros se convierte en código para iniciados, en polémica de temas exclusivos para determinada elite. No se colija de esto que es la oscuridad temática la materia del lenguaje desplegado, sino que tal vez la lucidez se extralimita farragosamente en la búsqueda de la verdad, de la propia verdad en que persiste Verástegui como buen poeta.

«Tuve miedo y me regresé de la locura», es un verso que hurta a Erasmo de Rotterdam (Elogio de la locura) el poeta peruano Carlos Oquendo de Amat para uno de sus hermosos poemas. Verástegui toma un párrafo del mismo Erasmo para el epígrafe de su Teorema del anarquista ilustrado: «De tal manera está hecha la vida, que cuando más locura se pone en ella, más se vive; la tristeza es la muerte», reza la primera frase de la cita. Y con ella aparece la clave de la narración: el ingreso a un nosocomio para enfermos mentales crea la necesidad inmediata de la fuga y de allí surgen las antítesis contra la medicina siquiátrica vigente, contra los recintos donde supuestamente te han de curar de tus males del alma.

«Altos paredones teñidos de azul tierra... algunos pabellones –algunos más malolientes que otros–... una apestosa maquinaria lista para hacernos ver la vida como una película monótona y gris –eso era la descripción inmediata del manicomio donde me metieron–. Monótono y gris», relata el personaje que luego urdirá una fuga general a partir de un partido de basquetbol, aunque la huida del recinto se inicia con sus escritos y sus actos de amor, junto con  un debate planteado a los siquiatras.

Retrato de una  pareja con pandilla de primavera nos coloca al lado de una patota de jóvenes melenudos, hippies y marihuaneros, soñadores e iconoclastas, dispuestos a romper con todo a través de sus pequeños actos de rebeldía. La pareja protagonista se empecina en hacer el amor a toda costa en los sitios más insólitos y prohibidos, lo cual sirve de pretexto para enfrascarse en dilucidaciones rodeadas de flashes y zooms, de primeros planos y planos generales: «Ciertos muchachos reuniéndose a medianoche para escuchar jazz en una calle de Miraflores con una lata de cerveza en una mano y una vela verde encendida en la otra son una sociedad no demasiado secreta pero cuya meta puede ser sencillamente escuchar música», nos muestra con aparente inocencia. Pues más adelante nos va a convidar a un banquete que su hermana con el almuerzo desnudo de William Burroughs, novelista beatnick norteamericano que viviera el infierno de la drogadicción. La influencia de Herman Hesse también trasunta de este relato donde a través de siete capítulos se medita al mundo y sus objetivos.

Cierra el libro Walicha, iniciándose con una obertura que precisamente abre el canto con la siguiente sentencia: «la escritura del sexo enciende la página, impulsa la imaginación de los hombres a través de toda la historia... El cuerpo reflejo del mundo, metáfora del cosmos, recipiente y creador de vida». Así el encuentro de dos cuerpos, el del protagonista con el de Walicha a quien le exige «Sácate la blusa, deja que la trusa caiga a tus pies, muéstrame las nalgas. Ahora brinca, salta, baila desnuda para mí»

Pero Walicha es sólo el cuerpo del poema, al cual a lo largo de nueve capítulos –por darles un nombre– se medita con deleite, inclusive a través de poemas heterónimos del autor, jugando con la inteligencia y el buen gusto, valiéndose también de Paul Valery: «Amado cuerpo, me abandono a tu solo placer» y de las tesis estructuralistas del lenguaje.

«Así, copulándote, Walicha, copulándote es como la poesía existe porque ésa, que es la felicidad y no otra, es su experiencia... y, por eso, no concluye si te alejas, no termina si nos separamos: hecha la conciencia de un momento es, sobre todo, su gramática», culmina su mensaje Verástegui, dejándonos la duda sobre si su gramática es narrativa, poética, ensayística, o quizá todo y nada a la vez.

 

33. El ronroneo

novelístico

de Javier Arévalo

(Diario Gestión, 10/2/94)

 

Cuando en 1989 insurgió en la literatura peruana Javier Arévalo con Una trampa para el comandante, pocos prestaron atención a sus relatos irreverentes, hechos como el desaire y con desenfado, con ganas de destruir tabúes y, especialmente, de molestar a los seriotes. Si bien es cierto no todos los cuentos salieron redondos, (algunos buscaban la cuadratura del círculo), más de un par nos dejaron ver la aparición de un joven narrador talentoso, irrespetuoso hasta al denominar su editorial, Mashabajo, todo un ácrata a carta cabal.

Los años pasan y pesan dice. Así ahora nos hemos bebido de un grato sorbo su Nocturno de ron y gatos (Peisa, Lima, 1994) en el cual Javier Arévalo nos atrapa con una especie de ronroneo a través de un personaje universitario y su mancha, cuyas vivencias insulsas tratan de iluminar con actos irrelevantes, como el de aquel recordado personaje de la película Trocadero, excelente obra mexicana, que lucha para que cierren una boite hasta las últimas consecuencias: al final termina rayando subrepticiamente el Cadillac del alcalde coimero como terrible venganza. Los personajes de Arévalo apenas sí rasguñan, como gatitos juguetones, la epidermis del aparato social que denigran: sacan periódicos murales en su Escuela de Periodismo que son censurados por corpoláticos, no por sus ideas; traman un asalto perfecto que se llega a realizar pero...

Es así como transcurre la narración de Arévalo. A saltos, con ciertos tropezones adrede, jugando con el lector y con su propia narración. La reliquia de Eca de Queiroz, tal vez Paz en la guerra de Unamuno, indudablemente la narrativa cortaciana y las influencias de Los inocentes de Reynoso y la conjunción de técnicas a partir de un protagonista escribiendo la novela que estamos leyendo, recurso de Miguel Gutiérrez en La violencia del tiempo, influyen o coinciden en el estilo de creación de este libro. Como también se huele la presencia de Miraflores Melody de Ampuero.

Pero en medio del supuesto caos narrativo, hay un esquema puntual, de precisión nada felina. Dividida en dos partes, Reunión de gatos y Tratado de la impuntualidad, la primera, la novela propiamente dicha y la segunda, la explicación del porqué de la novela, a su vez subdivide en dos partes cada capítulo, uno, la trama novelística y dos, la  biografía –o autobiografía– del personaje-autor, que ya al final irán convergiendo para rematar con «Una charla sincera».

Con su propia Maga y casi su Oliveira, Arévalo juega con su propio mundo, su rayuela, con brincos seguros. Trata de ser la voz de quienes vivieron su juventud en la feroz década del ’80 que tanto golpeó a nuestra patria, pero al contrario de Cronwell Jara, Dante Castro Arrasco o Luis Nieto Degregori, lo hace desde la otra ribera: es la mirada de los muchachos frustrados en su izquierdismo legal que se quedaron sin puerto dónde arribar, sin ideología para defender, ganados por una violencia que se les ha hecho cotidiana y sin los arrebatos y locuras públicas de los jóvenes de la década anterior, de aquellos de los setenta participantes y creadores de nuevos estilos, autosuficientes y  malditos. La muchachada de Arévalo es tímida, vive asustada, sus desinhibiciones sexuales son pacatas, las reglas han vuelto a dominarlos, la familia sigue imperando con sus viejos cánones pese a que le soportan pequeñas travesuras y hasta arrenjuntamientos. Pero son muchachos que siguen vírgenes hasta casi la veintena, cuyos machos se inician en prostíbulos y las chicas piden humana y tiernas relaciones antes de entregar su doncellez. Viviendo en un mar de violencia, tiemblan cuando se quedan solos en las tenebrosas y acechantes calles limeñas.

Nocturno de ron y gatos ha apostado por el desafío y la experimentación sin perder algo esencial: la sencillez adornada con metáforas de películas de vaqueros y describiendo con dureza a la destruida ciudad en que les tocó crecer: «Y abrazados –nueve de la noche– caminaron por las sórdidas calles de la Colmena, llenas de fantasmas y ambulantes petrificados en las aceras (casi ya no ambulantes), entre olores a broaster, grasa rancia y orines...» (pág. 160, ob. cit.). Verástegui en su terceto de Lima pretendió tal descripción, pero le ganó el poeta.

Saludamos el advenimiento de Javier Arévalo al corrillo de nuevos narradores peruanos. El camino está trazado. Los limeños deben leer su novela, y todos los demás también, sin xenofobia, como Alberto –el personaje de Nocturno de ron... parece tener por la linda canadiense que... vamos lea la obra. Le va a gustar. No deje que aquí se la cuenten, remataremos con la irreverancia del autor que comentamos.

 

 

34. Libro de las incertidumbres;

El incierto mundo del jirón Quilca visto por Julio León

(Diario Gestión, 14/1/93)

 

 

Los ambientes lóbregos siempre han sido atractivos para los narradores de todas las latitudes. Charles Dickens nos introdujo con maestría en la sordidez del Londres de la mitad del siglo XIX y Francois Villón, poeta francés, vivió tan intensamente el París del siglo XV que muchas veces estuvo con un pie en el cadalso. En el Perú, en Lima, Enrique Congrains logró llevarnos por los vercuetos de los nacientes pueblos jóvenes o barriadas, dándonos a conocer la tenebrosidad de la lucha por la subsistencia a través de Lima, hora cero y No una, sino muchas muertes. Julio Ramón Ribeyro lo hizo con Los gallinazos sin pluma y Tres historias sublevantes.

Los narradores de los años cincuenta nos trasladaban por los suburbios marginales de la ciudad para impresionarnos con esas ignoradas vivencias humanas para quien habitaba cómodamente una tranquila casita pequeño-burguesa, para utilizar la jerga impuesta por aquel entonces. Con Piel de serpiente, Luis Loayza noveló la incursión de la protesta callejera por las centrales e impolutas calles del centro limeño. Centro limeño que hoy en día es más sórdido, tétrico e inhabitable que cualquier otro lugar de la ciudad.

Es de esta manera como la temática del Libro de las incertidumbres de Julio León (Ed. Urpi, Lima, 1992) destapa para los ígnaros de la realidad de esta nueva Lima, para quienes han mudado su bohemia hacia los más confortables ámbitos de Miraflores o Barranco y para sorpresa inclusive de quienes vivieran el noctambulismo de los bares Zela y Palermo, del Chino Chino, La Llegada o el «Cuchitril»; destapa –decíamos– el fermento y la costra hirvientes en el antaño pulcro centro limeño.

Con sugerente carátula de Carlos Alberto Ostolaza e ilustraciones a cada cuento debidas al pincel del creativo pintor barrioaltino, el Libro de las incertidumbres contiene dos partes bien definidas: la primera comprende los tres cuentos que abordan el tema de la violenta conflagración que arrasa al país, donde se destrozan vínculos sentimentales aparentemente arraigados, como los de la amistad, o al último instante de la ejecución de un acto pavoroso surge el sentimiento de humana piedad, como en la decisión vino de arriba y No te volveré a encontrar.

No obstante, nos parece que sus mayores logros radican en esa segunda parte, cuando desde la bohemia del viejo bar Queirolo o desde «La Reja» del chino Félix, partimos a bucear por el submundo limeño en medio de los frecuentes  apagones iluminados por la lumbre de las «chicharras» no muy secretas de los fumadores de piticlines, y nadando en un mundo de engaños y falsedades que acrecientan la soledad y la frustración de quienes supervivimos en esta hora peruana que nos ha tocado vivir, tan llena de truculencias: «somos tan insignificantes y tan breves como para querer arreglar el mundo matando a otros. Por eso, joven no se meta en estas cosas y pida otra cervecita bien helada que de tanto hablar tengo mucha sed, además desde que murió mi hijo no tomaba un vaso...», refiere la desarraigada mujer de «Bar de los recuerdos».

Así la procesión limeña avanza con sus tullidos espirituales, con sus baldados mentales: «Parado en el corazón mismo de la ciudad –en la esquina de Quilca y Camaná– Pepo oye sin escuchar las conversaciones insulsas de sus amigos del barrio. Barrio de numerosas cantinas que ya se encuentra exhibiendo sus borrachos propios y ocasionales...» («Un clavo saca a otro clavo»). No hay, al parecer, nada que decirse, poco que contar . «El sonido retumbante de la dinamita estalla por ahí cerca y es seguido por una balacera con sirenas multicolores. Todos saben que el desenlace puede ocurrir en cualquier lugar y no lo esperan sentados. El cojo Lucho señala con la mirada, a Pepo, la puerta del callejón y dice ‘estaremos mejor adentro y si tienes un sencillo mejor todavía, así conseguiremos unas tolas más’. Pepo la entrega, al cojo Lucho, unos billetes en sus manos y detiene su vista en una enorme cicatriz que empieza casi en sus dedos y se pierde en los bordes del punto de su camisa».

Bien. Así están trazados los caminos. La ciudad se encuentra arrinconada por la desesperación. Los que conviven con ella es estas circunstancias, se hunden hasta la coronilla. Salir a flote es difícil, muy difícil. ¿Es imposible? Esta interrogante parece quedar implícita tras la lectura de los cuentos de José León. ¿Cómo desenmarañar la incertidumbre?

 

 

35. Una novela limeña

en su salsa

(Diario El Peruano, 24/5/96)

 

Salsa al muere ha intitulado a su primer libro José Benavides Gastelú, a su novela de aprendizaje artístico o bildungsroman, como la llaman los alemanes, donde al son de este ritmo universal que aglutina rumba, guaracha, mambo, chachachá, guaguancó y cuanta música tropical afroamericana nació para hacer bailar a toda la humanidad, los noctámbulos limeños vivían  –allá por la década del ’70– la ilusión de un Perú campeón del mundo. De ahí que Los Mundialistas, salsódromo de los Barrios Altos, es el lugar en el que los personajes de Benavides Gastelú empiezan a darse cita.

El protagonista de la novela, una especie de álter ego del autor, carga un complejo de culpa familiar por dejarse ganar por la vida bohemia, por la conversa limeña infatigable, en aquel lugar de convergencia musical salsa-vals criollo, lumpenaje/pituquería progresista, poetería/gringaje aventurero, muerte/vida.

Los ires y venires por Los Mundialistas que tiene el personaje narrador, quien nos cuenta sus tribulaciones como empleado de una fábrica alineada con la revolución, a la vez que confiesa sin tapujos su identificación con el movimiento de los militares, así como sus frustraciones en la convivencia marital, se alterna en el narrar con otras voces, a veces públicas, como la del locutor del salsódromo (paltónicamente enamorado de la cantante criolla estrella) o la reproducción de algunos flashes difundidos por el «Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada” luego de aplastar a sangre y fuego una huelga policial. O bien la voz confidencial de una prostituta del burdel principal de la ciudad, el conocido Trocadero, que se enfrenta al intento moralista de querer cerrarlo y que va dibujando el trasfondo del negocio prostibulario en el Perú, ya antes catalogado como un gran meretricio por el historiador Pablo Macera.

El episodio de la rebelión policial acarrea un terrible mal para todos los noctámbulos, hasta para los izquierdopitucos que, avezados, llegaban a Los Mundialistas queriendo catequizar con su lenguaje sociológico a las inadvertidas hetairas. Los Mundialistas tiene que cerrar sus puertas, porque se empieza por dar un toque de queda que se inicia a las seis de la mañana. La noche muere pero no la salsa. La gente busca cómo estar en su salsa, y nada mejor que el renacimiento de las viejas peñas de verdad, donde se hace música improvisad ay la llave –a la antigua– se guarda hasta la alborada. Bares como el queirolo, se las ingenian para servir a sus parroquianos su «cola con puntita de ron» o su »té piteado». La clandestinidad es elegida por los bohemios al morir el sueño que significó ser «mundialistas».

El golpe es fuerte para el protagonista. El grave complejo de culpa que lo acompañara por abandonar nocturnamente a su mujer e hija todos los fines de semana, para buscar la salsa de la vida, desaparece, se esfuma al chocar la infelicidad de la monotonía familiar que lo obliga a buscar otras salidas. La convivencia en el hogar se da dentro de una densa atmósfera que aparenta un respiro cuando la esposa empieza a romper ataduras, retorna al estudio universitario y encuentra un concepto distinto sobre la mujer: la corriente feminista. Entonces, de la apatía se traslada a una vorágine de vitalidad desde donde descubre  a la noche como un lugar para vivir. ¡Amor con amor se paga!, exclama el revolucionario marido, ahora desengañado por los cruentos métodos utilizados para acallar la protesta y por el decretado acuartelamiento nocturno de toda la población en apariencia, puesto que las tiradas de contra se multiplican en la ciudadanía burlando a su «Gobierno Revolucionario».

¿Donde está el general de los pobres?, se pregunta arrebatado. Hasta que el general muere y surge un sucesor que con engañifas promete acentuar las conquistas revolucionarias. Él ve cómo su empresa autogestionaria se descalabra, cómo sus bolsillos se van vaciando cada vez más rápido sin que el sueldo alcance para vivir el mes, y cómo, a su vez se desmorona su hogar. La salsa de la vida en Lima va perdiendo sabor. Él es quien ahora debe esperar el madrugador retorno de la esposa. Y se descubre también un represor, un machista. Tal como el gobierno militar acalló la protesta policial y popular con los tanques, él pone su pesada mano sobre su mujer como mejor solución ante algo que considera sólo es potestad del hombre: gozar la noche. Humor y patetismo, autoburla y acerba crítica se dan la mano para contarnos eso que sabemos nos pasó.

 

 

36. Cecilia Granadino y los

cuentos quechuas

(Diario Gestión, 16/9/93)

 

Hace un par de semanas tuvimos el gusto de participar, junto con el narrador y folclorista Antonio Muñoz Monge y con el historiador Wilfredo Kapsoli, en la presentación de una serie de cuentos recuperados de la tradición oral andina por Cecilia Granadino, con gran acierto y mejor gusto, y publicados bajo el título de Cuentos de nuestros abuelos quechuas. Se trata de 8 cuentos y 5 mitos editados por el Centro de Difusión Cultural Wasapay, seleccionados de entre 24 como resultado de una convocatoria hecha entre algunas comunidades de los distritos de Taray y Pisaq, pertenecientes a la provincia cusqueña de Calca.

«Aunque se estimuló a la participación con mitos y leyendas del origen de la zona, de los animales y plantas o que se refieran a la historia de las comunidades se filtraron fábulas y cuentos, no menos hermosos que los de contenido más histórico», señala la autora al dar algunas explicaciones en torno al libro. El resultado no puedo ser más original y exitoso, al menos para un lector como el que estas líneas escribe, fiel amante de la literatura popular, en el más lato sentido de esa categorización. Sin maniqueísmo, pues los personajes que narran los comuneros tienen su parte buena y mala; sin patetismo y más bien con sutil humor; expresando la fuerza sincrética ya manifestada en la religión andina, ahora evidente en esta actual literatura oral, y, sobre todo, haciéndonos saber la enorme riqueza de la ancestral sabiduría cultural conservada entre las comunidades quechuas cusqueñas.

Guardando las prudentes distancias, repetiremos con Antonio Cornejo Polar que «para hacer crítica literaria, primero hay que ubicarnos culturalmente, saber que se desea una descolonización en todos los campos y que las obras literarias no están fuera de las culturas –no son meras obras de arte o visiones sociológicas– sino que las coronan». Esto sucede con el trabajo de la Granadino, quien además ha hecho labor de equipo al recurrir a la traducción de Celso Quispe Sanabria, a la transcripción de Margarita Huayhua Curse y a la normalización del quechua ejecutada por César Itier. La carátula e ilustraciones son debidas al buen gusto de Jesús Ruiz Durand.

“El pueblo peruano fue especialmente propenso a contar fábulas y leyendas, Garcilaso recordaba que había oído, en su juventud, ‘fábulas breves y compendiosas’, en las que los indios guardaban leyendas religiosas o hechos famosos de sus reyes o caudillos, los que encerraban generalmente una doctrina moral», señala Raúl Porras Barrenechea en Fuentes históricas peruanas. «Se mezclan... Hechos reales e imaginarios, los que transcurren, por lo general, en el reino del azar y de lo maravilloso ...Predomina también en la mitología peruana un burlón y sonriente optimismo de la vida...», parece que Porras hubiera escrito sobre el libro que comentamos. Por ello lo acertado del título Cuentos de nuestros abuelos quechuas, porque es desde esos remotos tiempos que de boca en boca han corrido estos viejos y renovados relatos.

«Literatura fundamentalmente colectiva. Expresa a través de su individualidad el alma popular», apunta Alejandro Romualdo respecto a la literatura quechua en su prólogo a la Antología general de la poesía peruana que preparara junto con Sebastián Salazar Bondy en 1957. «La alegría, la exultación, el optimismo o la plenitud alborean sin cortapisas», sostiene Manuel Suárez Miraval sobre la misma en su texto La Poesía en el Perú (1959). Ambos conceptos resplandecen en la selección de cuentos de Cecilia Granadino.

«En conclusión, estamos ante un libro de sumo interés por su trascendencia social y calidad literaria... ¡Qué mejor si todavía lleva, paralelo al texto en el castellano, el mismo relato escrito en quechua, como para respaldar la veracidad y honestidad de todos los trabajos!», coincidimos con lo dicho por Cronwell Jara en su enjundioso prólogo».

Si con Ciro Alegría y José María Arguedas me fue posible «conocer» el Perú profundo durante mi juventud de estudiante escolar; ahora, en la madurez, penetro en el alma quechua a través de este fascinante trabajo de Cecilia Granadino y el equipo de «Ayllu» que la acompaña.

 

37. Narradores de los ’60 sentados a la mesa de un libro

(Diario Gestión, 25/2/95)

 

Por obra y gracia de José Antonio Bravo, destacado escritor peruano de valiosa obra novelística, además de estudioso de nuestra literatura y pintura nacionales, 42 narradores nacidos entre 1935 y 1949 nos hemos podido reunir después de años en una singular conversa alrededor de la digna mesa de un libro.

Se trata de Narradores peruanos de los sesentas, antología preparada por Bravo para documentos de literatura N° 4, publicación de MASIDEAS dirigida por Carlos Orellana y que tiene como editor a Óscar Orellana.

Es como si estuviéramos en el café Palermo de los años ’60 y ’70, sentados alrededor de una mesa «donde estaba la tertulia brava, la discusión pugnaz y la crítica severa a cualquier novela o cuento que se acababa de publicar; nadie se salvaba de la dureza de aquellos comentarios inteligentes y entretenidos de oswaldo Reynoso o Hugo Bravo, quienes siendo mayores que aquéllos de la promoción del sesenta, tenían el uso de la palabra; a veces se abrían los grupos: aquí los poetas; allá los narradores; y al fondo los llamados ‘poetas niños’...» Así y allí nos hace sentir Bravo en la introducción a su antología.

También nos recuerda que abrevamos de la música de la Sonora Matancera con las voces de Daniel Santos, Bienvenido Granda o Celia Cruz, que escuchábamos los valses de Felipe Pinglo, Pablo Casas o Manuel Acosta Ojeda entonados por Los Morochucos, Los Embajadores Criollos, Los Cholos, La Limeñita y Ascoy, como también de los Chamas, Los Trovadores del Perú y Lucha Reyes.

En música latinoamericana descubríamos a los Charchaleros, Atahualpa Yupanqui, Cafrune, a Los Compadres en el son montuno. Para algunos estaban Bob Dylan y los Beatles o Edith Piaf, en lo que respecta a las músicas anglosajona y francesa.

En literatura se hereda la tradición de la narración andina, la urbana marginal, la marginal citadina, la de campiña, la fantástica y la real maravillosa. Surgen grupos en aquel entonces como el Trilce de Trujillo, el Grupo del cusco, el Bubinzana en Iquitos y el Grupo Narración en Lima, el cual a través de la revista del mismo nombre se da «contenidos sociales, espirituales y políticos, con una visible elaboración de estrategias comunes», al decir del antólogo, quien a su vez manifiesta no encontrar –respecto a todos los narradores de los sesentas– «unidad en el destino que los impulsó a escribir», aunque sí «una actitud con respecto al lenguaje».

Encontramos a la mayoría de los 42 antologados trabajando –en los cuentos seleccionados– un neorrealismo urbano (17), seguidos por quienes cultivan lo real maravilloso (7) y lo que llamaríamos literatura fantástica de leyenda (7).

Se ocupan también de contar sobre los pueblos de campiña (3), de tema histórico (2), fantástico puro (2) y de humor histórico (2), urbano social (1) y humor fantástico (1).

Prosiguiendo con las estadísticas señalaremos que la mayoría somos limeños (15), siguiendo luego los liberteños (5), los loretanos (4), arequipeños (3), ancashinos (3), puneños (3), cajamarquinos (3), piuranos (2), iqueños (2), huancavelicanos (1) y Lima/provincias (1). Por otra parte, nueve nacieron en 1941, seis el 40, cinco el 47, cuatro el 48, tres en el 42, así como el 44 y el 45, y dos -respectivamente– en el 38, 39, 43 y 46, y sólo uno en el 49. Justamente es en orden de nacimiento como aparecen los cuentistas, del más viejo al más jovén. Son doce los departamentos –trece si consideramos al Callao– no representados: Tumbes, amazonas, Ucayali, Cerro de Pasco, Huánuco, Junín, Lambayeque, Ayacucho, Apurímac, Cusco, Madre de Dios y Tacna. Por supuesto, no es culpa del antólogo, pese a que en algunos de ellos existe una tradición literaria innegable.

Se trata en realidad de una antología de mucha representatividad, y el leerla invita a una reflexión sobre las coincidencias generacionales, especialmente entre quienes gozaron y padecieron comunes vivencias, aunque la impronta de las experiencias primarias del terruño siempre asoman en el trazo literario. José Antonio Bravo nos entrega así un gran fresco de aquella época de grandes cambios, de sueños revolucionarios ineludibles, de zamaqueadas esperanzas, pero también de mucha hermandad, de lealtades increíbles, de furor y pasiones irreprimibles.

Embeberme en la lectura de las 42 narraciones seleccionadas me ha servido para arriesgar, en palabras del maestro Eleodoro Vargas Vicuña un ¡Viva la vida, carajo!, al lado de roger, los dos César, Pepe, Juanito, Miguel, Jorge, Winston, Eduardo, el otro Pepe, el cholo Toño, Félix, Luis Fernando, Lucho, Carlos, Augusto, Óscar, Miguelito, Roberto, Arnaldo, Alfredo, Fernando y Pedrito, con quienes más de alguna vez departimos un lugar, una mesa. Luis Fernando fue el único que partió, pero está igualmente acá con nosotros, jamás ausente.

 

38. Cuentistas peruanos

correcaminos de París

(Diario Gestión, 2/1/99)

 

A mediados de noviembre pasado apareció un cable de la Asociated France Press en un matutino limeño, donde daba cuenta que varios cuentistas peruanos se encontraban entre los narradores latinoamericanos que seducían a los lectores franceses. El despacho noticioso de la agencia informaba sobre la publicación reciente de una Antología del cuento latinoamericano, hecha con auspicio de la UNESCO por la editorial Belfound que contiene nada menos la obra de 53 escritores de Latinoamérica. La selección fue encargada al escritor paraguayo Rubén Barreiro-Saguir y al profesor uruguayo de la Universidad de La Soborna, y también ensayista, Oliver Gilberto de León.

No habiendo llegado a mis manos la antología referida, quiero solamente señalar al respecto la importancia que revista ella, por significar un renacimiento del relato corto, donde Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y Julio Cortázar demuestran ser verdaderos genios, así como se expresan excelentemente en el mismo género literario nuestros compatriotas Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique. Además, debo señalar que entre los antologados en la citada selección cuentística de París, figuran los peruanos Julio Ortega, Harry Belevan, Cronwell Jara y Alfredo Pita.

Justamente ha caído a mis manos Morituri, un libro de cuentos del último nombrado, editado por Correcaminos, cuya dirección figura en París, pero que ha impreso la obra en Barcelona. Esta no es la primera edición de autor peruano hecha por Correcaminos, en la solapa de contratapa del libro figura con títulos publicados Sublimando al impostor de Elqui Burgos, nuestro conocido pequeño gran poeta; Curriculum mortis, del añorado José Rosas Ribeyro; Tatuajes de Cristina Siscar (no conozco la nacionalidad de ella); Velador de anoche/Soñador de día de Luis Eduardo Rivera; y Malas Maneras de Jorge Nájar, poeta horazeriano. Las dos últimas obras son ediciones bilingües (suponemos que español-francés) y han tenido el apoyo del Centro de Letras de Francia. Quedan dudas si todos los textos son narrativos, pues muchos de los escritores mencionados son conocidos por el cultivo de la poesía.

Antes de pasar a emitir una apreciación sobre los cuentos de Pita, transcribiré lo que sobre él expresa el cable de AFP: «Uno de ellos (de los peruanos antologados), Alfredo Pita, que vive en París y a quien se augura un futuro similar al de sus compatriotas Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce, se declaró ‘convicto’ y confeso consumidor de historias’, añadiendo que «la literatura es en esencia poesía, pero también narratividad».

De Alfredo recordamos sus anteriores cuentos, recopilados bajo el título Y de pronto anochece en una edición limeña de 1987 y premios obtenidos por su narrativa en los concursos nacionales de Copé 1979 y Caretas 1984, 1985 y 1986; me parece que todos fueron menciones honrosas. Chilico de nacimiento (1948), es decir celendino, lo conocí en Lima, allá por el año 1967, a raíz de un recital al conmemorarse el mes de la muerte del Che Guevara realizado en la Universidad Nacional de Ingeniería. Traía bajo el brazo una mención honrosa lograda en poesía durante el Primer Encuentro Nacional de Poetas Peruanos efectuado en Chiclayo, por lo que lo suponía chiclayano. Después lo vi pasar por algunas redacciones de periódicos limeños hasta que se marchó a París.

Justamente es desde París donde se nos da a conocer como un muy buen cuentista. Los nueve cuentos que contiene Morituri los he leído de corrido con fruición, ganado por la intriga y el desasosiego, esperando el desenlace ya, pero regodeándome de no llegar a este final. Con José Mejía, el presentador del libro en la contratapa habrá que repetir que los cuentos de Pita poseen «extrema tensión del motivo, máxima economía del lenguaje: álgebra y fuego».

La obra se divide en tres partes, cada una con tres cuentos y con su epígrafe, aunque el índice –en todas partes, hasta en París, se cuecen habas– omite titularlas. La I Parte se titula Pasos y lleva este epígrafe de J. M. Arguedas: «Absolutamente cierto/ y absolutamente imaginado,/Carne y hueso y para ilusión». La II se lama Pozos y tiene un in memorian «para Carlos Rodríguez Larraín/ que, en un oscuro e ignoto cinema,/ sigue viendo la comedia infinita», la III es Puentes y está epigrafiada –valga el neologismo– por J. R. Ribeyro con lo siguiente: «Ser solamente el cristal a través/ del cual nos penetra intacta la vida». Los tres epígrafes manifiestan la clave narrativa de Pita: partir de asuntos de la vida cotidiana para llegar a lo extraordinario que muchas veces nos entrega lo absolutamente cierto, lo infinitamente imaginado...

 

39. Sobre la literatura negra en el Perú

(Diario Correo, 8/5/76)

 

 

No es ninguna herejía sostener que en el Perú ha existido segregación racial y que ahora subsiste aún como prejuicio. Indios y negros testimonian a través de la vida republicana nacional que existió una especie de velado apartheid.

No obstante que fue un soldado cholo, don Ramón Castilla, quien apenas pasada la segunda mitad del XIX diera libertad a los negros, aunque hay historiadores que sostienen que esto se debió a una necesidad de asegurar un mayor contingente de soldados para enfrentar al presidente José Rufino Echenique, sucesor de Castilla a quien finalmente derrocó del poder.

Valga la introducción para adentrarnos en campos no tan bélicos –a pesar del encuentro Vargas Llosa-García Márquez–, como deberían ser los de la literatura. Porque allí encontramos que recién la narrativa negra en el Perú empieza a nacer en la segunda mitad del siglo XX –si queremos considerar en poesía las décimas de Nicomedes Santa Cruz como válidas.

La aparición casi consecutiva que hicieron el año pasado dos libros de escritores de temática negra: Monólogo desde las tinieblas de Antonio Gálvez Ronceros (Editores Inti Sol) y Tierra de caléndula de Gregorio Martínez (Editorial Milla Batres) marcaron un hito importante para la literatura peruana, que antes había tenido una visión de nuestra negritud (fuera de los boxeadores de color y del Alianza Lima, a la que cantara un vate norteño), de su problemática y de su vivencia dentro del contexto nacional, a través de visiones como las de Ricardo Palma en sus Tradiciones, que ausculta anécdotas de esclavos cimarrones; de Enrique López Albújar, que trata de reivindicar al negro a través del amor con la blanca de sangre azul en Matalaché, pecado que al final debe pagar el hombre oscuro; desde las bien intencionadas Estampas mulatas de José Diez Canseco, que costumbristamente aborda al negro como personaje (quién no recuerda «El Trompo», antologado cuento). En síntesis: siempre el negro peruano visto desde otros ojos que no vivieron con él sino tal vez circunstancialmente. (Un poco lo que se arguye acerca de las diferencias novelísticas entre la visión del indio de Ciro Alegría y José María Arguedas, el primero observando desde lo alto y el segundo desde dentro). Aunque no siempre la teoría es válida.

Yendo al grano, qué son Monólogo desde las tinieblas y Tierra de caléndula, se puede observar que inclusive entre Gálvez Ronceros y Martínez existen dos maneras literarias de «ver» al negro. Gálvez toma sus personajes de los poblados de Chincha, les coge su hablar, se recrea ampliamente con éste y penetra con escalpelo a través de la palabra en la vida de sus copoblanos (el autor es chinchano), y nos mete en un mundo rural que tiene sus propias costumbres y reglas sociales (lo demuestran los cuentos “Así dile” y “Jutito”), que tienen su propia fabla popular (“Miera” y “Tre clase de só”), sus ignoradas leyendas que dan una visión especial del mundo (Putilla y La creación del mundo sobre todo). Destacan del libro –cuyo contenido se nota bastante trabajado, lo que dificulta arriesgar una selección– para el autor de esta nota, «Octubre», que nos hace ver un enfrentamiento a la autoridad y una forma de cómo nacen las leyendas y, especialmente, el último de los relatos cortos: «Monólogo para Jutito”, que redondea la obra al narrar a través de un largo aconsejar al muchacho lo que para el habitante del campo chinchano significa el ciclo de la vida y que nos obliga a sentenciar: ¡Qué carajo, esto debe cambiar! No es justo que a Jutito le espere ese devenir, por más romántico que pueda parecer a algunos.

Gregorio Martínez nos lleva más al sur, a Nasca, al pueblo de Coyungo y sus aledaños. Para él la lingüística es secundaria, y sólo en parte se vale de ella. Nos traslada más bien a un medio ambiente árido y soledoso –que da el carácter a sus personajes–, donde el polvo sienta reales por doquier. Ya desde el comienzo de sus trece  relatos con que ha compuesto Tierra... Nos enfrenta a la aridez inmensa que lleva a realizar una obra de irrigación caprichosa y absurda y al conocimiento del mar por los protagonistas, valiéndose aquí de recursos lingüísticos (Eslabón perdido), que luego usará sólo esporádicamente. Los relatos transcurren con diáfana agilidad, rescatando eso sí el asombro de los hechos, al estilo de García Márquez: sin que esto quiera decir que exista el plagio. En realidad, la unidad del libro le da el medio ambiente, mostrando el autor versatilidad en el manejo de la narrativa que va desde el monólogo a través de una carta («Se me seca la boca de estarte hablando«) escrita desde «este monte perdido», como llama al lugar; pasando por recursos más modernos como es el de avisos de revistas, anuncios callejeros, notas de viaje de Antonio Raimondi, etc., para mostrarnos el pueblo («El hombre que sabía la verdad»). Sin demerecer al resto de la obra, es indudable que “La cruz de Bolívar”, es el cuento mejor logrado, tanto por su temática como por su tratamiento; este cuento es la expresión más clara de ese pueblo que se rebela ante el abuso de autoridad de un ex parlamentario que pretendía, por capricho, desalojar una cruz que era parte de la historia del pueblo; a través del recuerdo del protagonista del relato sobre el origen, pasión y retorno de la cruz, que asegura plantó en la plaza del lugar el libertador Bolívar, sabemos el origen, pasión y rebelión del pueblo que «hacia la medianoche... se reunió en la cumbre del cero. El resplandor de las fogatas iluminaba la inmensidad hasta los últimos confines. Allá está ahora la cruz y aquí en la plaza no queda siquiera el recuerdo».

Así, sin pasionismo, ubicado a los negros dentro del contexto nacional junto con todas la etnias, pero testimoniando su condición de grupo explotado, Antonio Gálvez Ronceros y Gregorio Martínez dan, con sus sendos libros, bienvenida a la negritud dentro de la narrativa peruana.

 

40. Félix Huamán Cabrera:

Una voz que desde el Ande viene

 

 

Pariamarca, 1943. Apenas a cinco kilómetros de Canta, ciudad andina limeña al lado del cantarín río Chillón. Allí nace Félix Huamán Cabrera, una voz que al terminar el siglo XX se mantiene fiel a sus raíces, ligada a sus ancestros. Los pariamarquinos eran alrededor de trescientos cuando Félix empezó a beber de ese sol andino donde el panllevar crece acompañando a la famosa papa canteña.

Su padre, Adrián Huamán Velasco, campesino y herrero. Su madre, Simona Cabrera Huamán, quien crió a su único hijo con el dulce amor de la mujer del campo. Pero el herrero había estado en Lima trabajando con sus fierros y allí se hizo dirigente sindical y luchador social, al extremo de haber sido tomado preso por estas actividades. La Universidad Popular Manuel González Prada, fundada por los apristas, lo instruye y convierte en buen lector. Es así como cuenta al pequeño Félix las historias de la Odisea y la Iliada, El paraíso perdido de Milton, La Divina Comedia de Dante. Son los primeros escarceos del futuro escritor dentro de la literatura.

Ah, también estaba por allí don Julio Cabrera, tío del infante, quien como maestro y poeta, va adiestrando al discípulo mientras cursaba su primaria en la Escuela Fiscal 423 de Pariamarca. Felixito recitaba en las actuaciones escolares a instancias del querido tío. Motivado por tales incentivos, empieza, mientras cursa en 4to. año de primaria, a esbozar sus primeros versos. Cuando el tío Julio viajaba a Lima, le traía un tesoro: la revista Billiken, donde reproducían por entregas cuentos y novelas de aventuras famosas, como las de Emilio Salgari.

No obstante, la gran sorpresa se la da su tío Heralio Cabrera, sacerdote de gran cultura -llegó a ser obispo de Lima-, quien le remite de regalo dos preciosas ediciones: una Biblia Ilustrada y El Quijote, también ilustrado para niños.

Con ese basamento se va a Canta a estudiar la secundaria en el Colegio Nacional Gabriel Moreno. Son decenas de muchachos que diariamente parten a las cinco de la mañana caminando los cinco kilómetros que los separan de la ciudad y regresan a las cinco de la mañana caminando los cinco kilómetros que los separan de la ciudad y regresan a las cinco de la tarde para hacer sus tareas en casa. El colegio poseía una joya: una biblioteca con todas las narraciones y poesías de los modernistas; Güiraldes, Hernández, Quiroga, Sarmiento, Rodó, Chocano, Darío, Nervo, Lugones, la Mistral, entre otros. Para Félix la biblioteca escolar era una joya porque el empezó a leer en la biblioteca  de su padre, con estantes improvisados en base a cajones de frutas. Hasta que un día halló Los perros hambrientos de Ciro Alegría (recuerda un libro de pasta amarilla de la editorial chilena Ercilla) y se puso a leerlo. Su madre, cuando lo descubre con ese libro entre las manos lo recrimina: «Ya he sufrido suficiente con lo de tu padre, dáme eso aquí», le dice, y esconde el libro entre unas botijas. Pero el muchacho se había quedado picado y buscando lo encuentra. Entonces monta en su burro y so pretexto de irse a laborar al campo se enfrasca en la lectrua de Alegría hasta rematar la novela. Conversando por la noche de historias con su padre, se le sale un comentario a lo leído, pues justo Pariamarca atravesaba en esos días por el duro castigo de la sequía. Su madre lo descubre en falta y enfadada lo reprime. Leyó pues a Ciro Alegría, por primera vez, con represión.

En segundo de secundaria empieza a escribir secretamente, pues había profesores que castigaban por hacerlo. Ya en tercer año llega Genaro Ledesma Izquieta a enseñar y lo empuja a la creación con mayor ímpetu, así como, cosa rara, el instructor de Premilitar, Félix Tuesta, el que escribía y leía mucha poesía. También, al formarse la cooperativa de producción lechera, el contador de la misma, de apellido Gordillo, no sólo trae sus libros de cuentas y de caja, sino una biblioteca para que lean los jóvenes con obras de los realistas rusos y franceses, además de prestarles las máquinas de escribir para que los muchachos aprendan a usarlas.

El cuarto año de secundaria es consagrador. Una poesía escrita a la madre gana un Concurso Nacional Escolar convocado por el Ministerio de Educación. Los escritos literarios se alternan con la actividad teatral bajo la dirección de Humberto Masgo Cabello, profesor de arte y más tarde catedrático sanmarquino. Inclusive, en la representación anual de las acciones desarrolladas en Canta durante la guerra con Chile en la batalla de Sangrar, a Félix y a sus paisanos pariamarquinos les toca actuar como chilenos, pues los canteños, por ser de la capital provincial, hacían de peruanos. Al terminar la media Félix había decidido su vocación: quería estudiar para poeta. Le dijeron que se presentara a San Marcos. Así lo hizo, y logró el ingreso.

 

El encuentro con Lima

Su venida a Lima la hace a la casa de su tío: la parroquia de San Sebastián, en la esquina de los jirones Ica y Chancay. En la casa parroquial el adusto tío, párroco de la iglesia, no acepta que el querido sobrino se vaya a estudiar a una universidad de huelguistas y polítiqueros. ¿A dónde iré a estudiar entonces tío? Indaga Félix. Se entera por primer vez de la existencia de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Su tío Heralio Cabrera lo envía al Seminario de Santo Toribio a prepararse para el segundo ingreso y de esta manera llega a la Facultad de Letras de la Plaza Francia.

Corre el año de 1962 y se encuentra con maestros como Luis Jaime Cisneros, José Miguel Oviedo, Luis Alberto Ratto y Armando Zubizarreta, un equipo de verdad envidiable. Entre los compañeros de estudios se dan con Antonio Cisneros, Julio Ortega, Marco Mattos, Luis Enrique Tord y nuestro nunca olvidado Havier Heraud. También Lucho Hernández y Hernando Núñez Carvallo. Después vendrán Ricardo González Vigil, Mirko Lauer y nada menos que Alberto Flórez Galindo. Toda una pléyade de poetas e intelectuales.

En 1964 es galardonado con un premio en los Juegos Florales de Narración de La Católica y para 1965 obtiene La Cantuta de Oro también en narrativa, convocada por la entonces Escuela Normal Superior de La Cantuta. Los premios no envanecen a Félix, sino que le señalan una ruta; seguir siempre en lo suyo, pese a las corrientes que puedan correr, pero sin desdeñarlas en cuanto a lo bueno que posean.

Para el ’65 sigue estudios de educación en La Católica y en San Marcos literatura. Para 1967 le entregan el ansiado cartón de educador y de inmediato viaja a la Universidad Nacional del Centro, lugar donde realmente Félix se va a encontrar como escrito. Huancayo es prácticamente su segunda tierra. Los libros empiezan a fluir y a plasmarse en blanco y negro. Así en 1971 sale Agomayo río de arena, cuentos; la novela Por la nieve habían venido aparece en 1972; en el ’74 El pedregal de Yaname, novela sobre la sequía; Agua encanta, novela, en 1978.

Hay diez años de silencio editorial hasta que en 1988 publica Candela quema luceros, novela, y el libro de cuentos Silbido en el maizal. Al año siguiente edita otro libro de cuentos, Caballo verde en copa de oro, y en 1994 saca la novela Noche de relámpagos, y finalmente en 1998 la novela Sierpe de acero y soles de oro.

Ha sido un largo camino de producción literaria el de Félix Huamán Cabrera. Quien escribe estas líneas fue testigo de cómo durante una presentación en el local del INC del jirón Ancash en Lima, no cabía una aguja no sólo en el auditorio, sino en el patio exterior. Félix fue director de Bienestar Social en la Universidad Nacional del Centro y Decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Educación, La Cantuta. Ahora dirige la colección Biblioteca de Narrativa Peruana Contemporánea de la Editorial San Marcos, donde su amigo Aníbal Paredes lo apoya al extremo de que juntos ya han publicado 30 títulos en un poco más de dos años. Un verdadero boom local. Y además se da tiempo para seguir enseñando y para viajar por todo el país llevando su palabra de maestro y escritor. Félix Huamán Cabrera, es, a no dudarlo, uno de los más valiosos narradores de esta segunda mitad del siglo. Su estilo es propio, pleno de poesía y de raíces inarrancables. Al fin y al cabo eso es lo que habrá de quedar. Lo que siempre quedó de toda literatura. Ahí están Chejov, Dostoievski, Víctor Hugo, Dikens, sólo por mencionar a los europeos, donde tanto les gusta mirarse a los seguidores de la moda.

Con Félix asistimos al Primer Encuentro de la Poesía Joven organizado por la ANEA en 1962, cuando tenía su local en la calle Belén, en los altos de la cervecería Munich. Ni él ni yo nos hemos dedicado públicamente a la poesía. Pero hoy ha venido a traerme una copia de Ayataqui del viento, el que será su segundo poemario. El primero fue Del amor y sus días. Y los días del amor por lo nuestro, por una sociedad justa y solidaria, para nosotros no han terminado. Siguen y seguirán vigentes.